Nostalgia noventera.

Publicado en Diario Imagen el 14 de agosto de 2019.

Vivimos en una especie de “época de oro” de la nostalgia y quizá la situación parecería mera coincidencia, sin embargo, todo parece indicar que se trata de un síntoma más de las complejidades a las que se enfrenta nuestra generación. Remakes, secuelas y reboots de series, sagas y películas que se originaron en décadas pasadas se generan de manera acelerada y cada vez más abigarrada. Así hemos presenciado el regreso y la reinvención  de franquicias  como Terminator, Aladdin, Top Gun, El Rey León, La Sirenita, La Cenicienta, Pokémon, It, Chucky, Toy Story, Los Cazafantasmas, etcétera. Hasta el propio boom de los cómics con las adaptaciones fílmicas de DC y del colosal Universo Cinematográfico de Marvel son, a final de cuentas, historias que se basan en contenidos gráficos y narrativos que tuvieron su origen y primeros apogeos en épocas pasadas.

Esta tendencia tiene dos explicaciones: una económica y una cultural. La económica, obviamente, es que todos estos productos resultan inversiones garantizadas pues se siguen vendiendo por sí solos a pesar de los cambios, las reversiones e incluso las carencias de sus nuevas adaptaciones. Ante el declive que tuvieron las ganancias en taquillas de la industria del cine a nivel mundial a inicios del milenio, las grandes casas productoras encontraron en la nostalgia una efectiva ancla para mantenerse seguras frente a un mundo que empezaba a cambiar y empezaba a encontrar otros métodos de acceder al entretenimiento, mucho más cómodos y sencillos sin siquiera tener que salir de casa. De ahí que el énfasis se haya puesto recientemente en este tipo de contenidos pues son los que la gente está pagando por ver: las historias que ya conocíamos hechas por los estudios que siempre hemos conocido pero con ligeros (en ocasiones abruptos) giros o añadidos.

Claro, esta tendencia a recurrir a la nostalgia siempre ha existido en la literatura, en el cine, en la televisión pero, en definitiva, nunca de una manera tan patente e incentivada. Si hacemos un análisis simple de algunas de las franquicias más exitosas de nuestra época encontraremos que en ellas hay un recurso a la nostalgia: el MCU (con el recurso a cómics de las décadas de los 70s hasta los años 2000 y con referencias visuales y narrativas a esas épocas), Stranger Things (con un rico y vasto recurso a la ciencia ficción de los 80s y 90s, además de estar situada entre esas décadas), Game Of Thrones (originalmente escrita y lanzada como novela en la década de los 90s), The Walking Dead (originada en los años 2000) y así muchas otras franquicias.

¿Qué es lo que ha dado lugar a esta tendencia?¿Por qué nuestra cultura tiene la urgencia de volver al pasado (como lo evidencian las ganancias que estos productos siguen generando)? Irónicamente la respuesta está muy bien señalada en un producto más de la nostalgia y, en este caso, de una nostalgia que viví de primera mano y que guardo con mucho cariño en mis recuerdos: La Vida Moderna de Rocko. En específico en su reciente especial televisivo, Rocko’s Modern Life: Static Cling, originalmente producido por Nickelodeon pero que, finalmente, fue vendido y estrenado vía Netflix como una de sus propiedades originales.

Desde la adolescencia me resulta extraño ver dibujos animados dirigidos específicamente a niños (pues hay muchos otros que suelen tener una especie de doble trama, una para los adultos y otra para los niños), algo de amargura ha ganado en mí, en mi vida, como para que su humor ya no me atrape del todo. Sin embargo, revisitar una caricatura como esta, con la que crecí, resulta interesante a pesar de seguir sintiéndose algo fuera de lugar. Obviamente, durante los años, he seguido viendo algunos capítulos viejos de estas caricaturas, o fragmentos, sin embargo, no con el mismo efecto ni con la misma ingenuidad. Sobre todo me ha sucedido que he encontrado en ellos mensajes que no me había dado cuenta, siendo niño, que estaban muy presentes: desde chistes que hasta hace poco empecé a entender de Los Simpsons, hasta la profundidad de la psicología de los personajes de series como Hey Arnold!.

En esa misma línea, entendí en el camino que Rocko’s Modern Life fue siempre una caricatura crítica de su época y de los pasos agigantados con los que todo cambiaba ya en los años noventa. Basta con ver el intro de la serie para reconocer críticas a la cultura hiperindustrializada, al concepto de la educación y el conocimiento enciclopédicos y a la desmedida ambición de grandes corporativos trasnacionales representados en la ficticia Conglomo.

