Más allá, más acá

Una de las muchas razones por las que la Filosofía puede parecer intimidante e inaccesible para los no-filósofos es la obviedad que, en ocasiones, devuelven sus metódicas, sesudas y meticulosas reflexiones. A veces, el sentimiento que generan meses o años de trabajo filosófico es el de una reiterada evidencia que, sin embargo, nos permite reapropiarnos de lo que ya sabíamos desde una nueva posición de conocimiento.

En otras palabras, en términos de rendimientos y resultados, la Filosofía suele ser incompatible con criterios de eficiencia, productividad y ventaja práctica. A lo que sí contribuye el amor a la sabiduría, empero, es a una consciencia nueva —mejor en términos de horizonte y dinámica interna— sobre las realidades que estudia.

Una recompensa intangible pero verdadera para la aventura de atreverse a ver más allá de lo inmediato. Embarcarse en la expedición existencial del espíritu fundacional de la reflexión filosófica; la invitación a ver lo que está “más allá de”, lo μετά (metá) —prefijo griego presente en el nombre de la paradigmática Metafísica (lo que está más allá de la Física), también llamada Sabiduría o Filosofía Primera por los filósofos antiguos.

Así, el caso del filósofo establece una paradoja común en quienes nos avocamos a esta disciplina. En el papel, los filósofos somos los mayores conocedores de la Filosofía Moral y de la Ética como ciencias del actuar humano. Somos quienes más letras y libros hemos dedicado a elucubrar qué es el bien y cómo se ejerce. Somos quienes hemos dedicado varios siglos y vidas a entender qué es ser un buen ser humano.

Con todo, según muestra la evidencia concreta, esto no implica que los filósofos sean, necesariamente, las personas más morales o éticas. Bajo el entendido de que el arduo trabajo teórico no siempre se puede aterrizar en resultados evidentes para la práctica o, peor aún, en resultados siquiera practicables. Bajo la consciencia de que el estudio de lo que está más allá de lo evidente no se traduce inmediatamente en acciones concretas o en actuares específicos. Es más, bajo la comprensión de que recurrentemente la Filosofía termina convirtiendo al ejercicio de la práctica en una actividad que, para el filósofo, supone muchas más variables a considerar que las que un no-filósofo tendría en cuenta antes de llevar a cabo alguna acción.

En resumen, el caso del filósofo establece una paradoja recurrente que enfrenta al conocimiento —de la verdad, la moral, el bien, la ética, etcétera— con la práctica —decir la verdad, ser una persona moralmente recta, contribuir al bien, ser una persona éticamente virtuosa, etcétera. Una paradoja excelentemente ejemplificada por el filósofo de ficción Chidi Anagonye de la serie de comedia y fantasía The Good Place.

Creada por Michael Schur (The Office, Parks and Recretion, Brooklyn Nine-Nine, Master of None), The Good Place es una comedia singular dentro del género televisivo. Lo es por su temática central que transcurre como una reflexión sobre el más allá (la vida después de la muerte), por la capacidad de evolucionar su argumento a lo largo de cuatro temporadas —al punto en que cada temporada se mueve con independencia pero, al mismo tiempo, construyendo el mismo arco narrativo general—, por la redondez de su historia que no precisa de nada más ni nada menos y por la constante presencia de conceptos filosóficos —con autores y obras referidas explícitamente— que se abordan con total naturalidad, ligereza y, sobre todo, con el adecuado balance entre sentido del humor y respeto a las fuentes de origen.

La historia sigue a cuatro personajes humanos, Eleanor, Chidi, Tahani y Jason, y a dos seres del más allá, Michael y Janet. Su trama se sitúa en la vida después de la muerte, donde las personas son enviadas a El Buen Lugar o El Mal Lugar dependiendo de sus acciones en la vida terrenal. Los protagonistas de la serie serán habitantes de El Buen Lugar que, muy pronto, deberán de enfrentarse a un inesperado y aparentemente inexplicable caos en el paraíso. La aventura arrancará cuando Eleanor le confiese a Chidi que ella, según sus actos en vida, no merece estar en El Buen Lugar y que ha sido llevada allí por algún error. En adelante, la misión de Chidi, filósofo, será darle clases de Ética y Filosofía Moral a Eleanor con la esperanza de que eso ayude a regularizar su estatus en el más allá. En adelante, los seis protagonistas de esta historia de fantasía se encargarán de explorar qué hace a una persona merecedora de El Buen Lugar, evaluar el sistema con el que pensamos la vida después de la muerte y demostrarse qué tanto en realidad nos ayuda la filosofía a ser buenas personas o no.

Frente a la crítica especializada la serie fue significativamente aclamada por la manera en la que recogió la tradición filosófica para incorporarla en una trama auténticamente cómica y fantástica. Fue nominada a premios de la industria televisiva como los Emmy y los Globos de Oro pero más destacadamente fue acreedora a premios y nominaciones en los Premios Hugo —a lo mejor en la literatura de ciencia ficción— y en los Premios Peabody — a los contenidos “más poderosos, vigorizantes e ilustradores de la televisión”; una especie de equivalente televisivo de los Premios Pulitzer del periodismo, la literatura y la música.

