Navidad a la Rick and Morty.

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Con cinco episodios restantes en su cuarta temporada y una orden de al menos 60 episodios más en el futuro (producto del acuerdo entre Justin Roiland, Dan Harmon y Adult Swim), Rick and Morty ha demostrado ser una de las expresiones creativas más acabadas de los años recientes. Por su humor ácido y certero, por lo cercana que hace sentir la ciencia en la que se basa para crear sus ficciones, por la buena definición de sus personajes y las dinámicas específicas que tienen lugar entre ellos, por su ingeniosa, llena de texturas y evocadora animación, por el fondo filosófico y discursivo que la sustenta o simplemente por el modo en que logra proponer algo nuevo en el panorama televisivo, la serie animada del bloque nocturno de Cartoon Network ha logrado posicionarse como uno de los contenidos más exitosos de la actualidad.

De ahí que resulte muy poco probable que esta sea la última vez que escriba algo sobre esta peculiar dupla en este espacio pues, como muchos otros creadores de contenido han notado, son tantos los recursos de los que abreva, las cualidades que le destacan y los discursos que entreteje que resulta prácticamente imposible agotar todas las maneras en las que Rick Sánchez y Morty Smith han venido a establecer una crítica satírica a la vida contemporánea en un texto como éste.

Por eso en esta ocasión he elegido leer esta serie animada en contraste con la época del año en la que nos encontramos: las fiestas decembrinas (que en este texto referiré como Navidad, para ponerlo de manera “estandarizada”, pero que de ninguna manera se circunscribe exclusivamente a los festejos de las diversas formulaciones cristianas ni los de las religiones abrahamicas; exclusivo ni siquiera para quienes se adscriben (o no) a una religión).  En específico, referido a dos puntos centrales de lo que algunos analistas de esta caricatura han referido como “la filosofía de Rick and Morty“: su existencialismo y la alternativa que plantea frente a la crisis de sentido en el mundo contemporáneo.

Respecto al primer punto, en la misma línea que muchos contenidos que pueden rastrearse en la red, hay que decir que esta serie de ciencia ficción encuentra en el sinsentido de la existencia un recurrente punto de partida común para el humor negro, la ciencia (y la ciencia ficción), la psicología decadente de sus personajes y las infinitas posibilidades narrativas y creativas que se abren en miles y miles de realidades alternas que es capaz de proponernos.

Desde el característico “Wubba Lubba Dub Dub!” de Rick, que revela su significado como un “I am in great pain, please help me!” (o “¡Estoy sufriendo mucho, ayuda, por favor!”, como lo traduce el doblaje al español latino), hasta el icónico “ Nobody exists on purpose, nobody belongs anywhere, everybody is gonna die. Come watch TV” (o “Nadie existe a propósito, nadie pertenece a ningún lugar, todos vamos a morir; ven a ver televisión”) de Morty; el señalamiento constante a nuestra incapacidad e incertidumbre como seres humanos de comprobar o demostrar si nuestra existencia tiene o no un sentido intrínseco se erige como uno de los pilares discursivos de la creación de Harmon y Roiland.

De ahí, entonces, nacen momentos clave y personajes entrañables de esta comedia como Mr. Meeseeks (quien entra en una crisis existencial al ver frustrada la realización del único propósito cierto en su vida), las inteligencias artificiales creadas por Rick (constantemente acomplejadas por haber sido creadas), la diversidad de las varias versiones alternas de diferentes realidades para cada uno de los personajes de la serie, la fragilidad de los seres humanos ante una inteligencia extraterrestre superior como en Get Schwifty, la divertidísima pero profundamente ociosa y evasiva prueba que da origen a Pickle Rick, el juego de inteligencias entre Rick, sus creaciones y otros ladrones profesionales en la convención de atracos HeistCon o la elegantísima y profundamente patética (en su sentido griego clásico de πάθος (páthos), i.e., en su capacidad de reflejar afecciones emocionales) resolución del conflicto entre Rick y Tony (en los más recientes capítulos del programa de TV). Instancias, todas ellas (personajes, episodios y eventos), de una visión nihilista de la realidad a los ojos de la ciencia y de un Universo que se nos presenta infinito, desconocido y abismal frente a lo mínima que es nuestra existencia en uno de los sistemas solares de una de sus millones de galaxias (en una de sus, potencialmente, múltiples realidades paralelas).

