Revisionismo rockero

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Dentro de algunos círculos de comunicación, entretenimiento y comedia mexicana se ha empezado a acuñar la expresión “eran otros tiempos” como una manera –a veces sarcástica, a veces no− de referir a los hechos, ideas, prácticas,  conceptos y avatares que protagonizaron las últimas décadas; sobre todo, bajo nuevas conciencias que admiten que muchos de éstos, antes permitidos, aprobados y hasta promovidos, hoy resultarían inadmisibles en una época que, desde más de un ángulo, se avoca a los revisionismos que critican las dinámicas opresor-oprimido que han dominado la Historia reciente de las civilizaciones humanas.

Así, la marea de la reinterpretación y la revisión del pasado con ojos críticos poco a poco se acerca cada vez más a los años 90s y 2000s. Sus discursos, sus estéticas, su música, sus figuras icónicas, su entretenimiento, sus grandes eventos, etc.; todo ello para tratar de identificar esos resquicios −o grandes boquetes− que permitieron la filtración y el flujo de ciertas presuposiciones sobre roles de género, prejuicios raciales, estigmas sociales, discriminaciones y toda clase de injusticias e inequidades sociales con las que aún hoy seguimos lidiando.

Con este espíritu, entonces, se presenta el primer episodio de la serie documental Music Box creada por Bill Simmons para HBO y HBO Max: Woodstock 99: Peace, Love, and Rage (o Woodstock 99: Paz, Amor y Furia).

El film documental narra uno de los festivales de música y acampada más infames, lamentables, peor organizados y gestionados de los Estados Unidos en las voces de sus organizadores, asistentes y artistas (Jewel, Dave Mustaine (Megadeth), Jonathan Davis (Korn), Moby, Black Thought (The Roots), Dexter Holland (The Offspring), Noodles (The Offspring) y Scott Stapp (Creed)).

El evento, sucedido el fin de semana del 22 al 25 de junio de 1999 en Roma, Nueva York, inició sus hostilidades con un intenso calor acentuado por la escasa disponibilidad de agua y los altos precios en bebidas y alimentos en la sede del concierto; sumando, después, una pésima logística, el hacinamiento de más de 350 mil asistentes y campistas, y cuerpos de seguridad y atención médica no calificados; desembocando, por último, en casos de piromanía, vandalismo, saqueo, agresión sexual y violencia.

De este modo, el documental dirigido por Garret Price, partirá de estos eventos y la frialdad pura de su acontecer. De la avaricia de organizadores y gobiernos para forzar una recreación no pedida del Woodstock clásico más de 30 años después y carente del significado del festival original. De un dibujo del perfil de asistentes, música (el nu metal como principal género presente en el concierto) y eventualidades presentes en el Woodstock del 99. Partirá de todo ello para mostrar otro lado del rock, su talante, su consistencia, sus eventos y sus figuras. Partirá de todo ello para poner, por primera vez, al rock de los 90s y 2000s a declarar sobre lo que lo constituye y lo mueve; pero más importante aún, para revelar su legado palpable y la efectividad –o no− con la que promovió algún saneamiento social o algún avance cultural.

Como bien han notado los críticos de Price, el episodio de Music Box lleva a cabo este ejercicio reflexivo con una agenda ideológica clara y bien definida desde el principio, por lo que las respuestas que nos entregará, aunque sugerentes, no pierden un grado de deliberación ni se instalan en la objetividad pura. Con todo, la ejecución de la cinta documental es excelente. Refleja claramente su punto, lo sustenta con evidencia suficiente (que no es lo mismo que inobjetable) y lo entrevera con el carácter de la música que dio voz a una juventud frustrada, desapegada y sedienta de caos y destrozos. Nos deja una imagen renovada de una música que, otrora, llenaba nuestros días, acompañaba nuestras juventudes y daba sentido de identidad y vía de escape a nuestros sentimientos puberales.

Me deja, a título personal, un nuevo punto de vista sobre el rock, su mercadotecnia y sus conciertos y festivales. Me deja una picante pregunta por aquellas notas que, en mi infancia y pubertad, llenaban mis días; por aquellos coros que convertí en himnos de rebeldía; por aquellas letras que grité decenas de veces en un punto perdido entre miles de personas en un estadio.

Más allá de la disputa ideológica que pueda encarnar Woodstock 99: Peace, Love, and Rage, este documental me provoca una nueva reflexión sobre las notas iracundas, furiosas, rebeldes y agresivas que caracterizan a mucha de la música que está tatuada en mi historia de vida y en algunos de los momentos más divertidos que he vivido.

Me hace pensar en esos episodios extraños que suelo dejar al fondo de mis recuerdos cuando pienso en esos inmensos estadios sonando al ritmo de una guitarra potente, baterías salvajes y letras compuestas, en su mayoría, por “malas palabras”, irreverencia y/o improperios.

Me hace pensar en la gente ebria tirada en los caminos que iban de un escenario a otro, en los baños de mujeres sin luz, en el hedor de los sanitarios químicos, en el polvo de una terracería hecha escenario. Me recuerda pleitos, golpes, algún herido, alguna torcedura de tobillo. Me recuerda a algún tipejo jaloneando, empujando y tirando a su novia. Me recuerda a miles gritando “chichis pa’ la banda”. Me explica por qué mucha gente no soporta esos eventos. Me muestra ese “otro lado” de la cultura del rock; ese que escapa al retrato idealizado pero que, sin embargo, no deja de constituir parte significativa de sus dinámicas.

Si es deber del arte o la música educar, concientizar o tener letras “apropiadas” o si es deber del arte expresar sin restricciones, es una cuestión muy difícil de definir. Si por reunirnos a gritar canciones iracundas nos ponemos más violentos, no me es claro. Que escuchar letras “inadecuadas”, “groseras” o “provocadoras” son detonantes de acciones similares, no me parece una condición necesaria.

Lo que sí me parece oportuno y necesario es valorar con cierto ojo crítico aquellas expresiones musicales, artísticas y de entretenimiento que validamos y apoyamos. Me parece que con 20 años de distancia o más, ya podemos empezar a encontrarle un lugar a esas expresiones. Quizá, el del recuerdo de cuando me gustaba aquello que hoy sé que tal vez no era adecuado pero que definitivamente no me parece practicable. Quizá, el de aquello que me tomé demasiado en serio o demasiado a la ligera pensando que no era para tanto.

La cosa es que el rock ya tiene más de 50 años de existencia y debe empezar a preguntarse quién ha sido. La cosa es que nuestro rock –el de nuestra época y el latinoamericano− ya tiene más de 30 años en el radar y ya necesita empezar a revisar dónde hizo bien las cosas y dónde, quizá, no avanzó de los mismos problemas que quería enfrentar. Parece que ya va siendo hora de un revisionismo rockero que supere la idealización de sus Woodstocks y sus Avándaros y avance a una confesión honesta de sus debilidades con la esperanza de entender el lugar que le corresponde en la Historia de la Cultura.

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