Sex Education

A lo largo de la Historia de la Filosofía, particularmente en la del Mundo Occidental, el interés por comprender la dimensión sexual de los seres humanos −animales racionales− se ha restringido a dos posiciones fundamentales: una actitud restrictiva frente al sexo –y la amplísima gama de fenómenos que le con-vienen −, o bien, una posición positiva frente a su papel en el desarrollo personal, el autodescubrimiento y el bienestar.

Sin embargo, ninguna de ambas posturas se ha demostrado suficiente para describir la complejidad fenomenológica de esta realidad irrenunciable del hecho humano y, por el contrario, nos han heredado un lenguaje inadecuado, juicios sobrepuestos, valoraciones artificiosas y conceptuaciones extra-empíricas que sólo complican el camino para comprender cada uno de los elementos de una parte esencial de lo que somos.

En esta Historia, por supuesto, el tratamiento condenatorio ha sido el dominante con representantes tan tempranos como Platón –que ya recoge una amplia tradición presocrática y ancestral para la fundacional Cultura Griega Antigua al respecto−, pasando por hilos conductores de la Historia de Occidente como el pensamiento aristotélico, la tradición cristiana –con Agustín de Hipona y Tomás de Aquino como sus principales ejes−, la Ilustración −con representantes como Immanuel Kant− y hasta la filosofía reciente con ejemplos como Jean-Paul Sartre.

Aportando, todos ellos, desde diferentes ángulos, descripciones del sexo en términos de peligroso, riesgoso, restringido al matrimonio, restringido a la procreación, en términos de una actividad que no puede hacerse más que en los términos de la objetificación, el dominio y/o el uso de otro ser humano como objeto del placer e, incluso, en términos de un deseo inconsciente por capturar la libertad de otros a través del disfrute de sus cuerpos.

Por su parte, la visión positiva frente al sexo y la sexualidad ha encontrado representantes claros sólo hasta relativamente hace poco −siglo XVIII− con personajes polémicos como El Marqués de Sade –capaz, incluso, de defender prácticas perniciosas y francas agresiones en favor de una celebración del sexo−, estudiosos ineludibles como Sigmund Freud –que encontraría en el deseo sexual la clave hermenéutica que ayudaría a comprender buena parte del proceso de desarrollo de la mente humana e inauguraría a la psicología como la ciencia que conocemos hoy en día− y una amplia gama de filósofos, psicólogos y sexólogos contemporáneos que encuentran en esta parte del fenómeno humano, entre otras ideas, una oportunidad para resignificar la cohesión social, una oportunidad para mejorar nuestros procesos de desarrollo humano e interpersonal y, de manera inobjetable, la necesidad de explorar con el rigor debido una parte constitutiva del ser humano que por exceso o por defecto se ha tratado de problemática, ininteligible, oscura y hasta inmoral.

Ninguna de ambas posturas escapa de problemas conceptuales. La visión restrictiva, por ejemplo, cae en un reduccionismo insostenible que se convierte en la ocasión de la humillación de pulsiones que suceden de manera natural en la vida, en la ocasión de un universo de prohibiciones y desinformaciones que terminan por mutilar –literal o simbólicamente− una parte de la propia identidad y el propio cuidado propio y, finalmente, en la ocasión de una relación no-saludable con nuestro propio cuerpo, sus funciones y su sabiduría; traduciéndose, entre otras cosas, en profundos problemas psicológicos, identitarios, sociales e íntimos.

De ahí, que como una respuesta necesaria y consecuente, el mundo contemporáneo se preocupe por gestar una visión positiva frente al sexo y la sexualidad que abra el camino a comprender mejor quiénes somos, quiénes podemos ser, por qué somos lo que somos y, más que todo, cómo podemos sentirnos bien con nosotros mismos en nuestro más íntimo hogar: nuestro propio cuerpo.

El reto para esta visión, empero, está en encontrar el mobiliario conceptual que sea capaz de describir, en su absoluta vitalidad y poderoso flujo, las nociones que, hasta ahora, han sostenido lo que entendemos por sexo y sexualidad: deseo sexual, actividad sexual o actos sexuales, placer sexual, preferencia y/u orientación sexual, identidad sexual. Así como las escabrosas y complicadísimas conceptuaciones que se requieren para entender las relaciones entre sexo, sexualidad y, por poner algunos ejemplos, sociedad, legalidad, política y, probablemente el más denso de estos aporéticos embrollos, moralidad.

Problematización aparte, este riquísimo y complejísimo tema cuenta con un importante aliado que, desde ya, puede ayudarnos a revertir los efectos negativos de una formación –literal o simbólicamente− castrante, ineficiente, desinformadora, insuficiente, humillante y represora: la educación sexual.

