Publicado en Diario Imagen el 15 de enero de 2020.

Desde su publicación a finales del siglo XIX, Drácula de Bram Stoker se ha convertido en un referente recurrente de la cultura popular y el horror gótico. Sobre todo ahondando en la mitología del personaje que, durante la obra del británico, tenía un papel más modesto que el que más adelante le otorgaría toda la parafernalia mediática de la televisión, el cine y las ficciones posteriores (de historietas hasta obras literarias) en general. De ahí que en nuestra época todo contenido de vampiros resulte más o menos derivativo de los principios generales estipulados por la figura original del Conde de Transilvania.

El personaje, como suele repetirse hasta el cansancio, parece tener alguna inspiración en Vlad III conocido como El Empalador, príncipe de Valaquia durante el siglo XV que habría matado miles de civiles en la Europa de su tiempo rindiendo honor a su apodo. Lo cierto es que los académicos dedicados a la obra de Stoker suelen minimizar esta relación que, con una convención generalizada pero no absoluta, se prefiere restringir a una simple inspiración en el nombre (pues Vlad también fue conocido como Vlad Drácula) y acaso algunos elementos más o menos deliberados sobre su región de origen, Rumania.

De hecho, no son pocos los elementos inexplicables (o poco claros) de la obra del autor irlandés que diera forma a la primer iteración de este personaje, lo cual parecería consistente con la visión académica del origen del mismo y, lo que nos compete ahora, con la nueva adaptación de esta novela para la BBC y Netflix desde el punto de vista de Mark Gatiss y Steven Moffat, conocidos por su exitosa adaptación de otro personaje literario británico clásico, Sherlock Holmes.

Dicho trabajo, el de Sherlock, tiene en esta nueva producción un ingenioso correlato construido por el misterio general que nos plantea esta miniserie de tres capítulos: ¿a qué le teme Drácula? ¿por qué no puede acercarse a la luz del sol?¿por qué no soporta ver el símbolo cristiano de la cruz? y ¿por qué no puede acceder a un lugar sin ser invitado antes? Misterio cuya respuesta es sólo el resultado de una sólida reflexión sobre lo que el Conde Drácula representó en sus orígenes para Stoker y sobre lo que sus subsecuentes corolarios continuaron sugiriendo consciente o inconscientemente.

Desde ese punto de vista, entonces, esta serie que por momentos podría parecer inconsistente, contradictoria o simplona en sus resoluciones, se presenta, más bien, como una discusión constante con la literatura clásica del siglo XIX. En específico, con los conceptos humanos a los que ha dado vida este personaje durante sus más de cien años de existencia.

Para ello, la serie resulta muy lúcida con la división de su contenido en tres largos pero sólidos capítulos bien contenidos en sí mismos y operando, cada uno, en diferentes épocas, reglas y condiciones; como si fuesen películas separadas que, al tiempo, forman una trilogía hecha consistente, desde lo narrativo, con base en una simple expresión que se repite constantemente: “la sangre es vidas”.

Ésta noción se convierte en el punto de partida para delimitar los puntos en los que esta miniserie se apega al clásico del autor irlandés y para permitirle a esta historia una flexibilidad atemporal que nos permita conocer al mismo Drácula en tres diferentes momentos de la Historia para, de ese modo, articular el debate continuo con este personaje de ficción y la verdad humana que encarna.

Para desnudar esa verdad, empero, no basta con conocer a Drácula en su día a día desde la tercera persona sino que resulta imperativo entablar un diálogo con su paranormal realidad. Es, entonces, que la refiguración del Profesor Abraham Van Helsing de la novela original encuentra el modo de concretar en un personaje (femenino en esta serie) la capacidad de anteponerse al Conde y, de manera oblicua o manera directa, interrogarlo y, con ello, exhibir su esencia.

Así, vemos a un Drácula seductor, ingenioso, ávido de sangre (de poseer vidas), sarcástico, inteligente, cuidadoso pero, al tiempo, presa de sus propios deseos; de su necesidad de consumir humanos, de mantener una faz pulcra y jovial que esconda su inevitable decadencia y su paulatina (e infinita) caída a la nada, a la muerte de los “no muertos”.

Algunas lecturas del personaje han visto en él una alegoría para la “amenaza” que representan los extranjeros para ciertos países (pues, al fin y al cabo, el Conde es una de las primeras representaciones de personajes parecidos a los zombies), o bien, como una articulación propagandística en favor de la espiritualidad cristiana (pues el de Transilvania es una personificación de muchos de los vicios del dogma de aquella religión).

Sin embargo, a mi parecer, Drácula representa una forma de nuestra animalidad, nuestro instinto, nuestra inextirpable naturaleza de seres deseantes incapaces de ser plenamente satisfechos y que se encuentran siempre en un perpetuo camino a la muerte. Muerte que, si bien se presenta de manera individual (para mí, para ti, para “X”), nunca se presentará de manera absoluta; o, dicho de otro modo, que aunque la extinción le llegue a todo individuo, mientras existan seres vivos nunca dejará de existir el deseo.

Por ende, en contraposición, Van Helsing, siguiendo la trama de esta miniserie, representa para mí nuestra dimensión racional, nuestro deseo perpetuo pero volcado no sólo a su satisfacción inmediata, sino a su nutrición, a su construcción, a su concientización; en una palabra: al conocimiento. Al conocimiento de lo humano, al conocimiento del deseo mismo, al autoconocimiento y al conocimiento empático, incluso, de nuestro lado oscuro, nuestro lado incapaz de soportar la divina luz del entendimiento más preclaro que pueden alcanzar las limitaciones humanas.

Y todo ello representado por un tejido biológico conectivo. Por una realidad fisiológica que para algunas cosmologías es el vehículo del alma animal: la sangre. La sangre que da vida, la sangre que contiene nuestra historia genética, la sangre que es un testimonio discreto de nuestra genealogía, la sangre que es un testimonio de nuestras acciones, de nuestras afecciones, de nuestros balances y desbalances. La sangre que nos hace especie humana. La sangre que por sí misma no desea, la sangre que por sí misma no razona pero sin la que la razón ni el deseo podrían existir. La sangre que bombea nuestro corazón. La sangre que transporta nuestro estado físico. La sangre que es las múltiples vidas que somos y que hemos sido y que, por lo tanto, es las múltiples muertes que somos y que hemos sido. La sangre que un día, como todo, acabará en la tierra fundiendo en el infinito a nuestro Drácula personal y a nuestra irrenunciable necesidad de ser nuestro propio Van Helsing.

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