Multilingüismo irreductible

Desde los orígenes de la Filosofía, el estudio sobre el lenguaje, su naturaleza, su relación con la cultura y con el pensamiento –entre muchas otras cuestiones− ha acompañado el proceso expresivo mismo de comunicar ideas. Ya sea con preguntas por la capacidad −o no− del lenguaje de representar al mundo, ya sea cuestionando la capacidad de nuestros medios de comunicación para compartir lo que experimentamos subjetivamente, ya sea explorando la inquietud por el modo en que nos hacemos de un idioma, ya sea inquiriendo por los orígenes históricos de las palabras que usamos; el asunto es que el lenguaje siempre ha estado ahí como problema, como hecho y como vehículo de la humanidad y su multiculturalidad.

Como hecho diverso –capaz de representarse en múltiples formar a lo largo de múltiples rincones del mundo, capaz de viajar en letras, sonidos, señas, signos, símbolos, gestos, estímulos táctiles, etcétera. Como problema irresoluble y siempre rico en enigmas –que va desde la complejidad de determinar si pensamiento y lenguaje suceden de manera simultánea o si se puede conocer más allá de los límites de los propios empleos lingüísticos, hasta si el lenguaje es algo innato o plenamente aprendido o si es un código que nos hemos asignado de manera arbitraria o si responde a alguna naturaleza específica del mundo. Como medio de comunicación, condición de posibilidad y presuposición del simple hecho de transmitir un mensaje –y, con ello, como el testigo de nuestras historias, de vidas, de tradiciones, de culturas, de razones sociales, de ideales políticos, de aspiraciones intelectuales, de deseos mundanos, de expresiones de espiritualidad, de honores, de famas, de celebridades y, en resumen, de esos sucesos que conforman nuestra identidad como individuos, como sociedades e, incluso, como especie. El lenguaje en más de una forma se hace presente. Sucede como una manera de extender la individualidad a un fuero común. Acompaña la capacidad de expresar nuestra existencia en términos que puedan ser interpretados y comprendidos por otros seres vivos como nosotros.

Así entendido, entonces, el lenguaje no sólo atañe a palabras, sonidos y letras. Atañe a gestos, formas no verbales, expresiones faciales, olores, emanaciones químicas, percepciones subliminales, señas, movimientos, disposiciones corporales, contactos visuales y un amplísimo etcétera. Atañe, también, a otros múltiples canales por los que fluye la comunicación, la culturización y la humanidad como, por ejemplo, el lenguaje de señas.

El lenguaje de señas que, como el lenguaje completo que es, no sólo puede ser la lengua materna de oyentes y no oyentes por igual sino que también cuenta con su propia lingüística (ciencia del lenguaje); su propia sintaxis, sus propios elementos abstractos de composición, sus modismos, sus dialectos, sus diversos orígenes históricos –ligados a diversas familias de lenguajes−, sus propios cambios e incorporaciones lingüísticas derivadas del uso cotidiano.

Pero, sobre todo, el lenguaje de señas que es irreductible al español que hablamos y escribimos tanto como lo puede ser cualquier otra lengua hablada –antigua como el griego antiguo o el latín; moderna como el italiano, el inglés, el francés; o autóctona como el maya, el náhuatl, el mixteco, el otomí, el zapoteco. Irreductible como son irreductibles las experiencias de vida que comunica, la cotidianidad que atestigua y las formas de vida de las que da testimonio. Irreductible como es la experiencia de ser sordomudo.

Por supuesto, para quienes somos oyentes y usuarios exclusivamente de lenguajes hablados ésta experiencia es inaccesible mientras no vivamos esas exactas condiciones de vida. Sin embargo, como uno de los mayores favores de la ficción y el género documental, siempre está abierto el camino del entretenimiento como una puerta de entrada a otros lenguajes, a otras maneras de experimentar la existencia.

Es precisamente a esto a lo que nos busca acercar el film familiar de drama, comedia y autodescubrimiento juvenil, CODA, remake anglosajón del film francés de 2014 La Familie Bélier.

