Publicada en Diario Imagen el 22 de abril de 2019.

Prácticamente desde que tengo memoria he vivido con obesidad. Si recuerdo dos o tres años de mi vida sin sobrepeso es mucho. Siempre que reflexionaba sobre el asunto pensaba que se trataba de algo incontrolable, algo que no podía detener y que era parte de mi personalidad. Con los años entendí que es el resultado de una impulsividad, constante ansiedad y denso nerviosismo que me acompañan a dondequiera que voy.

El martes pasado, por fin, me vi impelido a atender algunas cuestiones de salud que se han originado por una vida de negligencia personal y, también, quiero decirlo, de ignorancia e incapacidad de enfrentar un problema que era más y más grande: que se agravó con cada decepción amorosa, que se agravó con cada decepción profesional, que se agravó con la muerte de mi madre y la muerte de mi abuela.

Mi generación vive bajo el lema de que sólo se vive una vez y que por eso no hay que escatimar en placeres ni hay que aplazar la posibilidad de pasársela bien. Crecí con películas como Supercool, ¿Qué pasó ayer?, American Pie, Proyecto X, puedo pasarme horas viendo la comedia de Seth Rogen, a Los Simpsons, Padre de Familia, Rick and Morty y días enteros viendo Acapulco Shore o cualquier cosa medianamente irreverente que me regalen MTV o Comedy Central. Hoy, que he tenido que enfrentarme a una temprana decadencia física, he reflexionado sobre lo que consumo en términos de entretenimiento.

Y no, no se trata de decir que estas series y espacios de entretenimiento son malos, “antiintelectuales” y perniciosos, porque al final no existe fuerza más potente que la del ingenio e inventiva humana, así que, para salir de cualquier “condicionamiento social” siempre hay creatividad, imaginación y, ante todo, fuerza de voluntad.

Lo que he pensado es cómo, a veces, en el espacio común que es el entretenimiento, podemos diluir nuestro ser, podemos perdernos en la ilusión del reflector y olvidar lo que sí está ahí. Insisto, no es reproche, la televisión y las películas se hacen con inteligencia, por humanos y para humanos; sin embargo, uno a veces usa esos espacios como la afirmación de las propias carencias o la magnificación de las mínimas habilidades, pues lo mismo gana afirmación quien ve la tele para decir que “idiotiza” y se siente más inteligente con ello que quien la ve para afirmar que su estilo de vida es el correcto.

Mi reproche es conmigo, “¿por qué te tardaste tanto en abrir los ojos? ¿por qué hasta hoy entiendes que el camino a la felicidad pasa por un cuerpo que esté bien?” Y aquí quiero hacer un énfasis, “que esté bien”, no necesariamente que se vea bien, porque también hemos aceptado una cultura del fitness que dice interesarse por el cuidado del cuerpo cuando, en realidad, se ha convertido en una maquinaria mercadológica que sólo trata de hacer sentir culpables a hombres y mujeres por no tener condiciones físicas “óptimas”; lo cual se traduce, a veces, al trauma que todos tenemos de no ser tan atractivos como creemos que podríamos, cuando la verdad es que somos lo que somos, tenemos los genes que tenemos y eso no puede cambiar. Tu nuevo cabello rubio, tu nuevo abdomen, tu cara embellecida no te hacen buena persona; ser buena persona te hace buena persona y parte de ser buena persona es ser ético contigo mismo, con tu propio cuerpo.

Siempre, siguiendo a Platón y otros griegos clásicos, he defendido el poder pedagógico del alcohol, porque creo que hay cosas que uno no entiende de sí mismo hasta que un agente externo le permite bajar las defensas y ver con otra claridad sus emociones y dolores. Claro, en exceso resulta contraproducente y dañino, sin embargo, sigo creyendo que los momentos más felices de la vida suelen estar acompañados de una copa de vino (o mezcal o tequila o una buena cerveza, como usted quiera). La misma lógica vale para otras sustancias naturales que puedan ayudarnos a vivir mejor, claro, con un uso responsable, que no fomente la violencia y, sobretodo, me parece, se atenga a las sustancias dadas por la naturaleza, no dadas por una creación sintética, artificiosa y desbalanceada, es decir, creadas por el placer del placer. Porque el placer por el placer, al final, se convierte en dolor; el placer por el placer exige el uso del físico y el físico, como todo lo que existe en esta tierra, se desgasta: ¿por qué desgastar a tus veintitantos el cuerpo que podría durarte una vida entera?

Le he dado vueltas a las causas de mis condiciones físicas, que si mi metabolismo, que si mi genética, que si la mala educación nutricional que me dieron; la verdad es que todo se resume en un verdadero problema que, creo, comparto con mis coetáneos: la incapacidad de comprometerme conmigo mismo, con mi salud, con mi cuerpo y, sobretodo, con mi futuro. Yo era de esos que sin empachos decía: “no me importa morirme a los cuarenta, prefiero una vida corta y feliz que una vida larga y amargada”. La verdad es que el malestar físico sólo acorta la vida y la amarga y empieza a dañar también la salud mental.

La salud mental es otro gran problema de nuestra época: busque usted a un individuo sin neurosis y estrés. Se va a morir buscando. El ritmo de vida con el que vivimos hoy, las múltiples exigencias: tienes que ser inteligente, divertido, bueno en el sexo, ganar dinero, chistoso, apoyar causas sociales, ser buen hijo, ser buen estudiante, demostrar desinterés e irreverencia, ser exitoso, ser “feliz”, ser auténtico, ser disciplinado, etcétera, etcétera, etcétera. ¿Y cuándo se nos pide ser verdaderamente felices, ser nosotros mismo y aprender a valorar lo que somos y tenemos?

Mi cambio de vida vino, primero, de un accidente; después, de una petición de mi hermana a la que no me pude negar y, finalmente, de la conciencia de la vida que estaba viviendo y el daño que me estaba haciendo. Hoy me estoy atreviendo a comprometerme conmigo, a caminar mejor y a buscarme un futuro y, ¿saben qué?, soy más feliz. Hoy como nunca he valorado el amor de mi familia. Me he sentido tan egoísta por no darme cuenta lo mucho que les arrebataba al no preocuparme por mi salud. Este sentirme mejor fue parte de las bases para que yo empezara a escribir esta columna y que empezara con mi sitio de internet. Nunca había sido tan feliz, nunca me había amado así.

Muchas gracias por lo que han puesto en este proceso desde la otra dimensión Cande y Mary, acá en el suelo Viejo, Yayo, Michis, Quetzal, Chinita, José, Itzel, Gloria y Diario Imagen. Gracias al Hospital Río de la Loza, a la Doctora Verónica Navarro y al Doctor Santana. ¡Salud por la vida, salud por comprometerse, salud por los cambios, salud por lo desconocido y salud por la salud!

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