Siempre he dicho que sólo existen dos actividades en las que me siento plenamente libre: la filosofía y el basketball. La primera porque me permite pensar, preguntar, imaginar y aprender sin restricciones; sin miedos a que lo que se explora en el seno de la razón se salga de control pues siempre está la convicción como tope práctico ante la incertidumbre conceptual. La segunda, por todo lo contrario, porque se convierte en una meditación en movimiento en la que, yo que no soy ningún atleta, suspendo la incesante seguidilla de ideas y disfruto de las habilidades que mi cuerpo ha sido capaz de desarrollar con el ejercicio repetitivo con toda la gracia (o desgracia) que me permiten mis limitantes físicas.

De ahí que no me sea ajena la figura de Michael Jordan, sino más como una condición de posibilidad del basketball contemporáneo. Nacido en el 91 mi experiencia con el jugador de los Bulls fue muy temprana, fuertemente moldeada por la idealidad y la fantasía de Space Jam y siempre mediada por el discurso que lo erigió en célebres apodos como “Air Jordan”, “Su Majestad” y otros similares.

El tiempo me daría la oportunidad de conocer su carrera y su carácter. Su modesto (a veces infame) paso por los Wizards de Washington del 2001 al 2003. Su referencia constante para ídolos como Allen Iverson, Vince Carter, Kobe Bryant y LeBron James, entre muchos otros. Su establecimiento pleno como una marca, ya no sólo un jugador. Y hasta su transformación en un tópico e irónico meme.

Mi opinión frente a su figura es un tanto renuente, no porque dude en lo más mínimo de sus aportes al juego o al discurso y la cultura de los 90s, sino porque quizá la distancia me regala algo de frialdad frente al gigante de Chicago y North Carolina. Quizá porque en algo pesa para mí el contexto histórico-político que lo protegió y lo impulsó como una herramienta ideológica de una saliente Guerra Fría o porque me resuenan demasiado sus desplantes de superestrella (comunes a todos los jugadores destacados prácticamente de cualquier época de la NBA) en contraste con la figura del atleta ideal y perfecto que aún tienen muchos en su mente.

Por eso me viene bien el recién finalizado documental de Netflix The Last Dance como contenido deportivo, histórico y documental. No por estar exento de un discurso claramente delineado (que sirve como el espacio para responder a las polémicas de la vida del jugador y obviar otros momentos de la misma) sino por presentar una perspectiva detallada, realista y sensata de Michael Jordan y el frenético éxito de los Chicago Bulls.

En primer lugar, con la disolución de la idea de que Michael Jordan era por sí solo la franquicia de los Bulls pues nos permite entender cómo cada pieza del equipo (Phil Jackson, Scottie Pippen, Dennis Rodman, Horace Grant y hasta John Paxson, Steve Kerr y el gerente general Jerry Krause) ayudó a construir la más memorable dinastía del basketball. En segundo lugar, por el modo en que nos deja entrever el carácter hostil, inquieto y en exceso competitivo que vivía detrás del Jordan de las cámaras, los comerciales y las sonrisas. Y, por último, por abrirnos la puerta a sus potenciales vicios y problemas personales (con las apuestas, por ejemplo).

Pero, a pesar de todo, ¿por qué sigue pareciendo que un tipo específico de basketball nació, creció y desapareció con Michael Jordan? ¿por qué casi 20 años después de su retiro y con figuras que han alcanzado similares o mayores hitos que el jugador, no parece haber una sola figura capaz de igualar el halo de luz del nacido en Nueva York? Creo que hay dos respuestas: una histórica y una filosófica.

La primera apunta a un hecho simple: como Jordan no hay dos. Y lo digo en sentido literal y frío, no como un elogio eufemístico. Al final, el conjunto de factores sociales, globales, históricos, mediáticos, de carisma y de avance del juego que se dieron cita en este jugador sólo pueden haber sucedido una vez. Sólo una vez se conoce por primera vez a alguien y, para la mayoría del mundo, fue Jordan quien los introdujo a la emoción del basketball. Y ante eso casi nada puede hacerse. Las primeras impresiones golpean fuerte y si vienen dadas por una figura de brillo propio como Jordan es difícil que se quieran comparables a cualesquiera otras.

