Orígenes denostados

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Una de las lecciones más preciadas que me han dejado mis estudios como filósofo y clasicista es la posibilidad de tratar de descubrir el pasado en su complejidad y, con él, descubrir las brillantes experiencias humanas que pisaron este mundo muchísimo antes que yo. Alejarme de categorías tramposas y modélicas que hablan de pasados inverosímiles, edades oscuras y maravillas imposibles de lograr sin la intervención de fuerzas ajenas a este planeta o a nuestra mera condición de ser humanos.

Por supuesto, el pasado debe estudiarse con la intención de aprender de él los potenciales errores que nos haya legado, pero nunca sin antes sumergirse lo mejor posible en lo que era, por ejemplo, ser un campesino griego de la Época Clásica, o un obrero en plena Revolución Industrial, o un científico, filósofo y teólogo de la Edad Media, o un mercader en pleno esplendor del Imperio Mexica, o, por qué no, ponerse en los zapatos de reyes, guerreros, tlatoanis, tiranos y leyendas de la mitología por igual.

De ahí que narrativas modernas –especialmente comunes de cierta ciencia ficción y del folklor estadounidense contemporáneo− que buscan explicar la grandeza de nuestros antepasados en términos fantasiosos como “asistencias alienígenas”, “poderes insospechados” o “fuerzas ocultas”, a pesar de no dejar de ser sugerentes para el juego de ideas, me parezcan poco valederas y, en todo caso, ocultadoras de la verdadera grandeza de una antigüedad que aún hoy nos llama a descubrirla a través de literatura, zonas arqueológicas, arte y hasta nuestros propios alimentos, rasgos faciales y herencias culturales.

En este tipo de historias se inserta la nueva entrega del Multiverso Cinematográfico de Marvel, basada en los personajes creados por Jack Kirby: Eternals. En los cómics, el gran proyecto soñado por el artista de historietas que con esta raza de humanoides extraterrestres buscaba dar profundidad a todo el universo de Marvel Comics y, en particular, buscaba cuadrar un vínculo específico entre los héroes de la antigüedad (la mitología griega, la mitología nórdica y hasta las mitologías prehispánicas) y los héroes de la mitología moderna.

En los cines, sin embargo, el trabajo ha sido recibido con diversas críticas que encuentran en este film la peor entrega del MCU en sus más de diez años de existencia. Los argumentos: un numeroso elenco de personajes que no alcanzan a ser explorados con suficiencia, un tono cinematográfico contraintuitivo y chocante dentro del mundo Marvel y, el más importante en mi opinión, un concepto profundamente estadounidense que no resuena con la misma fuerza en el resto del mundo.

La primera de estas tres observaciones se comprende desde la sinopsis de la película que, ya de entrada, resulta muy ambiciosa. Eternals sigue a un grupo de seres humanoides que siempre han estado en la Historia de la Humanidad como los primeros superhéroes y como los más grandes protectores de la vida en el planeta Tierra. Promotores de los avances tecnológicos, defensores que han prometido no intervenir en asuntos meramente humanos (de ahí su ausencia en Avengers: Endgame) y los verdaderos seres asombrosos detrás de las grandes épicas de la Cultura Occidental.

Así, según la invención de Marvel, Thena (Angelina Jolie) será la verdadera razón detrás de la diosa griega de la guerra y la sabiduría Atenea; Gilgamesh será el verdadero demoledor detrás de personajes como Hércules y, por supuesto, el clásico de la épica, el Poema de Gilgamesh, de Mesopotamia (2100 a.C.); Makkari será la superveloz heroína detrás del dios romano Mercurio, relacionado con los viajes, la mensajería, la comunicación y la buena suerte; Phastos (Bryan Tyree Henry) será el supercientífico y superingeniero detrás de la tecnología humana y detrás del dios Hefesto, dios griego del fuego, la forja, la artesanía y todo lo creado por las manos del hombre; Sprite será la primer ilusionista de la mitología, engañadora, contadora de historias: el origen detrás de Peter Pan, el origen detrás de los sprites del folklor europeo (pequeñas hadas mágicas de diversas tradiciones del Viejo Continente); Kingo (Kumail Nanjiani) será la inspiración detrás de Kingu, dios de la Antigua Mesopotamia conocido por sus asombrosos poderes como guerrero; Ikaris (Richard Madden) será el verdadero personaje detrás de la famosa leyenda griega de Ícaro (quien voló demasiado cerca del sol con sus alas de cera sólo para ver éstas derretirse) y la inspiración para Superman; Sersi será la versión “real” de  la hechicera Circe (quien aparece en la Odisea de Homero), capaz de transformar a hombres en animales; y, Ajak (Salma Hayek), la lideresa del equipo, se vinculará al héroe griego Áyax El Grande (guerrero incansable, iracundo, temerario y brillante estratega referido en la Ilíada de Homero) y, según algunas versiones del cómic, al dios prehispánico Quetzalcóatl.

