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Sátira religiosa.

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Publicado en Diario Imagen el 27 de noviembre de 2019.

Como muchos jóvenes de mi generación crecí con la inevitable referencia a South Park, atraído al principio por la irreverencia de su lenguaje explícito o de sus capítulos subidos de tono, incluso por sus temáticas fuera de lo común y hasta “prohibidas”. Hoy, con un par de décadas a cuestas, sigo encontrando en el trabajo de Matt Stone y Trey Parker varios motivos de admiración y fruición.

Lo que ahora rescato de estos dos son esos momentos en los que su inteligencia, finura y agudez cómica logran plasmarse en lúcidas y atrevidas pero, sobre todo, pertinentes críticas al contexto cultural, político y social en el que nos desenvolvemos alrededor del mundo y en el que, en específico, se desenvuelven ellos como estadounidenses.

No se me escapan esos momentos francamente grotescos, difíciles de digerir, irreverentes en toda forma e, incluso, considero, excesivos. Aquellos capítulos de su serie o su comedia en los que no estoy seguro si el chiste o la crítica valían la desazón. Afortunadamente, los filósofos procuramos ver más allá de las meras apariencias (al final ese es nuestro trabajo) y, así, he logrado encontrar en la comedia de estos escritores una constante preocupación por transmitir algún mensaje.

Con este bagaje, entonces, me aventuré a ver The Book Of Mormon, la multipremiada obra de teatro musical escrita por este dúo y Robert López (compositor de la música de películas como Frozen y Coco, entre otras). La historia, que recoge algunas ideas ya brevemente exploradas en el capítulo All About Mormons de la satírica serie de TV de Parker y Stone, es una revisión de las creencias y prácticas de la religión fundada por Joseph Smith en el siglo XIX.

La obra sigue a dos misioneros mormones estadounidenses tratando de llevar sus creencias a una caótica comunidad africana. Desde ahí, los contrastes entre estilos de vida, las bases de esta creencia, las inconsistencias entre fe y razón y las abismales diferencias culturales serán la ocasión del ácido, sólido, ingenioso, gráfico y característico humor de estos dos escritores.

Contrario a lo que se podría pensar, si bien es cierto que el musical no escatima en recursos crudos, realistas, absurdos, inquietantes y directos para satirizar sobre los mormones, la recepción del público, la crítica especializada y de la propia religión objeto de las observaciones de este trabajo ha sido particularmente positiva. Con una nominación al Premio Oscar de la Academia a Mejor Canción Original por Blame Canada en el año 2000, Stone y Parker, con el apoyo de López, reiteran la altísima calidad de trabajo de la que son capaces en esta obra ganadora de nueve Premios Tony y un Premio Grammy por Mejor Álbum de Teatro Musical.

Pero ¿cómo es posible que estos “irrespetuosos e inmorales” hayan ganado tantos premios y sean tan validados por la industria de los musicales, el cine y la televisión? En mi opinión, la respuesta es simple: porque no son lo que parecen. Porque aunque suelen verse reducidos a críticas que se pierden en el impacto de la confrontación que implica el estilo sin reservas de su escritura, estos realizadores, como pocos hoy en día, se preocupan por transmitir mensajes reales. Mensajes que, si son captados por quien consume su arte, no revelan otra cosa que un llamado a la empatía; cuadrando con ello con la definición clásica de la sátira, ese género literario crítico, ácido, irónico, ridiculizador y duro que esconde tras de sí una preocupación en ocasiones meramente cómica pero que, en sus mejores momentos, logra ser moralizadora con un genuino interés por mejorar la sociedad.

Ahora bien, la sátira es un género muy difícil de cultivar y tampoco diré que el trabajo de Stone y Parker carece de excesos, fallas o errores, sin embargo, puedo reconocer que en sus mejores momentos, en las mejores versiones de sí mismos como creadores de metáforas, historias y observaciones cómicas, estos dos son capaces de darle al clavo como ninguno y, por lo menos para mí, se revelan como dignos representantes de la sátira contemporánea (si es que hoy en día puede existir tal género).

Así, con su obra de teatro musical podríamos adelantar el juicio y esperar otra “burla a las religiones” de los creadores de South Park o una “irrespetuosa ridiculización de las creencias de la gente”, sin embargo, con un detallado análisis podemos encontrar la lúcida propuesta que su obra nos hace (misma que, de hecho, con la atención puesta donde se debe, se puede encontrar también en su show de TV en repetidas ocasiones a propósito de prácticamente todas las religiones (pues casi a todas las han pasado por su filtro satírico)): destacar el valor positivo del encuentro entre la fe y la crítica.