La segunda me parece que puede plantearse en dos variantes. Primero, como una falacia lógica y, segundo, como un ejemplo del riesgo conceptual que esconden las narrativas. Como falacia lógica y de interpretación, el caso de Michael Jordan cae en el espectro del llamado complejo de la Edad de Oro; punto de comprensión desde el que se considera a un determinado tiempo pasado como mejor que el actual con base en una reconstrucción sesgada de los acontecimientos por los que hoy sentimos nostalgia.

Solemos recordar a Jordan por sus grandes momentos y grandes juegos, por los tiros que anotó y las jugadas determinantes que logró llevar a buen fin ¿pero dónde quedan los errores? ¿dónde quedan todos los tiros que debió fallar antes de ser siquiera capaz de anotar ese tiro que hoy se inmortaliza en un póster?¿dónde queda la disciplina, el compromiso y el trabajo arduo que generan el recuerdo idealizado? Ahí entra la segunda variante del problema filosófico que se exhibe en el caso de Jordan: el riesgo conceptual de una narrativa bien articulada.

En recientes épocas, para quienes nos mantenemos atentos de la liga que dejó Jordan, se discute mucho el modo en que las nuevas estrellas de la NBA se comportan; “llorones”, “divas”, “no aguantan nada”, “payasos”, “nada más hacen show”, etcétera. Poco se discuten sus atletismos y habilidades que en lo empírico suponen, igualan o superan las de Jordan en su contexto. Se priorizan sus actitudes antes que su juego bruto, puro y concreto. Actitudes que han adquirido otro significado (también como consecuencia del legado de Jordan) que se resume en la premisa de la que son conscientes los atletas y celebridades modernas: quien controla la narrativa controla la historia.

Dicho de otro modo, hoy más que nunca, cada figura mediática, cada atleta y cada marca es capaz de construirse una figura basada en el relato que ellos desarrollan sobre sí mismos. Son capaces de controlar su narrativa. De manejar, hasta cierto punto, la percepción que quieren que las audiencias tengan de ellos.

Claro, como en todo, hay casos de éxito y de fracaso y casos rescatables y casos indefendibles. Al final, la que queda en entredicho es la verdad. La reconstrucción objetiva de la historia de tal actor o de tal show o de tal artista. La realidad objetiva e inaprehensible del ser humano detrás de la figura mediática, histórica y mercadológica.

Y ahí se sitúa también The Last Dance que logra dotar de mayor realismo y volumen a una historia que por años permaneció pulcra, perfecta e idolatrada pero que hoy muestra un poco más de matices, de realidad y de texturas multiformes pero que, con todo, no renuncia a la figura intacta y admirable de Michael Jordan.

Al final, como cualquier historia, la de Michael Jordan nos exige pensamiento crítico. Ser capaces de ver los intereses mediáticos, políticos y personales que se juegan en una figura como la suya. Ser capaces de ver más allá de la ilusión pueril de la primera e impactante impresión para darle oportunidad al legado deportivo concreto y al ser humano real.

Lo intrigante, no obstante, es que aún detrás del telón de Jordan se revelan algunas virtudes. Trabajo, compromiso y amor por el juego. Deseo de ganar, disciplina, constantes prueba y error. Hambre por ser el mejor de todos los tiempos, determinación y retos propios. Superación personal, sacrificios y constancia. Y, sobre todas las cosas, presencia. Convertir al aire que entra por las fosas nasales, a los músculos que se tensan, se expanden y se alertan; al balón, a la duela, al reloj, a la chicharra, al oponente y al aro en un modo de estar en el aquí y en el ahora. Mientras nos queden sólo tres…dos…uno…

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