Es, todo lo anterior, a lo que Eternals deberá hacerle justicia en un solo film que, si bien es uno de los más largos de Marvel Studios, por obvias razones se quedará corto para profundizar en la riqueza, las psicologías y las historias personales de cada uno de estos héroes; sin contar la necesidad de vincularlos a un macroarco de historias que lleva más de una década de desarrollo.

La segunda observación, me parece, atiende a la irrenunciable calidad de Chloé Zhao (reciente ganadora del Óscar a Mejor Directora y Mejor Película por Nomadland), quien aporta su singular visión realista, su aprovechamiento de la luz natural para filmar y la solemnidad de su forma de narrar con imágenes.

El resultado, como es de esperarse, es un choque del estilo contemplativo, rico y atento de la cineasta china con el ritmo al que Marvel Studios ha acostumbrado a sus audiencias. El humor está ahí, los héroes están ahí, la acción está ahí, pero la conexión con estos personajes y sus dramas personales tarda mucho en llegar y, en algunos casos, ni siquiera llega a concretarse.

Está toda esa gravidez, profundidad y solemnidad de la Justice League de Zack Snyder pero sin la emoción y sin lograr el potente sentido de grandiosidad que suele (y quizá debe) acompañar a una película de superhéroes. Está la fuerza de una historia fantasiosa pero truncada por una excelente fotografía y filmación que le imprime demasiado realismo. Quizá, demasiada calidad para tan poco tiempo; quizá, poco tiempo para demasiados personajes; quizá, demasiado gourmet para una comida rápida.

Finalmente, la tercera observación a esta cinta: la que anunciaba ya al principio de este texto. Porque, como dije arriba, si bien resulta divertido, intrigante e interesante sospechar orígenes alienígenas o extrahumanos o extraevolutivos para la Historia de la Humanidad, este tipo de ideas no dejan de ser poco rigurosas −por su nula evidencia arqueológica seria−, injustas −por el lugar mínimo en el que dejan a nuestras civilizaciones antiguas− y denostadoras.

Denostadoras porque, detrás de ellas, se encuentra el gusto de civilizaciones hegemónicas contemporáneas por minimizar aquello que ellos, o bien, no han tenido, o bien, se han encargado de destruir. El folklor. La cultura. Los incontables siglos de historia y tradición que se han grabado en los territorios que viven. En las vegetaciones, faunas, ríos y relieves que los rodean.   

Está esta idea que no resuena acá donde el náhuatl y el maya son parte de nuestro español. Está esta idea que no quiere decirnos a la cara “tu tradición no me importa” y que mejor nos balbucea “tu tradición fue creada por otros mejores que tú, mejores que yo”. Como si fuera imposible que algo de calidad −una pirámide, un templo, una leyenda− existiera antes que mitologías modernas o como si fuera necesario que estos nuevos relatos tuvieran la misma validez que las historias de las culturas primigenias de la humanidad.

Sí, es época de mitologías modernas que, tal como las antiguas, expresan dimensiones de nuestra humanidad que no terminamos de explicarnos y para las cuáles buscamos significado. Pero, no, eso no quiere decir que éstas tengan la misma relevancia que historias que arrastran consigo siglos de sabiduría que no hemos terminado de descifrar.

Hay dos miradas que se le pueden echar al pasado. Las del que juzga desde el futuro y las del que desde el futuro busca comprender empáticamente el pasado. Ambas son necesarias, ambas son primordiales. Porque no se puede juzgar un momento histórico sin conocerlo primero.

Porque quizá, en el gusto moderno por denostar el pasado, sólo estamos optando por no estudiarlo, por no abrirnos a él. Porque es más fácil burlarse de las mitologías antiguas, de sus héroes, de sus creencias, de sus errores. Porque es más fácil juzgar con ínfulas de superioridad al pasado desde el futuro. Porque es más fácil ejercer el derecho de la verborrea ignorante que asumir el compromiso de cultivarse y callarse la boca.

Una de las lecciones más preciadas que me han dejado mis estudios como filósofo y clasicista es la posibilidad de descubrir el pasado en su complejidad y, con él, descubrir las brillantes experiencias humanas que pisaron este mundo muchísimo antes que yo. Alejarme de categorías tramposas y modélicas que hablan de pasados inverosímiles, edades oscuras y maravillas imposibles.

Porque cada vez que elegimos no conocer nuestro pasado, no respetar el error de otro, no sumergirnos en el mundo que provocó el nuestro; sólo estamos permitiendo que nuestros orígenes sean denostados. Que, como moneda vieja, se usen, reusen y reusen de maneras inapropiadas, vulgares y ventajosas. Hasta que pierdan su grabado. Hasta que pierdan su valor. Hasta que un día, en vez de dejarlo en el ámbito de la fantasía lúdica, vengamos a creernos el cuento de que nuestros antepasados carecieron de grandeza. Hasta que nos creamos que somos mejores –o peores− que cualquier ser humano nacido en cualquier punto de la Historia.

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