Publicado en Diario Imagen el 18 de septiembre de 2019.

Durante varios años mi hermano mayor insistió en que debía ver Avatar: La Leyenda de Aang. La verdad es que no soy muy aficionado a las caricaturas dirigidas especialmente a niños; una película ocasional, quizá, algún objeto de nostalgia, tal vez, pero ninguna avidez especial por este tipo de contenidos.Subestimé su sugerencia, pues ahora, tras dedicarle un tiempo, entiendo por qué tanto revuelo por esta serie animada.

Original de 2005, la didáctica caricatura logró extenderse por tres años, más un spin-off de cuatro temporadas, más una película que, tristemente, es recordada como una de las peores películas de la historia reciente por lo mal que tradujo los riquísimos mensajes de su versión original a la pantalla, más una futura versión live-action que Netflix ya prepara de la mano de sus creadores originales.

La genialidad de la serie tiene varias aristas, por un lado, un excelente trabajo de animación que combina elementos del anime japonés y el cartoon estadounidense, por otro, una narrativa bien construida que, aunque obvia por momentos, pues está pensada para públicos jóvenes, es de hecho intrigante y poco convencional, atreviéndose a poner un par de elementos que decide resolver de maneras elaboradas, lógicas y consecuentes en lugar de caer en la tentación de resolver fácil y sin fondo. Y justamente ese, el fondo, es la otra arista que encuentro destacable de este trabajo, incluso, la más interesante de todas pues se trata de una propedeútica y pedagógica a los principios de filosofías orientales como el hinduismo, el taoísmo, el budismo, el yoga  y las artes marciales, así como una guía general de la historia y la cultura oriental desarrollada desde la fantasía. Todo ello mientras se discuten, con una adecuada profundidad emocional y racional, temas de la vida real como la guerra, el genocidio, el imperialismo, el empoderamiento femenino, la discapacidad, la discriminación (por género y raza), etcétera.

En lo fundamental, yo apuntaría al concepto de equilibrio como la temática central de la serie (aunque no se me escapa que también se centra en el concepto de forjar el propio destino). Así, se exploran el equilibrio a nivel social (entre las cuatro naciones que existen en su mundo de fantasía: la Nación del Agua, la Nación del Fuego, la Nación del Aire y la Nación de la Tierra) y el equilibrio interno (entre las cuatro “facetas” del alma humana fundamentales, que reconocen muchas filosofías occidentales antiguas, igualmente representadas por el agua, el aire, el fuego y la tierra, o bien, los siete centros energéticos que son los chakras en la estructura humana según el hinduismo).

Con el recurso a estos principios, entonces, nos sumergimos en la búsqueda de equilibrio, tanto personal como global, de Aang, un niño de doce años que se convierte en el último sobreviviente de la Nación del Aire después de un terrible genocidio perpetrado por la Nación del Fuego, que amenaza con romper el equilibrio entre naciones buscando convertirse en un imperio absoluto. Pero eso no es todo, Aang resulta ser la reencarnación de un espíritu privilegiado que durante siglos y en diferentes vidas ha sido conocido como el avatar, el único humano capaz de controlar los cuatro elementos. De este modo, como el último maestro del aire y el avatar, se verá obligado a restaurar el orden entre naciones que la Nación del Fuego amenaza con destruir pero, aún más interesante, obligado a encontrar su propia armonía, ya que, el orden del todo será un equilibrio que no podrá concretar mientras no encuentre el equilibrio de su propio espíritu.

Así, durante la serie se hace hincapié en que cada uno de los elementos se vincula con ciertas características. El fuego representa el poder puro, la vitalidad enfocada, capaz de ser destructora y arrasadora, violenta e iracunda. Similar a lo que Schopenhauer y Nietzsche,  filósofos del siglo XIX, llamaron voluntad o lo que los griegos antiguos, Platón, Aristóteles e incluso Homero, llamaron θυμός (thymós). La tierra como el elemento de la substancia, de la concreción, de lo fijo, resistente y persistente, de la disciplina, de las reglas, de las leyes. Similar a nociones básicas de la ontología clásica que refieren a los sustratos incambiables de la realidad, a “aquello que queda debajo” después de un cambio, decían los griegos. El agua representa, como suele creerse, la vida, el cambio, la maleabilidad, la adaptación, la transformación, la curación. Noción que ha sido clara desde la primera biología aristotélica y desde los llamados presocráticos con Tales de Mileto como el gran defensor de este elemento como el principio único de la realidad. Finalmente, mi favorito, el aire, representante de la libertad, los ideales elevados, la evolución espiritual, un elemento relacional que expande y eleva: el aliento vital que encuentra la paz en su irrestricción.

