Revivir los traumas, enfrentar los miedos.

Publicado en Diario Imagen el 11 de septiembre de 2019.

Nacido en 1991, no debí tener más de cinco años cuando Eso ya era un tema de moda que, con dos hermanos en casa, se convertía en el mejor pretexto para ser víctima de sus bromas. Aunque no recuerdo haber visto en mi infancia la famosa miniserie  protagonizada por Tim Curry en los noventas (que a México llegó en el formato de dos películas televisivas), en mi mente siempre hubo una asociación clarísima entre el Pennywise de aquella adaptación y la aversión. Es por eso que resulta contradictorio que, a mis veintiocho años, una de las películas que más haya esperado este septiembre sea la segunda parte de la adaptación al cine de esta obra, dirigida por el argentino Andy Muschietti.

Con It de 2017 me tardé algunos años pero, cuando finalmente me decidí a verla, descubrí uno de los trabajos que más he admirado en fechas recientes. Tanto así que la propia versión del argentino me dio la confianza para regresar a la versión de los noventa y me volcó a una avidez por conocer más de esta historia. Original de Stephen King, Eso nos habla de dos realidades que forman parte de nuestras vidas en diversos niveles y honduras: el miedo y el trauma. Dos realidades que están íntimamente relacionadas y conectadas a través de la memoria, pues, muchos de nuestros miedos se originan en los eventos que impactaron nuestra vida de manera negativa y es justamente la memoria la encargada de protegernos de ellos, o bien, bloqueando esos recuerdos doloroso, o bien, recurriendo a ellos trayéndolos de vuelta cuando le parece necesario a nuestra mente.

Así, la historia de King, adaptada por Muschietti, nos presenta a It, una criatura horrible que aqueja a un pequeño pueblo llamado Derry, cada veintisiete años, provocando en él una serie de muertes y desapariciones de niños pequeños. Criatura aparentemente invencible que es derrotada momentáneamente por un grupo de amigos preadolescentes: The Losers Club (El Club de los Perdedores), quienes juran reunirse veintisiete años después si la criatura vuelve. La secuela, entonces, nos muestra a  los Perdedores, ahora adultos, vistos en la necesidad de reunirse ante el inminente regreso de aquella bestia sobrenatural. Inicialmente cada uno de ellos tiene dificultades para recordar lo vivido durante su juventud, como quien se ve obligado a revivir un trauma o un miedo que parecía superado, pero terminan por encontrar la manera de volver a Derry. Así, la versión de Muschietti nos transmite, casi sin cambios, la idea principal y general de la obra de King: el miedo, representado en este caso por el multiforme It, sólo puede ser vencido por medio de la construcción de lazos potentes y profundos entre individuos.

En ese aspecto, el trabajo de Muschietti traduce de manera excepcional los mensajes conceptuales que construye la versión de King a simples, claras, profundas y geniales narraciones visuales. Imperceptibles quizá para quien es ajeno a la versión literaria de esta historia. Por ejemplo, uno de los pasajes más polémicos de la obra de King cuenta que, después del primer enfrentamiento que tienen los Losers con Eso, los jóvenes sostienen relaciones sexuales en grupo mientras intentan encontrar el camino de regreso a casa. Dicho de ese modo, sin contexto, el fragmento puede causar aberración pura; sin embargo, me parece, la intención del mismo es mostrar que la relación de confianza, confidencia y unión que El Club de los Perdedores ha construido es tan poderosa que puede derrotar a la personificación del miedo y el trauma mismos, It. Haciendo de aquél momento, simplemente, una representación expresa y física de un vínculo que ya está ahí de manera inmaterial.

Evitado por directores anteriores, por obvias razones, Andy Muschietti se atreve a simbolizar  el episodio en la versión de 2017 y 2019 con dos sutiles pero significativos gestos visuales: el primero, un juramento de sangre realizado por los chicos tras su enfrentamiento contra Eso (intercambiando así el fluido (tejido conectivo líquido) vital para hacer física y expresa su unión) y, el segundo, el yeso de Eddie, uno de los personajes,  quien, tras romperse el brazo, ve su férula rayada con la palabra “loser” (perdedor) como consecuencia de una broma pesada; hecho ante el que decide superponer una “v” a la “s” de la palabra original transformándola así en la palabra “lover” (amante). Gesto con el que, es mi punto de vista, el director argentino nos hace ver que los losers son lovers, sin que esto implique que lo expreso y físico de su unión sea específicamente sexual.

