Principio de identidad

En la Historia de la Filosofía prácticamente ningún concepto está exento de debates, por lo que no resulta extraño que aún el fundacional, evidente, intuitivo y plurisémico concepto de la identidad forme parte de diversas dimensiones del diálogo filosófico. Con todo, su más lograda y cerrada iteración, el Principio de Identidad, sirvió como el punto de partida de la Lógica Clásica y la Filosofía Antigua y como la mínima abstracción y la más incontestada expresión de las normas procedimentales del razonamiento humano: A = A. No obstante, la aplicación subjetiva del concepto de identidad sigue siendo uno de los más volátiles avatares de nuestra experimentación de la existencia; tal como lo retrata la cinta de Darius Marder y Amazon Studios, Sound Of Metal.

Catalogada como una de las películas más destacadas estrenadas durante el 2020, la cinta formó parte del programa Platform Prize (enfocado en proyectos con alto mérito artístico y con una visión de dirección de sólido potencial) en el Festival Internacional de Cine de Toronto en 2019 además de presentarse en festivales de prestigio en Zúrich, Rotterdam, Nueva York, Los Ángeles y obtener reconocimientos del circuito del cine independiente y la Sociedad Estadounidense de Críticos de Cine. Ha sido aclamada de manera universal por la crítica especializada.

Su argumento se centra en Ruben, el baterista de un dúo independiente de metal que se costea una modesta pero disfrutable subsistencia con su música, viviendo en una casa rodante y dando conciertos en pequeños recintos underground. Sus sueños, sus planes y su satisfactorio éxito cambian repentinamente cuando Ruben comienza a perder la audición.

El evento llevará al músico a tratar de encontrar una solución a su adquirida sordera, enfrentándolo contra el concepto que él mismo se ha formado sobre sí mismo, acercándolo a la experiencia de otros sordos y obligándolo a decidir entre la vida que ha conocido hasta ahora y un desconocido, nuevo e inesperado porvenir.

En lo técnico, en particular en lo que toca a su diseño de audio, el film conjuga sus elementos para construir un relato no romantizado de la sordera, incluso, para sumergir al espectador en un mundo sin sonido y un mundo que fluye a través de una lengua desconocida para quienes prescinden de las señas como principal vía de comunicación.

Nos transporta a la cabeza y los oídos de Ruben y nos convierte en cómplices y testigos directos de su tragedia personal pero, más que todo, nos permite experimentar por algunos momentos lo que es vivir sin la claridad del sonido (y, también, sin sus perturbaciones, sin su abigarramiento, sin su musicalidad, sin su estridencia, sin su cadencia).

En lo narrativo, la tentación por sucumbir a los lugares comunes es inteligentemente evitada. Sí, hay un presente tono melodramático pero no en un grado que convierta a esta historia en predecible. Siempre capaz de dar un giro poco anticipado y siempre, también, dispuesto a dialogar con sensatez entre una experiencia re-definidora y el aferramiento al pasado, entre la comprensión y la incomprensión de un cambio significativo y repentino y entre el concepto de la propia identidad enfrentado a una negación de sus términos.

Buena parte de estas cualidades y de esta tensión emocional se hacen patentes gracias a los trabajos de Olivia Cooke como Lou, el preciso contrapunto, balance y objetivo de las tribulaciones de Ruben, Paul Raci como un excelente actor secundario que se convierte en el principal canal por el que fluye la trama del film y, por supuesto, Riz Ahmed con una imponente, franca, certera y genuina exploración de los distintos momentos emocionales del personaje principal de la película.

Y, todo esto, en beneficio de una reflexión sobre la identidad. Sobre lo que queremos ser, sobre lo que somos y sobre lo mínimo que es necesario para que lo que hemos construido como un automático sentido del yo se desmorone. No se necesita más que la vida. No se necesita más que una inesperada afección. No se necesita más que un golpe de la consistencia trágica que identifica a la existencia.

Quizá un consuelo se pueda hallar en uno de los principios fundacionales de la Ontología Antigua y de la Lógica Clásica. Quizá algo de sabiduría personal se pueda extraer de la tautológica abstracción: toda entidad es idéntica a sí misma. “A” es igual a “A”. Ruben es igual a Ruben. Quizá en algo nos pueda ayudar, a este respecto, el Principio de Identidad.

Claro, dicho así, resulta una sosa perogrullada pensar en un Principio de la Lógica tan evidente, en la inicial presuposición del conocimiento en la Historia del Pensamiento Occidental, como una especie de mantra contra la tragedia. Porque, al final, la tragedia también es lo que es. Es idéntica a sí misma y una mera abstracción, por radical que ésta sea, no parece aliviar sus dolores.

Pero hay algo esperanzador en esa pasmosa simpleza que le permitiera a Aristóteles distinguir entre los cambios substanciales y los cambios accidentales. Hay algo esperanzador en la fría sencillez de distinguir entre los cambios capaces de convertir a “A” en algo “distinto que A (no A)” y los cambios que, por diferente que nos la presenten, no arrebatan ni un sólo gramo de identidad entre “A” y sí misma.

Entonces, la pregunta para Ruben sería: ¿Es la sordera un cambio accidental o un cambio substancial? ¿Es una discapacidad un cambio substancial? ¿Es que acaso uno pierde lo que lo identifica consigo mismo en la pérdida de una de sus facultades? ¿Es que acaso la negación de un sueño propio, íntimo y auténtico nos arrebata la identidad propia? Por lo menos desde la Lógica Clásica no. Nunca.

Otro tema, sin embargo, es el ánimo humano que, por racional y abstracto que logre ser, no deja de ser una veleta víctima de las tempestades de la existencia, del mundo, de la vida. El ánimo humano que necesita de procesos, de tiempos, de desahogos, de comprensiones, de adaptaciones, de asimilaciones de nuevas normalidades (porque siempre habrá una nueva normalidad en el porvenir).

Otro tema es el doloroso viaje de autodescubrimiento que una tragedia puede detonar. Un viaje que, bien enfrentado, bien aprovechado y genuinamente experimentado, devolverá los frutos de un nuevo modo de entenderse a uno mismo. Un nuevo modo de aceptarse. Un nuevo modo de concebir la propia identidad. Un nuevo modo de construir esperanzas, intenciones y una vida amada, querida y valiosa.

Quizá un consuelo ante el constante, impredecible y desconsiderado devenir perpetuo de la realidad se pueda hallar en uno de los principios fundacionales de la Ontología Antigua y de la Lógica Clásica. Quizá algo de sabiduría personal se pueda extraer de la tautológica abstracción: toda entidad es idéntica a sí misma. El cambio es siempre cambio. La tragedia es siempre tragedia. La vida es siempre vida. La existencia es siempre existencia. “A” es igual a “A”. Ruben es igual a Ruben.

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