La educación sexual que de una manera comprensiva, empática, realista e integral enfrenta a jóvenes y adultos con un vasto mundo de preguntas necesarias, problemas comunes y dudas recurrentes que, en última instancia, permiten desarrollar un concepto pleno de salud sexual. Uno que no sólo atiende a la fisionomía y sus dominios sino uno que se relaciona directamente con el bienestar; con la intimidad, el autoestima, el autocuidado, el desarrollo personal, las relaciones interpersonales y la salud mental.

Es precisamente este tipo de educación sexual la que la homónima serie de Netflix, Sex Education, se encarga de desenvolver y exponer con honestidad, tacto e inteligencia. De manera empática, divertida y genuinamente didáctica. Por supuesto, jamás como remplazo absoluto de una real cultivación personal pero sí como una buena manera de echar un vistazo a un mundo mucho más complejo, vivo e importante que el que la educación tradicional suele encerrar en pecados, abstinencias y vergüenzas.

La serie británica de comedia juvenil sigue la historia de Otis Milburn, un adolescente en construcción de su propia autoestima que asiste a la Escuela Preparatoria Moordale. Hijo de una terapeuta sexual, Otis lidia con las problemáticas usuales de su etapa de desarrollo sexual con ambivalencia. Finalmente, su camino de inquietudes lo llevará a convertirse en un improvisado e inesperadamente efectivo terapeuta sexual amateur para los alumnos de su colegio mientras, en el camino, él mismo se descubre a sí mismo y se enfrenta a su vida amorosa y su actividad sexual.

A través de los diversos compañeros y amigos de Otis, entonces, ésta serie nos habla de temas como la homosexualidad, la identidad de género, el feminismo, la promiscuidad, el aborto, los sueños húmedos, el vaginismo, las agresiones sexuales, la homofobia, la pansexualidad, la pornografía, el embarazo, el alumbramiento, etcétera. Todo ello, como es de esperarse, a través de una buena dosis de comedia y líos amorosos más una leve concesión al morbo que, sin embargo, quedan al fondo de una clara intención informativa que enfatiza, defiende y reitera una actitud positiva hacia el sexo.

Pero no una actitud positiva en los meros términos del placer y la manipulación del instinto, sino en términos de una formación integral. Una formación de la propia identidad y la propia intimidad que permita ejercer la propia sexualidad de una manera saludable, informada, placentera y genuina.

Una oposición a la represión, al abstencionismo mal fundado e impuesto. Una oposición a la viciosa asociación entre vergüenza y sexo –vía el pecado, por ejemplo. Una oposición a la humillación de lo que se es en favor de un código moral que, como mencioné arriba, no ha hecho el trabajo detallado, riguroso y minucioso de entender a qué nos enfrentamos cuando hablamos de algo tan elemental y a la vez tan complejo como el sexo. Una oposición que, para muchos que como yo crecimos en esa educación tradicionalista, resultará refrescante, interesante y valiosa.

Porque al acercarnos a una visión positiva y responsable del sexo como ésta surge inevitablemente la nostalgia por lo que no se tuvo: “si tan sólo alguien se hubiera sentado a hablar conmigo de esto cuando lo necesite…”. ¿Cuántos momentos difíciles, cuántos abusos, cuántas pésimas decisiones se habrían evitado si alguien nos hubiera dado una formación más realista y más positiva sobre el sexo? ¿Cuántos complejos, cuántas humillaciones, cuántas vergüenzas innecesarias se habrían evitado?¿Cuántos hombres, mujeres y personas no binarias serían hoy felices en lugar de haber muerto por la violencia contra lo “incorrecto”?¿Cuánta infelicidad nos ha costado una mala o nula educación sexual?

Sí, el sexo y la sexualidad son temas tan complejos que la problematización filosófica para estudiarlos en su totalidad parecería infinita. Sí, el daño que nos han hecho siglos de no enfrentar un tema tan íntimo e inextirpable requiere, entre muchas otras cosas, de toda una reinvención de lo que creíamos correcto, de lo que creíamos que sabíamos y hasta de lo que creemos correcto y defendible. Sí, una actitud positiva ante el sexo y la sexualidad puede asustarnos por los vastos mundos a los que puede acercarnos. Sí, un nuevo modelo de comprensión de nuestra dimensión sexual necesitará sus límites, deberá reconocer la inmoralidad ahí cuando se presente y deberá reinventar lo que entendemos por bien y mal –con nociones como el consentimiento y la minimización de la objetificación como brújula. Pero, a cambio, nos promete una manera más plena de relacionarnos con nosotros mismos, con otras personas, nos promete una inexplorada manera de disfrutar la existencia y, finalmente, nos promete dejar de considerar como enemigo a nuestro más fiel compañero de vida: nuestro propio cuerpo.

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