Mentalidad de tiburón

A veces no resulta sencillo dedicarse a algo tan naturalmente alejado de los negocios como podría serlo la Filosofía en este joven siglo XXI. Sin embargo, el reto de poner en diálogo una formación y un amor tan embebidos en sí mismos con un mundo movido por y para la productividad, por y para el eficientismo materialista y por y para la traducción de cualquier mínimo esfuerzo, propiedad o atributo en correlatos monetarios resulta siempre estimulante y exige nuevos y refrescantes modos de acceder a la Filosofía y nuevos modos de validar la importancia de la reflexión ociosa en nuestro mundo.

Digo ociosa como un reconocimiento del origen etimológico del concepto del negocio: “quod non sit otium (aquello que no sea ocio)”, rezan los diccionarios de latín; “nec” (no) más “otium” (ocio), se explica.

La exigencia del no-ocio que se plasma en discursos cosmológicos que reducen al ser humano a su potencial valía monetaria y que, irónicamente, suelen propalar y ofrecer con ligereza formas cada vez más sencillas para ganar dinero.

Muchos de esos aspectos, en especial con un azuzado tono satírico, suelen denominarse bajo la llamada “mentalidad de tiburón”. La analogía primitiva, porque refiere precisamente a los roles de la naturaleza animal que distinguen entre depredadores y presas, en su mejor acepción refiere a una tosca pero funcional idea de perseverancia y superación personal como bases del éxito de un cierto emprendimiento de vida (usualmente algún emprendimiento empresarial o de negocios). En su sentido más laxo, que con más vitalidad se ha recogido tanto en el entretenimiento como en el ideario humorístico del público en general, refiere a aquellos que están dispuestos a hacer lo que sea necesario para que sus propias empresas (humanas-individuales o de negocios) se traduzcan en objetivos concretos, reducidos a una materialidad asequible. Ya en la sobreexpansión trunca del ideal: la obtención de un algo a costa, incluso, de nociones propias de moralidad y ética.

Justo esto, con estos mismos conceptos elementales, pero con un talante de humor negro, suspenso, sátira y alto contenido de ficcionalización es lo que explora el nuevo film de J Blakeson para Netflix, I Care a Lot o Descuida, yo te cuido (en Latinoamérica).

La cinta tiene como protagonista a Rosamund Pike (quien ya ha sido nominada a Mejor Actriz en una Película: Comedia en los próximos Globos de Oro debido a este trabajo), Peter Dinklage, Dianne Wiest y la mexicana Eiza González. Ha obtenido reseñas favorables en lo general por la crítica especializada suscitando divisiones respecto a la consistencia de su argumento y respecto al tono de la narración pero encontrando concenso en las buenas actuaciones de su elenco y en el ingenio de algunos momentos de su guion.

El film sigue a Marla Grayson, una maliciosa, sagaz y cínica mujer cuyo negocio se basa en un uso alevoso del sistema legal que le permite asegurarse la custodia de adultos mayores a los que ha presentado a los jueces como incapaces de valerse por sí mismos. La estrategia sirve a Grayson y sólo a Grayson pues su consecuencia es el poder de Marla sobre el patrimonio y las propiedades de sus víctimas.

El giro inicial de lo que se desenvolverá como una intriga llena de acción e ironía se dará cuando Marla enfoque sus esfuerzos en una desprotegida mujer llamada Jennifer Peterson quien, a la postre, resultará no ser tan frágil como parece y que terminará por involucrar a la tutora legal con el líder de una organización criminal.

La película resulta frontal asestando golpes empáticos y antipáticos por igual desde su primer momento y manteniendo un presuroso paso que se traduce en entretenimiento garantizado para el espectador. Lamentablemente, el planteamiento, desarrollo y desenlace de su trama van decayendo paulatina y levemente aunque logran concluir con suficiencia para la ironía pero, quizá, con insuficiencia para su ambiciosa promesa inicial.

Su fortaleza principal se encuentra en la actuación de Pike que logra encarnar tanto antagonismo como determinación y afabilidad en el carácter de Marla convirtiendo al personaje en una suerte de antiheroína que, a pesar de hacer algo a todas luces incorrecto, refrendará una y otra vez una imagen femenina poderosa.

Poderosa por lo poco amenazada que se siente por un entorno dominado por hombres, poderosa por el modo en que se anticipa a cada uno de los pasos de sus perseguidores, poderosa por la obstinación con la que sortea cada obstáculo que le ponen en frente y poderosa por el descaro y la auténtica valentía con los que se hace dueña de sus propias circunstancias con base en una férrea voluntad. En una voluntad de depredadora. En una voluntad de cazadora, de leona, como ella misma admitirá; una voluntad de tiburón, podría decirse.

Para Marla las consecuencias de sus actos llegarán como un sarcástico pero irreversible gesto de justicia. Como un insospechado resultado de la permanente fragilidad que acompaña a todo ser viviente, aún a los “cazadores”. Llegará como un alusivo e impetuoso recordatorio de que, por lo menos en el ánimo del azar, Dios o la nada (todos ellos conceptos ociosos, inmateriales y filosóficos), ni todo el dinero del mundo paga una conciencia tranquila.

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