Este tópico es determinante durante la trama de la segunda parte de It en donde esta unidad y esta dinámica de amor compartido y repartido entre los siete Losers se representa con un simple sentarse a la mesa y una toma enfocada en una tabla giratoria del restaurante chino en el que comen, compartiéndose y repartiéndose, con ello, la alegría de estar juntos de nuevo, y la comida, y el cariño.

Pero aún más importante que la idea de la unidad, la versión de Muschietti enfatiza en los procesos que hacen posibles los lazos humanos, en específico, el hecho de que esa fuerza construida en la unidad sólo puede crearse con la superación individual de los traumas. Es decir, que, sólo si cada uno de los integrantes de un grupo es capaz de enfrentar sus miedos y sus traumas por sí mismo, es capaz de contribuir a una amistad, amor o empresa conjunta sólida, realmente fuerte y materialmente invencible.

De este modo, en esta segunda entrega, vemos a unos Perdedores que parten repitiendo los patrones nocivos y dolorosos de su infancia por separado sólo para darle lugar a un enfrentamiento, por separado, de sus miedos y traumas para vencer, con ello, al parásito silencioso que es It en sus vidas. Seguimos, pues, a un Bill que necesita lidiar con el trauma y subsecuente miedo que le genera la muerte de su hermano, de la que se cree culpable; a un Stanley que debe enfrentarse a su miedo a ser insuficiente para los retos que se le presentan y que debe lidiar con el trauma que generan las reglas invasivamente estrictas; a un Ben que debe enfrentarse al temor de morir solo y a las inseguridades que le generó una infancia marcada por el bullying, la vulnerabilidad y la baja autoestima; a una Beverly que debe sobreponerse a las inimaginables consecuencias del maltrato familiar y el abuso sexual de su propio padre; a un Richie que debe lidiar con sentimientos reprimidos y el miedo a aceptarse a sí mismo y ser, libremente, quien siempre ha sido; a un Eddie que debe lidiar con la fragilidad autoimpuesta por la sobreprotección materna y a un Mike que se enfrenta al racismo y a la culpa por la prematura pérdida de sus padres. En resumidas cuentas, a un grupo de individuos que se ven obligados a enfrentarse a los propios miedos y a los propios traumas en favor de la construcción de un poder mayor, un poder grupal, que acabe con Eso.

La criatura, si no es obvio hasta aquí, no es otra cosa que una metáfora para el miedo mismo, por eso su principal poder es la capacidad de cambiar de forma de acuerdo a sus víctimas, es decir, igual que el miedo, toma la forma de aquello que vulnera más a cada individuo según sea el caso. Por eso, en algún momento de la película, la bestia es descrita como un “virus” que, si no es enfrentado, crecerá y crecerá hasta carcomer desde adentro a sus víctimas. Justo como los traumas, justo como los miedos, que, cuando no son enfrentados de manera adecuada, se convierten en silenciosos parásitos que nos van robando la alegría, las ganas de vivir, la seguridad, la confianza, el amor propio.

Es por ello que la clave para evitar que algo tan natural como el miedo y algo tan universal como el trauma nos consuma se encuentra en la fuerza que se construye a través de nuestros lazos interpersonales de calidad, porque sólo hay unidad real cuando se comparte y sólo se comparte auténticamente cuando se está dispuesto a revelar la propia vulnerabilidad. Quizá por eso  los años me han convertido en un amante, entusiasta y admirador de los films de horror, de sus mitologías, su capacidad de disolver la división entre lo fantasioso y lo real y, más que todo, creo, de su capacidad de construir complejas metáforas sobre realidades que vivimos casi de manera inconsciente y que determinan buena parte de nuestro actuar. Quizá por eso me gusta tanto esta historia, porque me parece profundamente genuina. Porque, aunque no lo quiera, soy más cercano a los traumas de este grupo de amigos de lo que me gustaría. Porque asumo que no podré procurarme conexiones reales mientras no me atreva a mostrarme a mí mismo con mis complejos y mis miedos. Porque cargaré con los eventos traumáticos que han configurado quien soy y los miedos que se derivan de ellos mientras sea incapaz de enfrentarlos por mí mismo. Porque sólo así, reviviendo los traumas, se vence al miedo.

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