No tenga pena.

Publicado en Diario Imagen el 19 de junio de 2019.

Una de las líneas de esta columna que hasta ahora no había podido explorar es la relativa a los viajes. Parecen ser parte fundamental de la vida del millennial contemporáneo: quizá por esa actitud de “sólo se vive una vez” que le acompaña a donde sea o porque cada vez se vuelven más accesibles los créditos, hospedajes, vuelos, etcétera para salir de nuestras ciudades de origen; el caso es que muchos millennials prefieren ahorrar por mucho tiempo para emprender el viaje soñado que, por ejemplo, gastar en una casa o un automóvil.

Con ese contexto de fondo debo decir que mi situación ha sido afortunada, he podido conocer varios rincones del mundo en el que vivimos. Todos ellos me han ayudado a construir una noción mucho más acabada de mi país, romper con muchos prejuicios y aprender que no porque las cosas se hagan de manera distinta a como yo las haría en mi lugar de origen, éstas están mal hechas ni, necesariamente, mejor hechas.

Dos países que han sido fundamentales para mí en estas oportunidades de vida que he tenido son El Salvador y Guatemala. Ambos, lamentablemente, suelen ser señalados por sus graves situaciones de seguridad, o bien, por las alarmantes necesidades que se suscitan dentro de sus fronteras pues, claro, es fácil ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio. Para mí ambos países son el origen más remoto de mi genealogía paterna que puedo rastrear: mi abuelo fue un inmigrante salvadoreño que por diferencias con su familia, y un irrenunciable orgullo que todavía corre por las venas de los Aquino, decidió cruzar fronteras e irse a vivir a Guatemala. Allá nació mi papá quien con menos de 15 años migró a México y, con base en trabajo y esfuerzos —inimaginables para mí—, consiguió forjarse un futuro, una familia y un matrimonio inmejorables.

Mi viejo, como yo le llamo sólo por el placer de verlo molestarse levemente, cuenta con mucho sentimiento las necesidades de las que venía: una familia numerosa que apenas podía sacar adelante a siete hijos de los cuales él fue el sexto, un país con muchas carencias sociales y económicas y una vida más simple pero de pocas oportunidades. Recuerda en particular dos detalles de su llegada: primero, que traía una maleta hecha de un material parecido al cartón que, en algún momento, algún trabajador del aeropuerto en Ciudad de México aventó y azotó contra una de las bandas del lugar; Hugo, a sus tiernos catorce años le dijo: “no tenga pena”, que es el modo en que los guatemaltecos dicen el “no se preocupe”, “no hay problema” o “no pasa nada” de los formalismos mexicanos, sin darse cuenta que al empleado poco le interesaba si le hacía daño o no a su equipaje. Segundo, que su situación en México no se compara con lo que viven muchos otros migrantes dado que él tenía quién lo esperara: su tío Raúl, un guatemalteco de origen, luchador social y obrero que había sido asilado por el gobierno mexicano frente al gobierno guatemalteco de los años sesenta.

Así, para mí no hay manera de tener una visión fría de Guatemala y El Salvador, hay, más bien, la claridad que regala la distancia y la disposición que sólo el amor fomenta. La capacidad de juzgar como mi casa lugares que no son mi país de nacimiento pero con los que guardo una estrecha relación vital e identitaria. El Salvador se ha convertido en el hogar de otra célula de mi familia, una muy querida. En mis visitas a aquél país he atestiguado sus inigualables sabores, su delicioso clima caluroso pero no húmedo, sus bellísimos lagos, sus riquísimas costas llenas de mariscos y peces, sus lindos cerros que regalan una vista panorámica que se antoja divina. He visto también la necesidad, el abandono de sus espacios civiles y sociales, un centro de la ciudad capital al que la gente le ha perdido la fe. He conocido a sus personas que tienen, todos, historias cercanas a los infames grupos criminales que dominan muchas de sus zonas pero que, con una rebeldía vital, se atreven a seguir amando, a seguir construyendo un futuro, a seguir compartiendo un mensaje y a seguir construyendo un mundo mejor.