La co-producción estadounidense, canadiense y francesa sigue a la familia Rossi integrada por cuatro miembros, tres de ellos sordomudos y una de ellos oyente. Centrándose en la experiencia de Ruby, la más joven del cuarteto, quien se enfrenta a la difícil decisión de caminar hacia una pasión íntima pero incomprensible para su amada familia: la pasión por la música.

Una pasión por la música contrapuesta a las necesidades de su familia que encuentra en ella su principal aliada para comunicarse con un mundo de oyentes desconocedores de su lengua (el lenguaje de señas). Una pasión por bellas inflexiones del sonido que resulta ininteligible para una familia de pescadores sordomudos.

CODA, de hecho, se refiere a las siglas con las que se denomina en inglés a los Childs of Deaf Adults, es decir, a los Hijos de Padres Sordos. A los jóvenes que, como Ruby, se convierten en los mediadores entre un mundo ajeno al lenguaje hablado y un mundo construido sobre las bases del sonido y la correlación entre lenguajes sonoros y escritos.

De este modo, a través de los ojos, las manos y las emociones de una joven que se encuentra a sí misma en el canto, nos enfrentamos a varias capas de traducción. A la traducción del lenguaje de señas a la lengua hablada, a la traducción de la música a las emociones, a la traducción del sonido a la sordomudez.

En otras palabras, a la comunicación, mediada por la irreductibilidad de lenguajes, de lo que se siente, de lo que se vive, de lo más íntimo y subjetivo. A la expresión interhumana e interlingüística, mediada por el amor de familia, de la propia sensibilidad, de la pasión que mueve una vida y del canto que expresa lo que se es. A la trascendencia del amor como creador de lo imposible: que una familia sordomuda aprecie la potencia expresiva de la música.

En lo que toca a sus aspectos técnicos, CODA es una película de ritmo y desenvolvimiento ligero; entretenida, graciosa, emotiva e ilustradora. De actuaciones adecuadas y buenas –con talentos probados como Marlee Matlin (galardonada actriz sordomuda), emergentes como Emilia Jones y sorprendentemente apropiados para el drama como Eugenio Derbez (a quien, a pesar de parecer ajeno a géneros no-cómicos, se le encuentra correcto en esta ocasión en un papel conductor y de apoyo de la trama del film). De unos minutos finales intensos, memorables, sentidos y muy bien ejecutados.

Y volvemos, pues, a la irreductibilidad de lenguajes. A la incapacidad de hacer que quepa en una sola letra de nuestro abecedario algo de la multiforme experiencia que viven en carne propia personas como la familia Rossi.

Volvemos a la naturaleza problemática del lenguaje. No porque ciertos lenguajes sean un problema frente a otros, sino porque cada lenguaje refleja una historia, una cultura, una vida, una identidad que no puede acallarse con la mera marginalización de sus formas de expresión.

Por eso, recientes reflexiones sobre el lenguaje subrayan la importancia del multilingüismo. Es decir, la importancia de reconocernos individual y socialmente conformados por más de un tipo de lenguaje. Políglotas de lenguas habladas, quizá, conformados por más de un idioma (como sucede en países como Canadá, Suiza y más), talvez: humanos enfrentados a una vasta diversidad de canales de expresión.

Porque en el ímpetu por extender lo que entendemos por lenguaje, no sólo se juegan posibles relatos sociales, políticos e históricos, sino expresiones francas de ontologías nuevas. De existencias que no porque no vivamos en carne propia deben ser privadas de ríos (sistemas simbólicos; lenguajes) por los que navegar (expresarse).

Cada río es muchos ríos, compuesto por corrientes que arrastran consigo trayectorias, historias, orígenes. El río en que navegamos es sólo uno más de ese infinito entramado de aguas fluyentes. Unas cesarán, unas volverán, unas no han llegado y otras ni nos las imaginamos. Así como por cada una de ellas fluye agua tan auténtica como la que fluye por cualesquiera otras, así por cada lenguaje que se granjea una existencia fluyen formas de ser humano tan humanas como cualesquiera otras. Las conozcamos o no. Nos atrevamos a reconocerlas o no. El río vive con o sin nuestra presencia, nosotros sólo lo andamos.

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