Ser en el multiverso

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Hace un par de semanas hice un recuento reflexivo del concepto moderno de la ciencia ficción en el cine y el entretenimiento partiendo de 2001: A Space Odyssey de Stanley Kubrick; apuntando, con especial interés a su legado existencialista y a sus nuevos cánones (estéticos y discursivos) para lidiar con preguntas de origen tecnológico y científico cada vez más complejas.

A este texto, la semana anterior, le siguió una reflexión de amante de los cómics y de la ingente empresa que es el MCU de Marvel Studios que buscaba resumir e interpretar el camino de su característica “visión de productor” y de los intereses (ya conocidos pero no por ello menos nocivos) que cada vez se apoderan más de ella cara a la Fase 4 de su multiverso de fantasía (i.e., de ciencia ficción contemporánea).

Ambas publicaciones fueron deliberadamente desarrolladas en función de un ejercicio lógico-filosófico y ontológico que, en esta ocasión, ensayo con ayuda de la primera temporada de Loki, la más reciente y determinante historia exclusiva del multimillonario estudio para Disney Plus.

En la misma línea de los productos anteriores que se han encargado de iniciar el cuarto gran paso de Marvel y su multiverso de relatos interconectados, el regreso de Tom Hiddleston al papel que lo ha vinculado a los Avengers, sus aventuras, desventuras y hasta viajes en el tiempo; es un despliegue técnico de efectos especiales, de un argumento sólido pero modesto y de hartas referencias explícitas, easter eggs (referencias ocultas) y nuevas pistas sobre el futuro de esta enorme maquinaria mercadológica.

Su trama nos adentra, por fin, en el tan anhelado sinnúmero de universos múltiples de Marvel regalándonos un arco narrativo que, por primera vez, nos enfrenta a la realidad de versiones incontables de un personaje en diferentes mundos alternos. Nos enfrenta a la realidad de Loki y sus infinitas variantes (es decir, sus infinitas versiones en diferentes dimensiones).

El pretexto para ello es la TVA (Time Variance Authority), una agencia interdimensional y transtemporal encargada de vigilar que los viajes en el tiempo de los seres vivos de este cosmos de ficción no ocasionen variaciones caóticas e infinitas que pongan en riesgo una única y “perfecta” línea temporal llamada La Sagrada Línea del Tiempo.

Así, con la combinación de ambos elementos (Loki y sus variantes más la TVA) se desatará una estimulante consecución de viajes en el tiempo, saltos entre dimensiones y, ¡al fin!, puntos narrativos determinantes para el futuro de la próxima macrohistoria de Marvel. Nuevos villanos, nuevos aliados y el inicio de una nueva crisis cósmica.

Como suele ser el caso, el paso ha desatado millones de teorías, preguntas y aseveraciones que buscan saber qué pasará después en este mundo de ciencia ficción. Por mi parte, yo sólo encuentro más explícita una pregunta que siempre me han ocasionado este tipo de ficciones: ¿qué significa ser en el multiverso?

En otras palabras, bajo un concepto ensalzador de la subjetividad como lo es el existencialismo o, incluso, bajo un concepto ontológico tradicional: ¿qué implicaciones tiene existir (ser como individuo) en un multiverso en el que sólo eres una versión, entre millones, de ti mismo?

¿Qué hace, por ejemplo, más Loki a cierto Loki en comparación con otros Lokis? O bien, en un mundo de infinitos Lokis, ¿qué hace esencialmente Loki a todas y cada una de las infinitas versiones de Loki en un multiverso inabarcable? Claro, a primera vista hacerse una pregunta tan compleja partiendo de un personaje ficticio e irreal parecería un absurdo exceso de ociosidad. Probablemente lo sea.

El asunto es que la teoría de los multiversos traspasa las historietas y sus adaptaciones audiovisuales. La teoría de los universos múltiples es, de hecho, una hipótesis vigente y ampliamente explorada en la Física contemporánea y en la Cosmología de nuestros días.

La distancia, por supuesto, es que no tenemos aún evidencias de posibles intercomunicaciones entre realidades alternas, no sabemos si nuestras Leyes Físicas existen en estos otros universos paralelos y, más determinante aún, no tenemos manera de comprobar si, en efecto, las fluctuaciones cuánticas de la materia de las que provenimos han dado lugar a tales dimensiones adyacentes.

De este modo, transportando la pregunta a nuestra realidad, ésta se intensifica: ¿Qué me hace diferente de cualquier versión posible de mí en el multiverso? ¿Qué le da unidad a lo que considero mi identidad más allá del relato propio de mi vida que reconozco como recuerdos o como una historia de vida personal?

La respuesta a tales preguntas cae, indudablemente, en el terreno de lo filosófico que ya desde épocas pre-socráticas (siglo V a.C.) ha entretenido este pensamiento; aún a miles de años de distancia de posibles comprobaciones empíricas (así para estóicos, atomistas, Tomás de Aquino y Giordano Bruno, por nombrar algunos).

Personalmente, encuentro dos caminos de respuesta relativamente sencillos y satisfactorios: uno clasicista (atenido a la Ontología Clásica) y uno existencialista (atenido al punto de vista subjetivo de la Ontología que subyace a los existencialismos y vitalismos).