Ahora, con su regreso, en un movimiento narrativo que me parece admirable por consecuente y coherente, el especial aborda la crítica a la época contemporánea con todos estos elementos pero dirigida a un objetivo muy claro: la nostalgia. En específico, la nostalgia como resistencia al cambio en un mundo que no hace más que transformarse cada segundo. Un minuto fuera de internet parece suficiente para perderse “lo que está pasando”, “los acontecimientos más importantes”. Es tanto el ruido y el vaivén de lo que está allá afuera que, en una clara muestra de ansiedad, neurosis y estrés, decidimos encerrarnos en nosotros mismos (proceso al que las propias redes sociales contribuyen, como he escrito antes) y atenernos a lo que tenemos por conocido: nuestras series, nuestras películas, nuestra música, nuestros amigos, nuestros hogares, nuestros miedos, nuestros círculos, etcétera.

He ahí entonces la explicación cultural de esta tendencia de volcarse a la nostalgia: vivimos estresados por el incesante movimiento y el incesante cambio al que nos enfrentamos. Tanto así que decidimos retraernos a la comodidad de nuestro ego y “criticar”, sin ningún ejercicio empático, de documentación o de apertura a lo diferente, lo que no entra en las líneas que hemos trazado subjetivamente para delimitar un “espacio seguro”, inamovible, donde nada cambia y todo está bien.

El problema con esa respuesta temerosa y sumisa ante el mundo en el que vivimos es que, como nos enseña Rocko, podríamos estarnos perdiendo del momento más importante de nuestras vidas. La infancia y la adolescencia ya quedaron atrás, fueron etapas que seguramente recordamos con gusto pero que no debemos atesorar de más, no debemos aferrarnos a ellas como si no hubiera nada en el futuro por lo que vivir pues, por el contrario, es justo esta época en la que nuestra facultad como agentes tendrá más relevancia en nuestros entornos.

Entiendo perfectamente lo difícil que es sentirse motivado a generar cambios constructivos en un mundo que cada vez vemos más colapsado, herederos de generaciones que lo sobreexplotaron y lo han dejado en un estado del que parece ya no haber retorno. Empero, una situación tan crítica nos lanza, de manera irremediable, dos retos imposibles de delegar a alguien más pues éste es nuestro momento y ésta es nuestra vida: primero, justamente, el reto de comprender que somos parte de este mundo y de esta sociedad y que, como tal, nuestras acciones tienen un impacto en nuestros entornos; debemos preguntarnos, pues, por el modo en que podemos contribuir a mejorar las cosas que se nos han legado y, sobre todo, por lo que habremos de legar a las generaciones siguientes. El segundo reto, más importante aún, romper con la apatía y la nostalgia exacerbada; porque como consecuencia de ellas damos pie a un engañoso correlato social y político, mismo que se evidencia en las retóricas que han llevado al poder a muchas de las figuras que hoy dirigen el mundo bajo la pretensión de volver a épocas mejores o de cumplir ideales que no se cumplieron en el pasado, explotando así la nostalgia y la apatía.

Puede sonar estúpido pero quizás el primer paso es atreverse a conocer una nueva serie, un nuevo autor, una nueva página de internet, un nuevo cantante, una nueva banda, un nuevo género musical, un nuevo director de cine, una nueva ficción, etcétera. Porque desde los mínimos detalles se empieza a ejercitar el diálogo con lo que nos es ajeno y en el diálogo, bien llevado a cabo, se descubre la empatía, la capacidad de reconocerme en otro diferente a mí; y de la empatía nace el pensamiento crítico, como hábito que exige trabajo diario para no caer en manipulaciones y saber criticarse a uno mismo y las propias convicciones. Saliendo así del ego como permanencia ilusoria y abriéndose poco a poco al entorno cambiante que nos rodea.

La Historia de la Filosofía se fundó en la preocupación por explicar el cambio, en la pregunta humana que todos nos hemos hecho: ¿por qué todo tiene que cambiar siempre? ¿por qué parece que nada permanece? Muchas han sido las propuestas ante esta pregunta pero pocas tan ingeniosas como la de Friedrich Nietzsche, uno de los filósofos más atacados, más leídos y, lamentablemente, menos comprendidos. Uno de mis filósofos favoritos, que interpreto con base en algunos de sus más reputados estudiosos. Un filósofo que rescató la noción del eterno retorno desarrollada por los antiguos estoicos según la cuál todos los hechos de la existencia están ya determinados a suceder de un cierto modo que, eventualmente, llegará a la aniquilación, misma de la que surgirán, de nuevo, el mismo mundo, los mismos eventos y los mismos destinos una y otra vez en un eterno retorno del mismo mundo. Un eterno retorno que Nietzsche interpretó, más bien, como un eterno retorno de lo diferente; un eterno retorno del cambio, del movimiento, del devenir. Un eterno retorno, pues, de la certeza de que, ante la constante implacable del cambio, no hay nada que la libertad humana pueda hacer. Sólo quizás una cosa: aceptarlo y dejarse llevar por su caprichoso vaivén o rechazarlo y quedar obsoleto al oponerse a la más natural condición de la existencia. 

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