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La carrera de Guy Ritchie se ha caracterizado por su fluctuación entre films hoy referentes del cine de gángsters, las sólidas adaptaciones y direcciones de grandes franquicias del folklor anglosajón y su concesión a los blockbusters con su reciente participación en la tendencia de Disney de llevar sus clásicos al live-action.

Al primer grupo pertenecen Lock, Stock and Two Smoking Barrels y Snatch, ambas aclamadas por la crítica especializada, y, en menor medida, RocknRolla, como un gusto más del público que de los expertos o de los pares de Ritchie. En el segundo entran, por un lado, dos films de Sherlock Holmes (con Robert Downey Jr. y Jude Law), también aclamados como muestras de la versatilidad del director, y King Arthur: Legend Of The Sword, como un fracaso taquillero de recepción variada aunque en su mayoría no favorable. Finalmente, el tercer grupo tiene al Aladdin de 2019 como la tercer película más taquillera de Disney en lo que toca a los live-actions pero ampliamente criticada como un producto en el que la presencia de su director parece minimizada, obviada y reducida a un papel meramente operativo.

Con ese contexto, entonces, llega The Gentlemen, el nuevo intento del cineasta británico por regresar a sus glorias de finales de los noventas y principios de los dosmil con una película de gángsters, misterio, enredos y, sobre todo, diversión narrativa; exploración metafílmica lúdica y una especie de reflexión sobre el estilo propio y la construcción de un relato.

Aunque en taquillas tuvo una buena recepción, la cinta pasó un tanto desapercibida en su estreno a finales del 2019 en los Estados Unidos y su llegada a México a finales del febrero pasado. Sin embargo, con su reciente llegada a Netflix la proyección de su audiencia se augura creciente.

A pesar del éxito comercial relativo, la película ha sido recibida por la crítica con desaprobación ante su humor “sutilmente discriminatorio” y se cataloga como un trabajo un tanto genérico para la calidad que Ritchie ha comprobado que es capaz de entregar. En lo personal, no encuentro el énfasis del humor del film en lo “discriminatorio” (quizá en lo proposicional, cierto; pero no en lo narrativo, donde se presenta como un recurso que abona al delineamiento de sus personajes) y, respecto a su calidad, concuerdo con que no es una historia que venga a reinventar el cine pero la encuentro divertida de principio a fin; con un buen ritmo de desarrollo y que logra sorprender con su desenlace y con el paulatino descubrimiento de su resolución.

Su argumento se centra en Mickey Pearson, un gángster de primera línea que proyecta ya su retiro orquestando la venta de su millonario negocio criminal. El interés que esta salida del mundo de las mafias detonará pronto se expresará en candidatos a comprador, candidatos autoproclamados y, por supuesto, una red de espionaje, traiciones y enredos que entenderán este nuevo proyecto de Pearson como una señal de debilidad.

La historia que nos revelará Ritchie en esta película está muy bien articulada y narrada desde el punto de vista de un investigador privado llamado Fletcher que busca desenmarañar los hilos, actores y eventos que rodean la decisión de Pearson mientras devela poco a poco la información que posee a modo de presentación de un guion de cine. Convirtiendo al guion de esta película en un libreto sobre un libreto, lo que inmediatamente se presentará como un discurso metacinematográfico que le permitirá flexibilidad al cause de su narrativa que con facilidad podrá mentir, desdecirse y corregir los pasos dados con el simple recurso de un rewind; con el simple “rebobinar la cinta” ante algunas de sus secuencias y que, además, permitirá a Ritchie incluir diferentes perspectivas sobre la misma historia que detonarán comicidad, suspenso y alivio en diferentes momentos.

Ayuda de sobremanera el excelente elenco que dota de personalidad a diferentes líderes criminales de diferentes posiciones sociales que se verán envueltos en todo lo que desata el movimiento de una de las piezas fundamentales de su ecosistema. Así, en los mejores papeles de la película se encuentra a Hugh Grant con un irónico, sarcástico y pícaro Fletcher, a Matthew MacConaughey como un elegante, asertivo y vivaz Mickey Pearson y a Colin Farrel como un entrañable, efectivo y simpático Coach; a lo que se suman los sólidos apoyos de Charlie Hunnam, Henry Golding, Jeremy Strong e incluso el rapero Bugzy Malone en su discreta participación.

En resumen, una historia intrigante, sorprendente y entretenida, narrada de manera creativa, autoreferencial y divertida y actuada de manera prácticamente impecable con el característico desarrollo de personajes cautivadores del cineasta británico Guy Ritchie quien, si bien no se encuentra aquí en su mejor forma, evoca sus mayores éxitos con un sólido brío.

El film encuentra en su flexibilidad narrativa, sus reinvenciones y sus rewinds la manera de sorprender con su final y quizá dejar abierta la puerta para futuros desarrollos emparentados con su historia. Incluso, siendo consecuente con su metadiscurso, es capaz de establecerse como una especie de reversa a las mejores épocas de Guy Ritchie hasta el momento (claro, siempre presa de la nostalgia y siempre en tela de juicio).

Sobre todo, The Gentleman establece a la flexibilidad de la narrativa y al regreso sobre los propios pasos como una de las bondades más estimulantes que tiene el cine para ofrecernos: la posibilidad de re-crear, la posibilidad de des-hacer y re-hacer, la capacidad de decir y de des-decir. Augurando, quizá, para los próximos proyectos del cineasta británico un nuevo crear, un nuevo hacer y un nuevo decir.

Y justo eso es lo que encuentro más fascinante de esta cinta y, en general, de escribir, de vivir e incluso de filosofar; que los errores y horrores que son sólo nuestros, que aquello que un día no supimos o no debimos hacer de tal o cual manera, siempre podemos revisitarlo en la creatividad, con la vehemencia de reinventarlo, de reinventarnos y de reaprender. De ser otros, mejores.

En la práxis, no obstante, no existe rewind. No hay manera de volver al pasado. Nosotros no podemos rebobinar ninguna cinta ni mejorar en retrospectiva lo que no hicimos bien antes. No hay manera de hacer mejor lo que ya se perdió en el eterno olvido acechador del pretérito. Lo único que nos queda es el futuro que construimos con nuestros presentes. La capacidad axiológica de no reiterar nuestros fallos con acciones y, por el contrario, construir paso a paso un nuevo modo de ser. Con suerte (con trabajo constante), un mejor modo de ser nosotros.

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