Durante su recorrido, la serie trae a su trama nociones de filósofos elementales como Aristóteles, Kant, John Locke, Jean Paul Sartre, Albert Camus; corrientes filosóficas como el utilitarismo, la deontología, la ética de la virtud, el nihilismo; experimentos racionales-filosóficos como el ilustrativo dilema del tranvía; obras de la tradición anglosajona con autores como Peter Singer, T.M. Scanlon y Derek Parfit y un largo etcétera. Contó, además, con la asesoría activa de los filósofos Pamela Hieronymi y Todd May.

En un principio, el elemento filosófico se atiene a una presencia de conceptos de ética y moral que son evaluados a través de los retos que enfrentan los protagonistas; conforme madura el concepto de la serie, el elemento filosófico parece desaparecer del primer plano para pasar a un fondo conceptual que pronto convierte una reflexión sobre la moralidad en una reflexión sobre cómo es que por siglos la humanidad ha imaginado una vida después de la muerte. Una reflexión sobre los criterios que desde el más acá nos atrevemos a imaginar para tener una idea de lo que nos pasará el día que muramos.

Sin adelantar los varios y emocionantes giros de trama que dará la serie a lo largo de su recorrido, hay que describir la reflexión que corre en paralelo a su trama cómica. Sin conocimiento de causa la serie es una comedia más: ingeniosa, entretenida, romántica, esperanzadora, con un sentido del humor ligero, a veces absurdo, a veces simple. Con consciencia de su hilvanado, la serie se revela como un estudio temático sobre la vida en el más allá.

Una reflexión que —volviendo a las evidencias que regalan los largos procesos de elaboración filosófica— termina apuntando al más acá. Al hecho de que cualquier tarea que hagamos para entender la vida que nos espera después de la muerte será siempre desde el más acá y para comprender el más acá: el aquí y el ahora. El modo en que decidimos ejercer nuestro acto de ser humanos mientras cruzamos este efímero momento de existencia material y terrenal.

De este modo, construyendo una reflexión elevada sobre la Ética y la Filosofía Moral disfrazada de una sólida comedia al estilo estadounidense, The Good Place empujará sus límites hasta la Metaética (lo que está más allá de la Ética) y, allí, alcanzará a tocar la fibra elemental de la moralidad: la condición gregaria del ser humano.

La inevitabilidad de la convivencia, del cohabitar, que nos arroja al reto constante e interminable de convivir unos con otros. Al reto ineludible de decidir si queremos convivir trabajando en equipo o si preferimos aventurarnos a una vida solipsista y egótica.

La pregunta que surge después de leer siglos y siglos de reflexión sobre la moral y la ética, sobre el bien, la virtud, los imperativos morales o las consecuencias del actuar humano: ¿cómo paso del papel a la vida? ¿cómo ejerzo esto que leo en mi día a día?¿cómo convierto la filosofía en realidad?

Dependiendo de la tradición filosófica a la que se recurra, la respuesta a esta pregunta es variable: según algunos, es imposible que la sabiduría racional y la sabiduría práctica coincidan algún día; según otros, es sólo a través del deber que la sabiduría racional se transforma en sabiduría práctica; según unos más, la pregunta ni siquiera es válida, todo está en el cálculo de medios, fines y consecuencias efectivas.

Mi postura se desprende de Platón pero no es necesariamente platónica, se desprende de Sócrates pero no es necesariamente socrática: mi postura es que la sabiduría racional y la sabiduría práctica sólo pueden coincidir a través de un ejercicio existencial. Sólo borrando la línea entre ambas a través de un compromiso existencial es posible romper con la paradoja del filósofo.

Un compromiso que es proceso, que no siempre se cumple a cabalidad y que se verá tentado por la disyunción entre el conceptuar y el actuar. Pero, al mismo tiempo, un compromiso que descansa en la asimilación de la filosofía como un hábito, como una facultad de cualquier ser humano capaz de curiosidad y como una forma de vida antes que una disciplina de estudio.

Un compromiso existencial que pide encarnar el eterno conflicto de la interminable dialéctica filosófica. Un compromiso que exige posicionarse en la ambivalencia entre lo que alcanza la mente y lo que puede la carne. Un compromiso que va comprendiendo que todo más allá es una invitación al más acá; que toda aventura de desvelamiento nace de atreverse a vivir en el aquí y en el ahora; que de la caverna se sale escapando de la caverna; que la reflexión sobre la vida después de la muerte es, en el fondo, una reflexión sobre la vida y que una reflexión sobre la vida es una invitación a intentar vivirla de cierta manera —una invitación a intentar, tantas veces como sea necesario, ser una buena persona; sin más.

The Good Place, en última instancia, nos muestra que es importante aprender sobre Filosofía Moral y sobre Ética para construir nuestras respuestas y para ir moldeando el modo en que nos aventuraremos a intentar ser una buena persona. La Filosofía como trabajo y disciplina es, en última instancia, una invitación a filosofar, a reflexionar, a ver más allá de lo evidente, a ejercitar el pensamiento crítico, a construir las propias respuestas con base en fuentes fidedignas, con base en métodos rigurosos, con base en el poder de la racionalidad humana enfrentada al ingente reto de comprender la realidad en la que habita y frente a la que habita. El Filósofo —en mi interpretación existencialista con Sócrates como paradigma y con Chidi como un ejemplo de su paradoja inherente— es, en última instancia, la demostración de que aún más importante que saber Filosofía y hacer Filosofía es ser Filosofía.

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