Con Guatemala, por el otro lado, tengo una deuda. No conozco a fondo sus pintorescos escenarios naturales y me reprocho no conocer mejor su envidiable herencia maya. Conozco su ciudad y la emblemática arquitectura de la Antigua Guatemala; el brillo cegador de su jade que, sin esa propiedad física específica, es capaz de deslumbrar a cualquiera que lo vea — mismo jade que tantas veces fue la misión más celosa de mi padre en sus visitas a su país de origen pues le parecía imposible no llevarle un detalle con aquella amorosa piedra a su amada esposa. Conozco el insustituible sabor de sus mangos verdes con pepita y limón, de sus hamburguesas con huevo frito, de sus tostadas, de su guacamol, de sus mixtas, su glorioso revolcado, sus cuasi místicas hilachas, sus inigualables champurradas, su delicioso atol con granos de maíz dulce y muchas, muchas inexpresables artesanías gastronómicas que le dan vida a una parte de mi alma. Conozco sobre todo el valor de su gente, dispuesta a la acción política de una manera admirable, de un modo que muchas veces he encontrado carente en mi propio país; la familiaridad con la que la gente aún se preocupa por su entorno social, por sus vecinos, su gente; el modo en que se atreven a exigir cuando es necesario (para muestra sus recientes cambios políticos). Conozco ese miedo que se respira en su ciudad del que rara vez se habla a fondo, esa inseguridad personal que la gente exhibe por el miedo al crimen que muchas veces me he preguntado si es más bien autoinducida que realista. Admiro el modo en que da un lugar privilegiado a sus indígenas, aunque sigan padeciendo de un muy latinoamericano clasismo, y el modo en que se enorgullece de las artes que cultivan y que sólo ellos producen: sus tejidos, sus figuras.

Cosa aparte es hablar de las procesiones: un reto para la fe religiosa hasta del más ateo. Una manera exclusiva de rendir honores a la Semana Santa reproduciendo con un fervor muy literal la Pasión de Cristo. Yo, que no soy el más creyente de los hombres, me he conmovido hasta las lágrimas con la fe expresada por chicos y grandes en la entrega del propio físico a tareas exigentes y, en algunos casos, incluso dañinas para el propio cuerpo. Si ha de resumirse esta festividad en una sola palabra esta debe ser sacrificio. Se sacrifican las plantas de los pies, el hombro para cargar las figuras de los santos, la espalda con azotes simbólicos (y a veces más que simbólicos); se sacrifican hasta las alfombras dibujadas en todo el circuito de las procesiones con aserrín pintado que la gente empieza a poner desde semanas antes a la conmemoración religiosa.

Y ahí es donde mi papá es todo un guatemalteco, un tipo capaz de sacrificarse siempre que sea necesario para salir adelante y ayudar a su familia a salir adelante. Muchas veces aguantó el hambre, la soledad, las tristezas, el dolor, la necesidad y muchas cosas más con la sola esperanza de ser feliz. Y creo que lo fue con su esposa. Y creo que aún hoy logra arrebatarle momentos de felicidad a una vida que lo había determinado como una causa improbable en sus inicios. ¡Qué rebeldía, qué punk!

A veces, debo reconocer, soy un tipo fastidioso que no para de pensar y analizar a todos y a todo, y eso incluye a mi propio padre y su actuar: su tarea como padre (que si pudo ser mejor, que si pudo ser peor, que si le falto esto, que si le falto aquello). Es todo para mí mero experimento racional. Sin embargo, a veces me preocupa no ser suficientemente claro para decir que nunca pensaré que mi padre no es un buen padre, es el mejor padre que pudo ser según sus circunstancias y eso es más de lo que muchos hombres serán en su vida. Cuando uno de mis análisis se desarrolla en una crítica que deja a mi padre sintiendo remordimiento por lo que pudo haber hecho distinto, lo único que quisiera decir es: “no tenga pena, viejo, yo le debo más a usted de lo que un día podré pagarle”. Feliz día del padre a todos esos hombres que asumen su tarea con valor y dispuestos a comprender lo que es el sacrificio. Felicidades a mi chapín favorito.  

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