Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido

“Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido”, reza la sabiduría popular. Nadie sabe el lugar exacto, el espacio específico y el sentimiento unívoco que implica una persona en su vida hasta que ésta fallece. En otras palabras, somos incapaces de saber exactamente quién es una persona hasta el día en que sabemos que nunca más la volveremos a ver.

Quizá por ello los análisis de la felicidad y de la vida misma apuntados por Aristóteles en su Ética Nicomaquea afirman que sólo cuando somos capaces de voltear hacia atrás a reflexionar sobre el relato completo de una vida, sólo entonces, tenemos la capacidad de decir si una persona fue feliz, virtuosa o viciosa. Sólo cuando conocemos la historia completa de una vida somos capaces de formular un juicio de auténtico valor humano.

En sus obras políticas, El Estagirita también hablará de la relación entre padres e hijos. Concluirá amargamente pero con toda veracidad que ésta es una relación siempre injusta, siempre desequilibrada: “mientras el padre siempre entiende al hijo como una extensión de sí mismo, el hijo se percibe a sí mismo como absolutamente independiente”. Mientras los padres se aventuran a una carrera eternamente ética y desvanecedora del yo, el hijo apenas está arrojado a la consciencia de su individualidad. Es sólo —cabría argumentar— con la edad, con la propia experiencia de la paternidad o maternidad o con la muerte de un progenitor que un hijo alcanza a comprender quiénes realmente han sido su padre y su madre.

Estos temas rondan la aclamada opera prima de la cineasta británica Charlotte Wells, Aftersun. La cinta sigue a Sophie, una mujer que en sus treintas redescubre a través de la memoria, la nostalgia y un viejo video en VHS unas vacaciones que compartió con su padre cuando ella apenas tenía once años. A través de ese ejercicio, Sophie redescubrirá la historia detrás de aquella experiencia y comprenderá una verdad sobre su padre que le ayudará a descubrir quién realmente fue él.

Dentro de las líneas del drama y el llamado slow cinema o cine contemplativo, la película escrita y dirigida por Wells —“emocionalmente biográfica”, según sus palabras— nos adentrará en la diversión de unas vacaciones veraniegas en las playas turcas compartidas por una niña de once años y un padre divorciado en sus treintas. La cinta, en apariencia, simplemente retratará su dinámica, las formas específicas de su cariño y la cotidianidad de una relación distante geográficamente pero emocionalmente cercana.

El lenguaje cinematográfico del film, sin embargo, narrará un par de historias paralelas a lo que podría parecer un mero video casero de unas vacaciones. Wells dejará pinceladas, trazos y notas puntuales, nada obvias pero, al tiempo, nada obscuras; Wells narrará la historia de un padre disfrutando a su hija, un padre que, en silencio, se enfrenta a una enfermedad terminal —cabe inferir— y a otros varios conflictos personales.

Con esta clave subyacente —nunca explícitamente mencionada pero cinematográficamente evidente—, Wells narrará unas vacaciones inolvidables, hermosas, amorosas; teñidas por una profunda nostalgia que redescubre con ternura y dolor las últimas vacaciones compartidas por Sophie y Calum.

En lo técnico, la película intercalará la filmación objetiva y narrativa representada por la cámara digital contemporánea con una filmación subjetiva y emotiva representada por las tomas de la cámara noventera de Sophie. Combinará una representación de los hechos que están sucediendo en realidad con una inocente mirada infantil que, en aquél entonces, es incapaz de percibir lo que sucede tras bambalinas.

Es ahí cuando la Sophie del presente, la treintañera, se convierte en el común denominador de ambos puntos de vista. Es ahí cuando su nostalgia, su recuerdo y revisita del pasado se convierten en el eje conector entre lo que percibía de niña y lo que en realidad estaba pasando; entre la experiencia inocente, infantil y privilegiada y la experiencia llevada a cuestas, adulta y carcomida por la realidad de la muerte venidera.

La memoria es una facultad de nuestra mente que usamos cotidianamente y en la que solemos confiar para dar sustento a quienes somos. Somos, creemos, lo que recordamos que hemos sido más lo que estamos siendo. Somos nuestros recuerdos más nuestras experiencias actuales más nuestras esperanzas, deseos y elucubraciones sobre el futuro.

