Mind the gap.

Publicado en Diario Imagen el 3 de julio de 2019.

En las estaciones de tren y de metro de Londres hay una leyenda escrita en el piso: “mind the gap”, que podríamos traducir como “considere la brecha”. Es una advertencia puesto que el espacio entre la plataforma y el tren es suficientemente grande como para que una persona caiga en él y quede atrapada entre el concreto y las llantas o ruedas metálicas del transporte. Eventualmente la frase se convirtió en un slogan para la ciudad y ahora puede encontrarse en todo tipo de mercancías: tazas, playeras, sudaderas y más.

Este fin de semana se estrenó la segunda película como director de Gael García Bernal, Chicuarotes. La película narra una serie de eventos que se desencadenan en la vida de dos jóvenes del pueblo de San Gregorio Atlapulco en Xochimilco, a unos minutos del centro de la Ciudad de México, tras tomar la decisión de cambiar la mendicidad, encubierta en un show apayasado, por el asalto a mano armada.

El film se presentó de manera especial, no a concurso, en el pasado Festival de Cannes recibiendo críticas variadas que, en lo fundamental, señalaban dos defectos de esta producción: un tono melodramático excesivo y una discontinuidad en cuanto al tono de la misma pues, según los críticos anglosajones y europeos, no hay un transcurso natural entre eventos cómicos y eventos dramáticos en esta historia.

Me parece que estas críticas son víctimas del laberinto que son el lenguaje y la cultura, en especial, la traducción. Por un lado, porque el melodrama está tan arraigado en el aparato emotivo y cognitivo del mexicano que resulta imposible hablar de su realidad sin recurrir, aun accidentalmente, a él y, por el otro, porque la tragicomedia es el género en el que se escribe la Historia de México día con día aunque parezca absurdo para los ojos ajenos.

Como oriundo de la Ciudad de México y constante visitante de los barrios sureños cercanos a Xochimilco, en los que estudié parte de mi secundaria y preparatoria, me parece que la película retrata con muchísima fidelidad a los personajes que existen en el México que yo conozco. Desde las expresiones, modos de hablar, detalles mínimos como manías o gesticulaciones, incluso modales, la cinta escrita por Augusto Mendoza es tan real que parece surrealista y resulta, por tanto, intraducible a cabalidad.

Al centrarse en la dinámica de un pueblo con valores tradicionales que se rige por los usos y costumbres es lógico que pueda parecer absurdo pensar que, por ejemplo, el cariño y el machismo convivan o que lo cómico y lo dramático se confundan al grado de no saber qué es qué; sin embargo, justo esa es la vida en México, en especial en sus pueblos, donde, desde el punto de vista fenomenológico (desde la experiencia propia de quien vive y actúa bajo estas circunstancias), el vaivén entre culpabilizar a las mujeres por el acoso sexual, por ejemplo, y la pretensión de protegerlas del mismo forman parte de una misma realidad.

Cosa aparte es preguntarse si ese modelo es correcto o no (aunque ya se presentirá que culpar a las víctimas no es un camino sano). Es ahí donde las brechas tienen peso, donde la vida de una persona acomodada de una de las potencias económicas más fuertes del mundo resulta diametralmente ajena a la de estos “chicuarotes”, que es el modo en que los lugareños llaman a los habitantes de este pueblo.

El término refiere a un tipo de chile del lugar y también significa necio o terco, y justo eso es lo que retrata el film, a dos jóvenes necios que, al sentir el ardor de la frustración que sólo la pobreza engendra, deciden tomar un camino que en su opinión resulta más fácil y efectivo, el crimen. La palabra necio viene del latín, en específico del verbo scio (conocer, saber, percibir o ser hábil para algo) más la partícula negativa ne; es decir, el ne-scio (necio) es el que no sabe, el que no percibe o el inepto para cierta tarea. En este sentido, los protagonistas de esta película, igual que muchos jóvenes en Latinoamérica y el mundo, emprenden un camino de crimen y delincuencia desde la ignorancia y la ineptitud: la ignorancia de las consecuencias pero, más importante aún, desde la ineptitud sofocante para salir de sus condiciones lastimosas y precarias.

Esto, me parece, lo entiende muy bien García Bernal quien hace un trabajo adecuado, en términos generales, pero destacable para alguien que se encuentra filmando apenas su segunda película, con un par de encuadres propositivos, buena narrativa visual y secuencias intuitivas y naturales que, además, recuperan muy bien los escenarios en los que se desenvuelven los habitantes de estas comunidades, los modos en los que se organizan y las condiciones en las que viven en la esfera doméstica y pública del pequeño cosmos que forman sus pueblos.

No es mi interés hacer con este texto una apología del criminal, sólo quisiera remarcar que aún quien delinque y afecta las vidas de otros de manera irremediable es tan ser humano como cualquier otro. Un ser humano que no necesariamente llega ahí por un acto de voluntad absoluta o preclara, un ser humano que muchas veces se encuentra presionado por su entorno y por las carencias que la vida le ha provisto. ¿Cuán grande es la diferencia entre alguien que crece con acceso a cada uno de sus caprichos y antojos, a lujos, una buena educación, una vida cómoda y alguien que desde joven debe sacrificar el gozo, recibiendo educación de mala calidad, en un entorno violento y con acceso a poco más de lo mínimo (en el mejor de los casos)? Dos niños de la misma edad en dos entornos distintos ¿llegarán al mismo lugar?¿“compiten” en la vida de manera justa?¿en igualdad de circunstancias? Sé bien que en muchos casos el crimen se elige libremente y a sabiendas y que no es imposible salir de entornos adversos para alcanzar mejores situaciones, pero tampoco es imposible crecer en entornos favorables y terminar en las peores condiciones. ¿Por qué? ¿Cuánto peso realmente tiene el contexto?

Con esta reflexión quiero señalar los puntos de partida de uno y otro caso. Quiero considerar la brecha que existe entre mi vida y la vida de alguien que elige una vida criminal. Quiero escarbar en lo más hondo de mi alma y mis intenciones y preguntarme si no habrá en mí, en algunas de mis acciones, de mis negligencias como ciudadano, de mis “victorias” frente a las normas sociales, de mis atajos, de mis pulsiones, de mis arrebatos, de mis pequeñas acciones, un ápice del germen que, en suelo áspero, da origen a jóvenes como los que retrata esta película. Porque en la pretensión de deshumanizar al criminal se encuentra también el principio para no identificarme con él en sus errores y en la capacidad que tenemos todos como humanos de hacer el mal. Quizá en la empatía se encuentre el camino a una solución para las causas de la vida criminal que muchos humanos eligen, por eso quiero recordarme: “Hugo, antes de juzgar, de abordar el tren de tus opiniones y prejuicios: ‘mind the gap’”. Lo invito a lo mismo, querido lector, antes de precipitar el juicio: reconózcase y “considere la brecha”.

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