Rocas en el multiverso

Desde hace algunos años, la curiosidad imaginativa del entretenimiento de la cultura popular ha puesto un especial énfasis en la noción del multiverso, es decir, en el concepto científico teórico de que existen múltiples realidades alternas a la nuestra en las que cualquier posibilidad imaginable es real —quizá, en algún lugar del multiverso soy la estrella de rock más conocida del planeta, o quizá, en algún otro lado, soy sólo un cantante amateur; quizá en algún lugar soy un atleta incomparable o quizá, en otro, un hombre con dos pies izquierdos para el deporte. Como recientemente lo anunciaba Marvel Studios en la secuela de Doctor Strange: en el multiverso hay una solución para cada problema o, refraseando, en el multiverso cualquier escenario probable es posible o, sin más complicaciones, real.

Por alguna razón, a esta época desgastada, polarizada, crítica, acelerada y convulsionada en la que vivimos le parece especialmente sugerente la idea de realidades paralelas en las que todo aquello que no podemos corregir hoy salió mejor —un mundo en el que no escasea el agua, un mundo en el que no hay choques de valores, un mundo en el que no vivimos ahogados por un aire contaminado o hasta mundos donde tal o cual preferencia social, política o cultural se hizo realidad o no.

Aunque mucho se habla de multiversos en estos días, hasta ahora pocos contenidos de entretenimiento han señalado alguna idea de sustento filosófico o existencial para explicar este interés por mundos paralelos mejores que el nuestro —me vienen a la mente ejemplos sutiles como Rick and Morty y quizá, tangencialmente, contados momentos del MCU. Hasta ahora pocos contenidos se han tomado con seriedad la idea del multiverso para explorarlo con fidelidad cinematográfica, discursiva e imaginativa. Hasta ahora pocas, si no es que ninguna, película contemporánea sobre el multiverso se había propuesto lo que Everything Everywhere All At Once o Todo En Todas Partes Al Mismo Tiempo logra de manera avasalladora.

Dirigida y escrita por el dúo de directores estadounidenses Daniel Kwan y Daniel Scheinert, mejor conocidos como el colectivo Daniels, y producida por los populares hermanos Russo (Avengers: Infinity War, Avengers: Endgame, Community, Arrested Development); la cinta “universalmente aclamada” por la crítica especializada navega con agilidad, rapidez y contundencia a través de la comedia, la acción, la ciencia ficción, el drama existencial y el absurdismo para entregar una historia de amor familiar que reluce por un palpitante corazón existencialista que responde a un entorno conceptual nihilista y emotivista.

Su trama sigue a Evelyn, una inmigrante china insatisfecha con su vida en los Estados Unidos. Agobiada por el mínimo éxito de su lavandería y enredada en un lío fiscal por culpa de su incomprensión y torpe manejo de impuestos y gravámenes. En medio de este confuso y delicado escenario, Waymond, su esposo, empezará a comportarse de una forma extraña que terminará por revelarle que ella sólo es una versión de sí misma en un infinito universo múltiple de Evelyns con habilidades e historias inimaginables; más importante aún, que ella es la única Evelyn que puede salvar al universo de una misteriosa y amenazante criatura llamada Jobu Tupaki.

Con ese punto de partida, pues, el colectivo Daniels se encargará de tejer una experiencia audiovisual arrebatadora. Un auténtico viaje cinematográfico que saltará de la comedia más absurda, al humor más negro, a la comicidad grotesca; que brincará entre dramatismo existencial, absurdismo y hasta contemplación meditabunda; que desplegará artes marciales del más alto nivel, acrobacias con el mínimo uso de efectos digitales y una colección de actuaciones versátiles que, por sí mismas, valen la visita a las salas de cine.

En el centro de este aspecto histriónico se encuentra la reconocida actriz chino-malaya, Michelle Yeoh (El Tigre y El Dragón), que se encarga de ejecutar precisos y asombrosos movimientos de combate y acrobacia mientras absorbe la carga dramática protagónica de este film y despliega el mejor de los ritmos cómicos. Como acompañantes destacados al excelente trabajo de Yeoh se encuentran una consistente Jamie Lee Curtis, como una férrea inspectora de Hacienda, James Hong, como un exigente abuelo y padre, Stephanie Hsu, como una implacable y rebelde joven adulta hija, y el regreso actoral de Ke Huy Quan después de más de 30 años de inactividad, en el papel de un bienintencionado, amoroso y torpe esposo.