El primero resolvería la pregunta por la unidad de múltiples variantes del mismo individuo bajo una noción analógica: “ser se dice de muchas maneras”. En consecuencia, “ser Loki o ser Hugo o ser Z” se dice de múltiples modos (variantes) que, en el fondo, se reúnen bajo la abstracción de una lista de cualidades intrínsecas y propias que figuran la esencia de “ser Loki o ser Hugo o ser Z”.

En otras palabras, se establecería una identidad conceptual construida por la suma de cada una de estas versiones y, eventualmente, bajo un exhaustivo examen de aquello que podría predicarse de manera irreductible de toda versión de Z, Loki o Hugo; eso sí, sin que ninguna variante del individuo en cuestión tenga una preeminencia ontológica específica (a menos que excediera sus condiciones ontológicas limitadas bajo algún tipo de permanencia, incorruptibilidad, inmutabilidad o alguna característica divina similar que, en realidad, lo colocaría en otra categoría ontológica (quizá despojándolo de su condición de Z, Loki o Hugo)).

El segundo resolvería la pregunta por la identidad en función de un ser-estar en un contexto dado y en circunstancias dadas. Es decir, resolvería el problema de la individualidad exaltando la subjetividad, la experiencia personal y las condiciones únicas en las que se desenvuelve la percepción vivencial del Loki A o el Loki B o el Loki C.

En otras palabras, las condiciones de ejercicio de libertad, las opciones, las oportunidades y los mínimos detalles que pudieran diferenciar a cada variante del mismo sujeto serían suficientes para justificar una valía equitativa entre todos y, finalmente, ningún tipo de preeminencia ontológica pero sí una diferencia cualitativa (no comparable) entre la versión uno y la versión un millón de Z, Hugo o Loki.

Pero, ¿qué pasa si nos ponemos un poco escépticos? ¿qué pasa si exigimos una ontología más factual? Una ontología que, como diría W.V.O. Quine, esté enraizada en “el mejor conocimiento disponible”, o sea, el conocimiento científico.

El filósofo estadounidense de finales del siglo XX fue famoso por múltiples aportes críticos a la Ontología, a la Lógica Analítica, a la Filosofía de las Matemáticas y a la Filosofía del Lenguaje, entre muchas otras áreas de estudio de la escuela analítica del Pensamiento Occidental.

En especial, destaca su noción naturalista del conocimiento interesada por extender los conceptos del sentido común y el lenguaje común y corriente con ayuda del conocimiento científico y sus paradigmáticos alcances (incluidos modelos como el de la Psicología, Economía, Sociología e Historia); en función de la cual concibió un intrigante diagnóstico del uso del lenguaje y la barrera que este pone frente a “el hecho del caso” o “el hecho de la materia” (“the fact of the matter”).

Así, distinguió entre lo que hay (el hecho material concreto) y lo que una teoría o un discurso (el lenguaje) dice que hay. Enfatizando, sobre todo, la incisiva observación de que todo concepto dicho, toda noción del lenguaje que empleamos para describir y descifrar el mundo, presupone una serie de compromisos ontológicos previos que, mientras no seamos capaces de explicitar y mostrar, sólo sostenemos de manera banal y frívola.

Es decir, que detrás de los modos en que resolvemos, preguntamos, exigimos, nos quejamos y nos expresamos sobre la realidad, existe una serie de nociones no empíricas, no comprobables y probablemente dignas de algún escepticismo de las que debemos aprender a ser capaces de dar cuenta si es que queremos decir algo digno de ser considerado un discurso serio. Una idea cabal. Un comentario verosímil, siquiera verificable. Palabras que signifiquen al hablar sobre escenarios y objetos físicos. Que hablen de objetos materiales que ocupan alguna porción del entramado espacio-temporal de nuestro universo (o multiverso).

De esta manera, con la esperanza de no alejarme demasiado de las exigencias concretas y factuales de Quine, amarrando algo de los discursos Clásico y Existencialista de la Ontología, echando mano de la disponibilidad conceptual y la probabilidad de la teoría contemporánea de los multiversos en la Cosmología Física y recogiendo algo del existencialismo de los nuevos cánones de la ciencia ficción en la cultura popular y su entretenimiento contemporáneo; reitero que la crisis existencial del hombre de los 2020s es una crisis existencial cósmica-multiversal.

Sostengo mi dicho, primero, en la constante e irresoluble pregunta por el lugar del hombre en el universo (en el multiverso); en la noción de que los universos alternos son una probabilidad incluso calculable; en que para cada una de las potenciales versiones de Loki, Z o Hugo hay una probabilidad razonable de existir, con una subjetividad que se siente propia y única y algún tipo de ejercicio de libertad o, cuando menos, de decisión; en que existe una posibilidad suficiente para un conocimiento paralelo al mío que desencadene en tecnologías (herramientas) y una autoconciencia ligada a ellas, descubierta a través de ellas.

Todo eso hace falta para sostener con seriedad que una versión de mí, con la que seguramente nunca tendré contacto, existe en alguna región del multiverso. Para mí, todo valdría la pena si aquél Hugo descubrió una manera de mirar al abismo de la existencia (la libertad) y el sinsentido sin experimentarse patéticamente ridículo por soñar con un mundo donde todo es mejor. Si alguna versión de mí descubrió lo que yo no: una manera de ser feliz.

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