Males hereditarios.

Hace algunas semanas dediqué este espacio a Midsommar de Ari Aster, la segunda película en la joven carrera del estadounidense. Como es natural, el encanto que provocó en mí dicho film me llevó a acercarme a la ópera prima del cineasta, Hereditary, con la que he sido capaz de completar el cuadro general del director que hace unos días anunció la próxima llegada de un nuevo trabajo al que describió como “a nightmare comedy” (una pesadilla cómica o una comedia de pesadilla).

Se trata de dos trabajos independientes y muy diferentes entre sí estrenados con sólo un año de diferencia pero que se convierten en la muestra de la versatilidad narrativa de su escritor y director. Uno, como un microcosmos terrorífico a la luz del día y en espacios abiertos y, el otro, como una historia más bien íntima; situada en un hogar y centrada en la dinámica específica de una familia. Ambos como impecables muestras estéticas, de lenguaje cinematográfico y de re-evolución del género de terror con base en los fundamentos clásicos de la tragedia.

No en vano, cuando Hereditary llegó a las salas de cine durante 2018, se le incluyó en múltiples listas de las mejores películas de aquel año, comparándola incluso con clásicos como El Exorcista y enfatizando la calidad fílmica con la que Aster había venido a reinventar el género de terror. Esto mientras que su creador se limitaba a llamar al film “una tragedia familiar que cuaja (curdles) en una pesadilla”.

Y justamente esta descripción es la que me parece más atinada pues, si bien es cierto que los elementos de terror, tensión, ansiedad, angustia y horror se presentan de manera magistral en esta película, el fondo específico de los hilos que la conducen se sitúa en las interacciones entre cuatro miembros de una familia de relaciones fracturadas a la que sobrevienen factores y misterios de carácter sobrenatural que no hacen más que exponenciar los vicios de las dinámicas que ya llevan ahí generaciones.

La película parte de la muerte de la madre de Annie Graham, quien, a su vez, es madre de Peter y Charlie y esposa de Steve Graham. A partir de dicho suceso, y como parte del complejo pesar que genera el luto, una serie de eventos comandados por la iniciativa de Annie se desencadenarán sólo para sumar tragedias a la vida de los Graham quienes buscarán en lo sobrenatural una manera de lidiar con el dolor; con la esperanza de mitigarlo e, incluso, de eliminarlo.

La trama luego se desenvolverá en la principal virtud de la película; su capacidad de sorprendernos, de hacer lo inesperado posible. Ventaja desde el punto de vista narrativo en general pero que  en el contexto del horror y el terror se convierte en la piedra de toque que dota a esta película de una profundidad psicológica patente.

Una película estética. Abrupta. Impactante. Con recursos de edición que se convierten en auténticas ilusiones visuales y con un lenguaje fílmico que no se cansa de reiterarnos que “algo más” nos acompaña mientras vemos esta cinta. Con una narrativa que tanto en lo argumental como en lo visual se encarga de jugar sutilmente con la cuarta pared, de manera que nos involucra en un nivel casi cómplice pero que, al mismo tiempo, nos impide adelantar lo que viene después.

Esta característica en específico está provista por el trabajo de Annie, quien se dedica a crear maquetas detalladas con figuras miniatura que recrean espacios reales y, más intrigante aún, episodios específicos de su vida que de esta manera se nos narran “con una visión neutral”, como lo dirá el propio personaje en algún momento. Superponiendo así, la “visión neutral” del espectador a la “visión neutral” de las reproducciones a escala construidas atentamente por la protagonista de esta historia.

Un nivel más de espesor a esta ficción lo añaden cada una de las dinámicas de sus personajes que se encuentra muy bien interpretada por sus actores, quienes se encargan de dar vitalidad y pesadez real a las tensiones y confrontaciones entre cada una de sus partes. Destacando primordialmente a Toni Collette quien, como Annie, adopta las diferentes “personalidades” que le exigen las constantes sorpresas trágicas que se le presentan en la justa proporción de su reacción emocional.

Y es que debajo de la estructura terrorífica que nos plantea Ari Aster en este film, el drama familiar es la base de su consistencia. La manera en la que el conglomerado mínimo de la sociedad enfrenta la tragedia, el luto y el dolor. Pero, más interesante aún, la cinta constituye una reflexión sobre las dinámicas familiares y la naturaleza de su sucesión. La manera en la que, sobrenatural o no, la familia nos impone un contexto y un horizonte. Nos impone herencias. No siempre positivas. No siempre constructivas. No siempre dadas para nuestra plenitud.

Las dinámicas, por un lado, que nos construimos con nuestros hijos, hermanos, padres y abuelos y el modo en que son la razón de las demás relaciones que construimos (o mal-construimos) y , por otro lado, el modo en que las decisiones, las creencias o las filiaciones de otro ajeno a nosotros pero con nuestro mismo adn vienen a presentársenos como un destino impuesto. El modo en que la vida de alguien más es hoy el fundamento (consciente o inconsciente) de lo que juzgamos como una autenticidad propia.

Desde los ojos de Aster, todo parece indicar que no hay nada que pueda librarnos del trágico destino de ser quienes somos. Hijos de quienes somos hijos, nietos de quienes somos nietos, bisnietos de quienes somos bisnietos, tataranietos de quienes somos tataranietos. Herederos de lo que somos herederos. Reencarnaciones de lo que somos reencarnación. Ni siquiera, según nos sugiere Hereditary, libres de suscribir esas condiciones predispuestas ante las que no nos queda más que acatar.

Y es cierto, no podemos ser más que lo que somos. No podemos ser más que el producto del conjunto de personas que nos dieron existencia. Sin embargo, eso no quiere decir que no haya diferentes maneras de asumir nuestras herencias. Nuestras virtudes y nuestros males hereditarios. No quiere decir que no seamos capaces de comprender, estudiar, reconstruir y reinterpretar esos orígenes. Capaces de desapender y deconstruir lo pernicioso. Capaces de enfrentarnos a lo que nadie antes en nuestras líneas familiares quiso o supo enfrentarse. Capaces de ser libres para nosotros. Capaces de ser libres para los próximos.

Libres al elegir lo que queremos heredar a los que vengan (de nuestra génesis o no). Libres para enfrentarnos a nosotros mismos y a nuestros principios genealógicos con ojo crítico y visión esperanzadora. Libres de acabar con los círculos viciosos de una autoafirmación infundada. Libres para elegir nuestros males hereditarios. Para que transmitamos el hábito de deconstruirnos, reconstruirnos, criticarnos y evaluarnos. Para que heredemos la libre rebeldía de vivir nuestras herencias de una manera diferente.

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