Que Thanos desaparezca a Los Simpsons.

Publicado en Diario Imagen el 6 de febrero de 2019.

Pocos filósofos se han interesado por entender la risa y la comedia a pesar de ser una de las cosas que sólo los seres humanos hacemos; quizá porque no existe nada más aguafiestas que alguien que intenta explicar por qué funciona un chiste. Sin embargo, a riesgo de caer en este vicio, Henri Bergson, filósofo parisino de origen judío y ganador del Premio Nobel de Literatura en 1927, dedicó un ensayo a tratar de comprender el significado de la risa.

Bergson observa tres cualidades fundamentales de la risa. Primero, que no hay comicidad fuera de lo humano: nos reímos de otros, de sus características y acciones y, aún cuando nos reímos de animales o cosas, es por referencia a cuestionas humanas (cómo las usamos, cómo se parecen a nosotros o cómo reproducen actitudes o características humanas). Segundo, que la risa depende de una distancia emocional con aquello que nos causa gracia; personajes tan emblemáticos como El Chavo del 8 vistos fuera de la comicidad, desde los ojos de la emotividad, serían protagonistas de historias dramáticas más que cómicas. Tercera, y casi como consecuencia de las dos anteriores, que la risa depende del contacto con otros humanos; de lo contrario no habría de quién reírse ni existirían las complicidades que se generan a partir de la risa.

Un excelente ejemplo de esta estructura de la comedia son Los Simpsons. Al menos durante sus doce primeras temporadas —quince, dirían algunos optimistas—, Los Simpsons logró convertirse en el principal referente televisivo de la sátira. Su capacidad de criticar  a la autoridad, de representar los valores familiares a la par de los vicios de los individuos y de mostrar lo absurdo de la existencia humana irrumpió en un momento histórico — finales de la Guerra Fría— en el que todo se planteaba en la dicotomía entre la buena familia y el buen ciudadano, y la mala familia y el mal ciudadano, y demostró que podían existir buenas familias con ciudadanos profundamente negligentes y malas familias compuestas por los supuestos mejores ciudadanos.

Su genialidad va más allá de su irreverencia; desde lo literario, el modo en que se escribía la serie en aquellos años es prácticamente perfecta. No sólo se comentaba alguna situación social o política del momento mientras se exponían algunas de sus problemáticas sino que, además, se hacía por medio de poco más de veinte minutos de comedia coherente y consecuente: un chiste tras otro compuestos en capas de modo que el chiste anterior fuera la antesala del siguiente y así sucesivamente hasta llegar a un poderosísimo punchline como remate final.Lo mismo se hacían referencias a la alta cultura, que al contexto mundial, que a la cultura popular y la televisión resultando en brillantes parodias e ingeniosos comentarios. Esos fueron Los Simpsons clásicos que, como lo indica el adjetivo, eran dignos de imitarse.

Lamentablemente Los Simpsons actuales parecen ser un show totalmente distinto, uno que resulta más absurdo que gracioso y que ha sido mantenido en favor de la mercadotecnia. Los propios escritores están hartos del show: basta recordar aquella vez que Bart escribe “nada debería durar más de 25 años” durante uno de los intros de la vigesimoquinta temporada. Ya no interesa qué dicen los personajes, sólo interesa que estén; cuidar un espacio televisivo dominical que es más espacio publicitario que contenido televisivo o cómico.

Hace unos días Los Simpsons estuvieron promocionando el inicio de su temporada número treinta con un couch gag — los pequeños clips centrados en el sofá con los que inician los episodiosen el que, el supervillano del Universo Cinematográfico de Marvel, Thanos hace desaparecer a toda la familia amarilla excepto a Maggie. Para mí fue imposible entender ese chiste como una llamada de atención simbólica. A unos días de que se valide la compra de FOX y muchas de sus franquicias por parte de Disney, poner al principal representante de la compañía dueña de Marvel desvaneciendo a quienes fueran la principal franquicia de la compañía propietaria de Los Simpsons me hace leer un: ojalá que Thanos desaparezca a Los Simpsons.

Existe un espíritu cada vez más ácido y apático que domina en nuestra época. Los límites de la ironía se empujan cada vez más y más lejos. Tanto así que una serie tan escandalosa y polémica como South Park, que se ha reconocido heredera de Los Simpson en más de una ocasión, declare que vivimos en la época post-graciosa de la sátira. En la que ya no es claro ni para nosotros si la sátira es una búsqueda cómica o un modo de vida; si la distancia emocional que nos exige es real o lúdica.

Yo no sé si deba existir una moralidad para la comedia pero tampoco me queda claro que toda situación humana deba ser risible. Lo que sí me queda claro es que el hecho de que la sátira cada día sea menos graciosa evidencia una creciente distancia emocional con la realidad humana. Ojalá del otro lado de nuestra actual apatía se encuentre un nuevo modo, más saludable, de relacionarnos emocionalmente con el mundo pero, sobretodo, que sea uno donde no nos falten las risas. Ojalá que Thanos desaparezca a Los Simpsons y, con ello, nos permita volver a una sátira más clásica y más empática.

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