Sin embargo, la verdad sobre nuestra memoria es que es un amigo inseparable pero altamente falible. Un compañero de vida que nos cuenta las cosas que hemos sido no sin antes protegernos de nuestras emociones o de nuestros episodios más oscuros. Un relator que donde no tiene capacidad de completar la información, echa mano de la imaginación y un par de confusiones naturales de nuestro ser humanos para darnos como resultado un “recuerdo” que bien puede no estar nada fundamentado en hechos objetivos y comprobables.

Es por ello que resulta terriblemente trágico comprender que el hecho de que en nuestra memoria habiten las personas que hemos perdido —nuestros muertos—es una condena anunciada de su paulatino olvido. Poco a poco los vamos dejando atrás, los vamos recomponiendo y los vamos perdiendo irremediablemente. Poco a poco los olvidamos con la memoria pero los abrazamos más con la objetividad del corazón.

La objetividad abstracta, cuasimística y quizá autocomplaciente de una experiencia que habita en nuestro ser cuando dirigimos nuestra mente a ellos o cuando la realidad nos los hace presentes a través de algo que vivimos con ellos, una canción, un platillo, un comentario y un infinito etcétera. La objetividad abstracta del sentimiento unívoco que son en nuestras vidas aún después de muertos.

Y así nace la nostalgia, la melancolía y esas lágrimas automáticas que brotan cuando recordamos a nuestros muertos. Así nace la invitación del recuerdo a redescubrir la vida que compartimos con ellos. Así renace su figura a través de nuestro rememorarlos; pero no en un acto de recuerdo común sino en el acto del recuerdo reformador. El recuerdo que nos revela esas verdades silenciosas que aprehendimos de ellos pero que sólo hasta hoy somos capaces de comprender.

Es ahí cuando descubrimos que es apenas aquí, a una década de su muerte o antes o después, cuando nos estamos dando cuenta de la persona que perdimos. Cuando empezamos a comprender el vacío irrecuperable que dejan en nuestra vida nuestras personas ausentes. Cuando nos enfrentamos, desde la lejanía, a la verdadera imagen de la persona que tuvimos la fortuna de experimentar.

Hace casi diez años perdí a mi madre, pocos meses después a mi abuela —mi segunda madre— y nada ha sido igual desde entonces. La vida no se ha sentido como vida, los días no se han sentido como días. Todo pasa, sólo pasa, sin el sabor que ellas le aportaban a mi todo, sin la textura que le daban a mi todo, sin la felicidad —feroz y melancólica— que le daban a mi todo.

Me toca a mis treintas, como a Sophie a los suyos, rescatarlas a pedazos en mis recuerdos; recoger piezas aisladas, viejas, inconexas e inciertas de lo que mi memoria recompone de ellas. Redibujarlas, redescribirlas y reconstruirlas desde mis emociones irresueltas, mis remordimientos y mi brutal amor por ellas.

Alguna vez compartimos algunas vacaciones, algunas veces disfrutamos la vida juntos; algunas otras veces también la padecimos. Algunas veces más ellas padecieron en silencio, me tuvieron paciencia, me cuidaron y me acompañaron; aun cuando yo no actuara como si lo mereciera.

A ambas las conocí lidiando con enfermedades que, eventualmente, cobrarían sus vidas. Cuando yo llegué a este mundo ellas ya estaban dando los primeros pasos hacia su final y yo simplemente vivía la vida como niño o como adolescente. Les daba problemas como niño o como adolescente.

Es hasta ahora, a mis treintas, que las redescubro en mis recuerdos; es hasta ahora, a mis treintas, que las redescubro lidiando con sus enfermedades, con sus padeceres, con sus miedos, con sus preocupaciones, con sus dolores. Es hasta hoy que empiezan a alcanzarme los años para entender quiénes fueron.

A través de esta singular nostalgia las conozco mejor día a día e, irónicamente, a través de esta singular nostalgia me duele más y más entender la dimensión exacta del boquete que dejaron en mi vida.

Sin embargo, no todo es terrible tragedia humana; como Sophie, es sólo a través de este dolor redescubierto y de esta consciencia ganada día a día que soy capaz de agradecer mejor que nunca el haberlas conocido. Cada día entiendo mejor quiénes fueron mis madres, duele un poco más su ausencia cada día pero, también, cada día reconozco mejor la infinita fortuna que tuve de compartir una vida y unas vacaciones con ellas.

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