El próximo 9 de septiembre se llevará a cabo la sexagésimo quinta entrega del Premio Ariel de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas. La premiación incluirá a trabajos y directores como Ruido, Huesera, La Civil, Diego Enrique Osorno, Argentina, 1985; El norte sobre el vacío, Alejandro González Iñárritu y su Bardo, falsa crónica de unas cuantas verdades y La caída.

Esta última es, quizá, una de las obras fílmicas consideradas por la AMACC este año que más alcance ha tenido. En parte, porque su distribución quedó en manos de Amazon Prime Video que permitió, a través del streaming, llegar a un amplio público y, también, por ser un proyecto producido, impulsado y protagonizado por la actriz Karla Souza —bien conocida en la cultura popular mexicana.

El consenso del público parece ser que La caída es una buena película sobre un tema importantísimo y claramente incómodo dentro de la sociedad mexicana. Para la crítica especializada, sin embargo, la opinión es dividida aunque coincide en la valía del tema de fondo que esta historia pone en la mesa de discusión nacional.

Basada en hechos reales y recogiendo las denuncias públicas de la clavadista Azul Almazán, la película co-escrita y dirigida por la cineasta argentina Lucía Puenzo narra la historia de Mariel, una clavadista integrante del Equipo Representativo Mexicano de Clavados que se perfila hacia los que podrían ser sus últimos Juegos Olímpicos.

En este contexto, el entrenador que por años formó a Mariel es acusado de abuso sexual; la situación pone en riesgo las aspiraciones de la atleta pero, más importante, le abre una oportunidad para reflexionar y reentender la historia que ella misma vivió junto a su mentor.

A través de esta delicada situación, La caída retratará una de las partes más oscuras de las dinámicas que se viven dentro de algunos equipos nacionales de entrenamiento —similares, por ejemplo, a lo sucedido con el Equipo Nacional de Gimnasia de los Estados Unidos— y dentro del mundo secreto del deporte.

Cuando vemos a atletas como LeBron James, Michael Jordan, Cristiano Ronaldo, Lionel Messi —por poner algunos nombres— pensamos en las inolvidables victorias, en las dolorosas derrotas, en las grandes canastas o en los habilísimos goles pero no nos cuestionamos sobre la cultura de presión psicológica y emocional a la que personajes como ellos están expuestos desde una joven edad.

A través de la autoexigencia y la búsqueda de la excelencia —ser el G.O.A.T, el mejor de todos los tiempos— la cultura del deporte —y su industrialización— se ha convertido en un entorno próspero para dinámicas profundas de abuso de poder, en especial, en lo que toca a las juventudes que ven en el deporte el cumplimiento de sus sueños o, peor aún, su única esperanza para salir de una situación de vulnerabilidad vivencial.

Los casos de denuncia, por lo general, quedan relegados y estigmatizados por la propia estructura institucional de los organismos que protegen a entrenadores, dueños y otras personas en posiciones de poder.

Existen, por ejemplo, casos que se han hecho públicos pero que no han sido especialmente recogidos por los medios de comunicación ni por la cultura popular —como en una especie de ejercicio evasionista que los salva de ver una realidad existente y compleja. Casos como el del exitoso boxeador Sugar Ray Leonard —quien se ha convertido en un vocero respecto al tema—, el del actor y exatleta Terry Crews (¿Y dónde están las rubias?, Brooklyn Nine-Nine, Todos odian a Chris) o el de la prodigiosa Nadia Comăneci. Casos como el de Azul Alamazán y otros clavadistas mexicanos anónimos que inspiran La caída.

El abuso de poder —y el abuso sexual como una de sus formas— dentro de las formaciones deportivas es una realidad. Una realidad incómoda que se encubre tras la justificación de un espíritu de exigencia que logra la grandeza.

De ahí, quizá, se explique la creciente presencia del tema de la salud mental en el deporte que, aunque suele verse asociada con la presión que implican las grandes responsabilidades de representantes culturales o nacionales, bien puede tener un profundo componente experiencial.