En el aspecto técnico, Everything Everywhere All At Once presenta un impresionante y pulcro ejercicio fílmico que narra con imágenes la absoluta locura de un universo múltiple, un multiverso en el que los límites son equivalentes a los límites de lo imaginable. Una cinta que juega con cualquier cantidad de ritmos narrativos: de lo introspectivo y pausado, a lo emotivo y profundo, de lo absurdo y juguetón a lo simbólico y significativo. Una película que imagen tras imagen se va retando a sí misma, contradiciendo a sí misma y superando a sí misma. Un auténtico tren de fotogramas imaginativos, expresivos y sorprendentes.

Y, además de todo, Todo En Todas Partes Al Mismo Tiempo se da un espacio para establecer paralelos con el mundo real. Se da espacio para establecer una analogía general entre la vida en el siglo XXI y una retahíla interminable de posibilidades. Una realidad de tantas oportunidades aparentes en la que todo parece igual de importante o igual de intrascendente. Un mundo en que tantas opciones se convierten en el abrumador grito del sinsentido. Todo se puede y todo parece valer nada. Nada importa.

Resulta curioso que un mundo en el que tenemos más conectividad que nunca se traduzca en un mundo de solitarios. Un mundo en el que cualquier ficción imaginable está al alcance de un teléfono móvil o de cualquier aparato con conexión a internet pero, a la vez, un mundo en el que cualquiera de esos “universos paralelos” nos deja igual de insatisfechos. Igual o más confundidos respecto al sentido de la vida y, en los casos más tristes, igual o más confundidos respecto a lo bueno y lo malo.

De manera subrepticia, la obsesión contemporánea con los multiversos, al igual que la fantástica película del colectivo Daniels, puede leerse en los términos del sinsentido de las múltiples posibilidades. El sinsentido de un universo más abierto que nunca pero, a la vez, menos disfrutable. El sinsentido del ser humano del siglo XXI: enfrentado a su absoluta libertad y, con ello, enfrentado a su irremediable responsabilidad frente a sus elecciones.

Un mundo en el que, aparentemente, somos más capaces de elegir que nunca pero en el que nuestras acciones se sienten cada vez más insignificantes frente a los grandes desastres que nos rodean: violencias, crisis climáticas, crisis económicas, confusiones conceptuales, polarizaciones ideológicas, pospolíticas, posverdades, posmorales (relativismos morales).

Así, como Jobu Tupaki encuentra en la infinitud de multiversos la indeterminación del sentido de la existencia; así, un ser humano más “libre”, con más opciones, parece encontrarse cada vez más conflictuado para encontrar sentido a su elegir, a su actuar, a su vivir. Todo se mueve con la premura de la inmediatez y se agota ahí mismo, en la inmediatez desechable, en el ahora momentáneo, en el placer instantáneo que arrastra días y días de insatisfacción. Vivimos a un ritmo cada vez más convulsionado, en el que cada vez más mundos e imágenes nos visitan en la forma de tik toks, memes, videos o similares. Un ritmo que multiplica infinitamente nuestra libertad y nos deja preguntando, al cabo de unas horas, “¿qué estoy haciendo con mi vida?”.

Pero dentro de todo este vórtice de inmediateces que nos arrastran con sus cautivadoras apariencias, dentro de este vasto mar de sinsentido que nos revuelca con un deseo tras otro, una compra tras otra, un comercial tras otro, un chiste pasajero tras otro; aparece al fondo una luz tenue: la luz del mundo sin seres humanos. Mejor dicho, la luz de un mundo que no se rige por todas esas estructuras drenadoras que hemos erigido como nuestro hábitat. El mundo en que la voluntad contemplativa se asemeja a la existencia de una piedra: apreciando el paisaje, viendo pasar la vida con sobriedad y sabiduría, dejando de correr, concentrándonos en lo que nos hace vivir de verdad.

Frente a la propuesta nihilista y emotivista de un mundo revolucionado por el ritmo de infinitos multiversos que colapsan en nuestra cara nos queda el valor existencialista de una libertad disfrutada. Una vida vivida no para las apariencias sino para lo más cercano que tenemos a una verdad: nuestras relaciones interhumanas trascendentales.

Esos contados lugares en los que conectamos de humano a humano. Esos multiversos en los que nos convertimos en un par de rocas contemplando la vida. Esos multiversos en los que como ancla en medio del tiempo inclemente aparecen los afectos que nos hacen ser quienes somos: hijos, hermanos, padres, madres, esposos, esposas, amigos. Esos lugares en los que, sin importar las vicisitudes, las variaciones y los devenires, nos reconocemos. Esos lugares intocables e inamovibles que son personas. Nuestras personas, esas que son las más íntimas y cercanas a nuestra identidad, esas que le dan algo de sentido a un cúmulo de estímulos que nos atropellan minuto a minuto. Esas personas que, sin importar lo inverosímil que sea el universo que nos rodea, elegiríamos sin dudarlo en cualquier realidad alterna.

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