Afortunadamente, empero, esta visión nihilista no prevalece intacta dentro de las bases conceptuales de la serie animada; por el contrario, como todo lo que se da cita en ella, se pone en tela de juicio, se critica, se satiriza e, incluso, se logra trivializar a través de una posible puerta esperanzadora: la experiencia personal de la existencia.

Dicho de otro modo, el nihilismo abismal del sinsentido que nos revela un vasto Universo como el que refleja Rick and Morty no se diluye en su trágica naturaleza sino que logra dar el paso siguiente: el existencialismo. La interpretación de nuestra existencia (pesimista quizá y aún condicionada por el sinsentido) en su valía creativa, estética, perceptiva y, sobre todo, relacional-humana; más allá del solipsismo existencial y la sofocante soledad.

Si bien la existencia no encuentra sentido en el Universo de esta ciencia ficción (que parece estar más cerca de la ciencia que de la pura ficción en este punto), esto no quiere decir que no exista un espacio determinante para nuestra experiencia existencial, es decir, para el modo en que vivimos, sentimos y nos desarrollamos en este nihilismo estructural de la realidad. Sí, puede que nada tenga sentido pero ¿acaso no importa el modo en que nosotros decidamos relacionarnos con ese sinsentido estructural que constituye nuestra realidad?

Al respecto, Harmon y Roiland responden apuntando a la experiencia individual, singular, personal. Lo hacen, no obstante, con una lúcida frialdad realista que diluye un poco de la esperanza que se abre en este existencialismo en favor de una cierta frialdad veraz. Así, aun cuando podamos responder al sinsentido de la realidad con nuestra experiencia personal, ésta (nuestra vida, nuestra historia personal) puede ser un sufrimiento constante (Wubba Lubba Dub Dub!) en soledad o quizás, en comunidad, algo más.

Algo más, nos dicen los creadores de esta sátira que alcanza sorprendentes niveles de oscuridad, horror, dramatismo y realismo, que puede representarse en el mundano acto de “ver televisión”. Ver televisión como símbolo del enfrentarse a la creación artística, a la comedia, a la escritura, a la sátira, a las historias, a la narrativa, a la música, al baile, a los estímulos visuales pero, también, como símbolo de un espacio de reunión y vinculación humana. Un espacio en el que, muchas veces, el ser humano contemporáneo encuentra un momento de conexión con su familia, con sus amigos, con sus conocidos y, por supuesto, con los humanos que se encuentran del otro lado de la pantalla, los que hacen posibles los contenidos que disfrutamos.

Un espacio que no tiene por qué constreñirse explícitamente a la televisión misma, sino que puede ser cualquier lugar-momento que se genera cuando una familia (compuesta sólo por amigos o no, sanguínea o no, tradicional o no, religiosa o no) se reúne para vincularse de humanidad a humanidad. Un espacio en el que las imperfectas interacciones íntimas entre familiares (en este sentido amplio) se dan en su volátil impredictibilidad y se resuelven en momentos que atesoramos y que, a la postre, construyen nuestros recuerdos y, al menos parcialmente, la identidad que nos vamos armando.

Un espacio-tiempo como el que Rick crea al detener el flujo temporal al lado de Morty y Summer para disfrutarse, para vincularse. Un espacio-tiempo como el que reta y transgrede cuando lo da todo por la gente que ama. Un espacio-tiempo por el que se generan los recuerdos, afecciones emocionales, afectos y experiencias que hacen a nuestro Rick nuestro Rick: el que sí se interesa por su Morty. El que decide plantarle cara al nihilismo con un existencialismo libre que, a su vez, elige darle significado y sentido al sinsentido con el amor a su hija, a sus nietos y, de manera oblicua, aún a su contrapunto, Jerry.

Un espacio-tiempo para el que se prestan fiestas como la Navidad que vivimos ahora. Un espacio-tiempo que podemos, al menos potencialmente, disfrutar y en el que podemos apartar la vista, por lo menos por unas horas, del abismo del sinsentido para reconocernos humanos gregarios, capaces de vincularnos, capaces de amar, capaces de construirnos mutuamente junto con otros. Con los nuestros (quienes quiera que sean) y bajo la denominación que queramos (con o sin celebraciones religiosas, con o sin festividades sociales).

Por lo tanto, querido lector, yo le deseo, más que una feliz Navidad, una feliz Navidad a la Rick and Morty: un feliz espacio-tiempo invernal (o veraniego, al otro lado del ecuador), rodeado por la gente que lo ama y que usted ama, que le permita plantarle cara al nihilismo estructural de la existencia en el siglo XXI con la mejor de las experiencias existenciales de la que usted y los suyos sean capaces.

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