La historia es recurrente: —un o— una joven talentosa que se vincula con un entrenador con el que desarrolla una profunda cercanía personal y a través del cual alcanza su máximo potencial y se convierte en la gran medallista —o campeona, o superestrella.

La historia es —en algunos casos— evasionista: una historia de manipulación y de confusión emocional que permite la injerencia abusiva de un adulto en la vida íntima de un joven que tiene, en una mano, una vida de gloria pública y, en la otra, una vida de humillación secreta.

Este segundo caso es el que La caída narra excepcionalmente a través de una expresiva, física y contenida actuación de Karla Souza. Una historia de confianza, cotidianidad y éxito que, a la vez, oculta las formas de la manipulación y el abuso de poder que son el gaslighting y el grooming.

Los dos conceptos, de origen anglosajón, se han convertido en terminología que trata de explicar las dinámicas usuales de manipulación que existen dentro de la experiencia del abuso —entendido en amplio sentido: emocional, psicológico, económico y, por supuesto, sexual.

El gaslighting (traducible a algo así como la bomba de humo) consiste en intentar que una persona dude de sus propias percepciones, intuiciones, emociones y recuerdos. La bomba de humo, como la expresión lo dice, implica obnubilar el juicio de la víctima implicándola como culpable del abuso, o bien, redefiniendo el contexto de los actos abusivos de manera que el victimario no parezca tan o en absoluto culpable y responsable de sus acciones.

El grooming (traducible a algo así como la preparación) consiste en establecer dinámicas de interacción aparentemente inocentes que tienen como fin último crear situaciones de intimidad y cercanía que propicien acciones de abuso de poder enmascaradas como actos confusos o casuales. Es, como lo dice la palabra, una sutil preparación de escenarios que den lugar al abuso; se usa, paradigmáticamente, en los casos de manipulación de niños por parte de adultos a través de internet.

Ambos conceptos están mostrados en su sutileza y perversidad en La caída y en la historia de Mariel. Sobre todo, porque en esta película atestiguamos el proceso de concientización de la atleta quien, a través de una nueva víctima de su entrenador, va comprendiendo las formas de manipulación y abuso que se dan en un contexto de tanta vulnerabilidad.

Niños, niñas, jóvenes y adultos que están dispuestos a entregarlo todo con tal de cumplir un alto sueño. Personas que son puestas en condiciones de extrema vulnerabilidad a través de estructuras de poder que se erigen sobre hombres —o mujeres; personas— que deciden quién tiene éxito y quién no y que, más peligroso aún, son los encargados de establecer los criterios —y caprichos— que alguien debe cumplir para, por ejemplo, asistir a unos Juegos Olímpicos.

El tema de la falta de apoyo a los atletas en México —y en varios países del mundo— por parte de las instituciones gubernamentales erigidas para ello no es, lamentablemente, un tema nuevo ni un tema oculto.

Las victorias olímpicas o mundiales suelen estar acompañadas de eventuales confesiones de todas las maneras en las que el apoyo gubernamental brilla por su ausencia —desde gente recaudando sus propios fondos para representar a su país, hasta problemas de infraestructura o polémicas sobre presuntos desvíos de recursos económicos. Lo doloroso es entender que eso sólo es la punta de un iceberg.

No quiere decir, esta reflexión, que todos los casos de éxito deportivo dependan e incluyan en su historial actos de abuso —en cualquiera de sus dimensiones— pero sí quiere subrayar que la cultural del abuso de poder existe dentro del deporte y que está, muchas veces, detrás del aparente éxito de las grandes figuras del atletismo mundial.

Algunos críticos cinematográficos dicen que es importante no confundir películas que hablan sobre temas importantes con películas de calidad. El caso de La caída es, definitivamente, polarizante a este respecto —pues, a unos les ha fascinado, a otros no les ha impresionado. Sin embargo, donde para nada es discutible la valía de este film es en ese atrevimiento frontal para echar luz sobre uno de los rincones más oscuros del deporte nacional y mundial.

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