Estos cuatro elementos podríamos, tomándole prestada una noción a Platón, replicarlos tanto al nivel social como al nivel personal. Como cuatro conceptos fundamentales (más allá de sus características espirituales o fantásticas) podemos encontrarlos en los diferentes caracteres, tomándole prestada una noción a Aristóteles, tanto de personas como de comunidades (desde parejas, fraternidades y amistades hasta familias o naciones enteras). Podemos, con ellos, preguntarnos por el elemento al que pertenecemos y, más interesante aún, por cómo nos relacionamos con cada una de estas líneas de interpretación de lo humano. Podemos, pues, preguntarnos por el equilibrio que deberíamos procurar para estos elementos, por la justa medida en la que deberíamos ser capaces de ser todos ellos sin ser ninguno de manera totalitaria para estar en armonía con nosotros mismos pero, también, el modo en que cada uno de ellos, a nivel macro, compone a las sociedades en las que vivimos y el modo en que debemos de construirlas para que todos quepamos en ellas, sin que ninguno de estos principios quiera sobreponerse al otro, sin autoritarismos, sin libertinajes, sin estructurar estrictas en exceso, sin estructuras laxas por defecto.

No creo estar seguro del modo en que cada uno de estos elementos se muestra en mi vida, es algo que debo meditar. Ni siquiera estoy seguro de que yo pertenezca a alguno de ellos. Pero eso sí, estoy seguro de haber experimentado su equilibrio, su armonía y la paz que producen, puestos cada uno en su lugar, en mi relación con mi hermano mayor. Somos excelentes amigos y aunque rara vez estamos de acuerdo, es la persona con la que más disfruto dialogar, porque eso hacemos, dialogamos: intercambiamos puntos de vista realmente escuchándonos sin que las diferencias impliquen un conflicto.

Experimento el equilibrio cada que su sobriedad se encuentra con mis excentricidades. Cada vez que sus excesos se encuentran con mis indiferencias. Cada vez que sus escepticismos se encuentran con mis ganas de creer. Cada vez que su frialdad se encuentra con mi propensión al afecto desmedido. Cada que su imperturbabilidad se encuentra con mis ansiedades y cada que sus ansiedades se encuentran con mis imperturbabilidades. Sergio y yo somos equilibrio: por todo lo que él dice negro, yo digo blanco, pero lo mejor de todo es que no esperamos que el otro esté de acuerdo,  simplemente nos aceptamos y trabajamos en conjunto, como hermanos, para seguir siendo amigos, para seguir estando en equilibrio, para construir mutuamente.

No ha sido fácil, nuestra relación tampoco es perfecta, nada lo es, pero logramos constantemente poner en sintonía nuestras composiciones elementales (el fuego, el agua, el aire, la tierra que hace a cada uno quien es) para ofrecernos recíprocamente lo mejor y seguir adelante viéndonos vivir, viéndonos crecer, pero más bello aún, complementándonos al vivir, complementándonos para crecer.

Hasta hoy desconozco por qué razón decidió ponerle a su proyecto como DJ, en Facebook, Twitter y Youtube, Sergio Aang. Quizá porque en algo esta serie que me compartió le ha tocado y lo ha querido verter allí, en su arte, en su búsqueda, en su espíritu creativo. No sé si, como defienden las sabidurías orientales y algunas filosofías grecolatinas antiguas, existan la reencarnación y otras vidas pero me gusta creer que no es ni la primera ni la última vez que Sergio y yo nos encontramos.

Lo que sí sé es que gracias a él he aprendido a romper con las rígidas ataduras de los dogmatismos académicos (y también los familiares, los personales y otros más) que centran todo en las sabidurías occidentales descartando todo lo que ofrecen las diferentes sabidurías que componen el hecho humano en su conjunto. Sé que gracias a él soy mejor persona, desde lo práctico, pues le debo la existencia de este espacio en muchos respectos, hasta lo espiritual, pues le debo la catálisis que me volcó a iniciar mi búsqueda por lo que está más allá de lo humano. Pero, más que todo, sé que siempre que quiera aprender sobre qué es el equilibrio, sobre cómo se alinean los diferentes componentes de nuestras vidas (hacia el interior y hacia el exterior) para que las cosas puedan andar sin más complicaciones de las debidas, puedo recurrir a él. Sé, en conclusión, que yo ya no necesito un avatar, yo ya tengo a Sergio Aang a un diálogo de distancia.

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