Pasando por un casi poético homenaje a la cultura geek (con referencia a franquicias como El Señor de los Anillos, Star Wars y Star Trek, por nombrar algunas) y pasando por una representación quizá un tanto estereotípica de la vida en África (con la mención de problemas reales como la epidemia del VIH en aquella región, la hambruna, las guerrillas, la mutilación de los genitales femeninos, entre otros), esta historia nos presenta a dos jóvenes que ponen a prueba sus creencias frente a una realidad que excede las capacidades (e ingenuidades) que ellos atribuyen a su fe (al tiempo que se critica con una clarísima frontalidad las tensiones entre el dogmatismo religioso y la libertad, la homosexualidad, la sana apropiación de la complejidad del aparato emotivo humano, etcétera); sólo para encontrar el remanso del valor de creer más allá de las literalidades y las cerrazones.

Dicho de otro modo, el gran mensaje central de The Book Of Mormon apunta al lugar que la religión puede tener en el impulso natural de los seres humanos por la búsqueda de sentido, pero eso sí, advierte que este sitio cae en excesos cuando se torna impositivo y coercitivo desde la rígida literalidad de su mensaje. Esto, me parece importante subrayar, aplica incluso para las posiciones que se alejan de las religiones, como el ateísmo que, en su literalidad, encuentra la peor de sus versiones y que, en su capacidad de dotar de sentido la vida de algunas personas, encuentra su completa y absoluta validez como sistema de creencias (puesto que aún el creer que la vida no tiene sentido (que no es el caso para todos los ateos, cabe mencionar) es darle un sentido a la existencia, i.e., el sentido del sinsentido).

Claro, también allí, me parece, en el hecho de que la creencia o no creencia “X” dote de sentido, existe el exceso; a saber, cuando lo que creemos implica dañar a otros o a nosotros mismos (incluidos nuestro físico, nuestra familia, nuestra vida y nuestro patrimonio), o bien, cuando lo que creemos se convierte en impositivo, violento, coercitivo y, desde nuestros ojos, obligatorio para los demás. Situación que, no obstante, resulta paradójica pues, como la propia obra musical alude, no existe religión que no tenga como consigna expandirse a cuantas personas sea posible.

De ahí que resulte tan importante entender que, en las diferencias estéticas (de percepción), culturales, sociales, existenciales, personales, psicológicas e históricas que rodean a cada uno de nosotros, existe un abanico tan grande de posibilidades y formas de encontrar sentido a nuestra existencia que la única manera de preservar el derecho de otros de ser quienes son sea no llegar a este par de límites: la literalidad religiosa y la violencia (contra los que creen diferente que yo o contra mí mismo, mi familia y mi patrimonio).

La palabra sátira viene del latín satur (que significa repleto, recargado, lleno) que se cree es, a su vez, una derivación del término griego antiguo σατυρικός (satyrikós, es decir, lo propio de los sátiros). Curiosamente sería un filósofo griego clásico, amante de la literatura y la dramaturgia, quien pondría a Sócrates, famoso por su actitud irónica y burlesca, en el centro de una precisa metáfora entre el filósofo y los sátiros (personajes mitológicos asociados con el apetito sexual, el vino y algunos excesos). Así, Platón afirma en El Banquete que Sócrates se parece a esas figuras de sátiros y silenos horrendas en su aspecto pero que dentro de sí guardan los más valiosos tesoros.

Lo mismo sucede, guardadas las debidas proporciones, con la sátira bien ejecutada de Stone, Parker y López en The Book Of Mormon que, si bien puede parecer vulgar, insultante e irrespetuosa para algunos, resulta, de hecho, un prudente ejercicio de empatía que nos invita a respetar los diferentes caminos por los que cada uno de nosotros puede encontrar sentido para su existencia, siempre que no caigamos en los excesos de la literalidad radicalizada y la violencia.

La editorial de la semana:

Marriage Story editorial Scarlett Johansson Adma Driver artículo editorial

Diversión.

Como una inflexión del verbo latino clásico “devertere” (ocasionalmente también reportado como “divertere”), la palabra “diversión” se origina del sustantivo “diversio” que no es otra cosa que la acción de apartarse de un camino, desviarse o, simplemente, dirigirse (o dirigir algo) en una dirección distinta a otro objeto (o persona). De ahí que en el español el término haya adoptado el significado de distraerse, alejar la atención de cierta cuestión en específico, o bien, darse un espacio recreativo de cierto contexto o situación. El inglés, por su parte, si bien reconoce el sentido que el español da a la palabra, conserva algo de la noción original que nuestra lengua ha perdido desde el latín: una diversión es también la bifurcación de un camino y, por analogía, de un curso de acción.

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