Patos, hormigas, ratas y una estrella kaiju

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Como parte de las célebres Instrucciones para llorar de Julio Cortázar, aparece una frase que siempre he encontrado enigmática −bajo cierta sobreinterpretación o bajo un sobrepensar mío quizá− en el entendido de que talvez podría significar algo más allá de lo evidente: “piense en un pato cubierto de hormigas”. Hoy –creo que no por casualidad−, vino de nuevo a mi mente esta inquietud como resultado del discurso de The Suicide Squad o El Escuadrón Suicida de James Gunn.

La cinta de Warner Bros. Pictures y DC Films es uno de los estrenos más esperados de este verano y una de las más ambiciosas y entusiasmantes promesas del cine de superhéroes y supervillanos nacidos del cómic. Primero, por contar con el probado y afamado talento del responsable de las películas de Los Guardianes de la Galaxia para Marvel Studios, James Gunn, en la silla de director; segundo, por contar con un numeroso y variado elenco de actores del más alto nivel interpretando supervillanos que por primera vez en su existencia llegan a la pantalla grande; tercero, por implicar el regreso de la ineludible Harley Quinn de Margot Robbie; cuarto, por su fidelidad al carácter sangriento, lúdico y ácido de los cómics de El Escuadrón Suicida; quinto, por contar con la amplitud de miras que regala su clasificación C y, como consecuencia, por deshacerse de la necesidad de complacer a todo público.

Y el resultado no defrauda en lo más mínimo a las expectativas; incluso las supera y, de paso, reitera por qué Gunn se ha ganado un lugar tan importante en el Universo Cinematográfico de Marvel y en la cultura popular contemporánea.

En una expresión, esta película es puro espíritu punk, puro “hazlo a tu manera”; lo cual, en el caso de Gunn, se traduce en un incesante e incisivo humor negro; en una creatividad estética que lo mismo raya en el puro fetiche de entretenimiento, que en la crítica satírica y hasta el franco embellecimiento de la realidad –i.e., de la realidad de fantasía; en un uso estimulante, atractivo y plenamente narrativo −diegético− de la música y, finalmente, en un genuino desahogo emocional, de creatividad, y una muestra de experiencia efectiva que, en suma, se patenta como la genialidad de un estilo propio, el estilo de “la horriblemente hermosa mente” de Gunn.

Como es de esperarse, por tanto, lo que toca a la trama de esta experiencia de efectos especiales y humor agudo resulta más bien convencional y suficiente como condición de posibilidad de la creación de su universo. Es decir, su argumento no resulta especialmente interesante por sí mismo, tanto como resulta un vehículo para imágenes, metáforas y secuencias cómicas que dan vida al sui generis superequipo de villanos y antihéroes que lo protagonizan.

Esta es una película al servicio de la experiencia; de una experiencia genuinamente entretenida, con capas de humor, estética y narrativa ingeniosos. Una película al servicio de la experiencia que despliega; misma que, a su vez, se sostiene en los insustituibles caracteres de sus insospechados héroes; inesperadamente valerosos, sorpresivamente salvadores y predeciblemente falibles.

Y es justo ahí donde radica el encanto de Bloodsport, Harley, Nanaue, Rick Flag, Peacemaker, Polka-Dot Man y Ratcatcher; en sus personalidades tan suyas. En sus defectos y vulnerabilidades que, no obstante, se convierten en el camino que construye un equipo efectivo capaz de enfrentarse a gobiernos corruptos, a gobiernos tiránicos y hasta estrellas kaijús (monstruos gigantes).

La primer lectura que surge sobre el famoso “piense en un pato cubierto de hormigas” de Cortázar como motor del llanto es la más simple, la literal. La que nos hace pensar en una pobre criatura desafortunada invadida por otras pobres criaturas que sólo hacen lo suyo pero que, en el camino, devoran a la indefensa ave.

Otra lectura −una que en algún lugar me topé o que quizá yo me formulé− es aquella que define al pato como un símbolo de la clase alta, las esferas de poder y el refinamiento; después de todo el magret de pato suele ser común de las altas cocinas. Es aquella que, también, define a las hormigas como representantes de una clase trabajadora, una clase que unida es capaz de derrocar y deshacer al más grande adversario; llámense patos, gobiernos o kaijus.

Ambas lecturas, me parece, se asemejan mucho al papel que las ratas tienen en The Suicide Squad y la manera en la que ellas se convierten en la principal arma para enfrentarse a una estrella extraterrestre de proporciones inconmensurables.

Las ratas, dirá el padre de Ratcatcher, son los animales más inmundos y aún ellos pueden tener un propósito en el mundo. Con esas esperanzas, aún el lugar de un grupo de supervillanos, de rechazados y parias parece ser el más alto de todos. Esas ratas son una metáfora de El Escuadrón Suicida y su inesperada capacidad para convertirse en auténticos héroes.

¿Y de qué es metáfora el equipo de malhechores convertidos en ejecutores de la justicia? De individuos. De hormigas y ratas. De menospreciados y minusvalorados. De rechazados y aislados. De esos que son capaces de ver más allá del bien y el mal institucionales y que, finalmente, se atreven a ser ellos mismos. Se atreven a encontrar una justicia congruente con su individualidad. Una justicia personal, sí, pero no singular. Una justicia para muchos, para todos. Una justicia por la que vale la pena perder la vida o, cuando menos, arriesgarla; cual si fuera un disparatado impulso suicida.

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