Si se acabara la cumbia.

Una de las críticas más recurrentes al cine mexicano es su incesante interés por tocar los mismos temas: marginación social, crimen y la vida en la calle. Esta tendencia ha tenido como gran aliado a un cierto morbo visual que ha constreñido este tipo de narrativas a sus episodios violentos, crudos, fuertes e impactantes. Privilegiando un concepto transfigurado de acción frente a un fondo de verdadera trascendencia o contenido.

Justo en ese contexto es donde se inscribe Ya No Estoy Aquí, la aclamada película del director mexicano Fernando Frías recién estrenada en Netflix. La cinta ha sido muy bien recibida por la crítica en diferentes países del mundo formando parte de las ternas y selecciones de festivales como el Göteborg Film Festival en Suecia o el Tribeca Film Festival en los Estados Unidos además de hacerse con galardones como Mejor Cinta en el Festival Internacional de Cine de Morelia 2019, la Pirámide Dorada a Mejo Película en el Festival Internacional de Cine de El Cairo y el premio a Mejor Actor para su protagonista, Juan Daniel García Treviño, en esa misma edición del festival egipcio.

La razón detrás de este éxito ante los expertos se puede atribuir, en primer lugar, a la excelente cinematografía de Damián García para este proyecto. Con un ojo nítido y sobrio logra cautivar tanto la intimidad de los colectivos del movimiento Kolombia de Monterrey como lo sublime de la ciudad nuevoleonense que se convierte en la testigo y el escenario de una historia aparentemente simple pero muy rica en su discurso.

Discurso que se encuentra muy bien insertado dentro de un episodio perfectamente cotidiano para quienes viven en los barrios más aguerridos de Monterrey y que se encuentra muy bien representado por el cobijo que en dicho contexto implica una subcultura o cultura urbana como el movimiento Kolombia o “los cholombianos”, como suelen ser llamados ad extra quienes pertenecieron a este grupo social.

Considerado extinto desde el 2013 según algunas fuentes, el movimiento Kolombia es el sincretimos de múltiples motivos culturales que se traducen en una vestimenta, un estilo de vida y un estilo musical propios así como un orgullo de pertenencia específico. Se entiende como un derivado de la cultura fronteriza de Nuevo León que al encontrarse a pocos kilómetros de Estados Unidos ve en sus diversas expresiones sociales el reflejo del estilo de vida chicano desde el que puede comprenderse la vestimenta “tumbada” (holgada) de sus integrantes y el gusto por la cumbia colombiana que, se piensa, impactó la zona al encontrarse en medio de la vía de comunicación entre el norte y el sur del continente, o bien, como el producto de la búsqueda de los DJs de los sonideros regiomontanos por ampliar su catálogo musical.

El estilo particular de las cumbias Kolombia pronto hizo brotar algunos exponentes destacados para la cultura popular influidos por su estilo; por ejemplo, el fallecido Celso Piña o el exintegrante de Control Machete, DJ y productor regiomontano, Toy Selectah, quien en algunos de sus tracks adopta características de la vertiente sonora de este movimiento; asimismo, la notoria expansión del sonido “rebajado” (ralentizado) dentro de éste género musical (quizá como una herencia del chopped and screwed del hip hop texano de los años 80s y 90s caracterizado por disminuir los beats por minuto de sus melodías al mezclarlas).

El caso es que el movimiento Kolombia, como nos muestra Ya No Estoy Aquí, no sólo implicó un nuevo modo de expresarse para un grupo de jóvenes marginados sino que se convirtió también en la fuente de su identidad, en la fuente de un sentido de pertenencia. Sentido de pertenencia a menudo atribuido a las pandillas y los grupos delictivos, cierto, pero también un sentido de identidad con el que el guion de Frías construye una alegoría puntual: el fin de la música.

No el fin de la música como una expresión artística general, sino el fin de una música particular que expresa los modos de sentir, percibir, ser y pertenecer de un grupo de seres humanos. Sí, seres humanos en necesidad; sí, seres humanos festivos y bailarines; sí, seres humanos capaces de delinquir pero irrevocablemente seres humanos. Dignos de una mirada empática que narre sus episodios. Que demuestre cómo la tranquilidad vital estriba, al menos para alguno de ellos, en una mera confusión.

El fin de la música, como el fin del baile. Como el fin de una identidad y de un modo de ser. Criticable, inexplicable, incomprensible, como se quiera; pero que en su musicalidad encuentra su humanismo. Encuentra el horizonte compartido de un grupo de creencias, de un propósito común, de una organización con sentido gregario puro y de una congregación capaz de suspender, aunque sea por unos minutos, la violencia y la crueldad.

Una de las críticas más recurrentes al cine mexicano es su incesante interés por tocar los mismos temas echando mano de un cierto morbo visual que ha constreñido este tipo de narrativas a sus episodios violentos, crudos, fuertes e impactantes. Privilegiando un concepto transfigurado de acción frente a un fondo de verdadera trascendencia o contenido. Ya No Estoy Aquí toma el segundo camino. El del contenido. El de la descripción empática y que no juzga de entrada. El de la “inacción” contemplativa no sensacionalista. El de la música y el arte popular cuando se erigen en identidad.

Y, al final, como si se tratara de un documental, nos vuelve la mirada al primer plano de la realidad. A la desesperanza, el dolor y la angustia que genera la violencia organizada. La realidad irreconocible, desfigurada y reconvertida hacia el crimen por el dinero. Hacia el crimen porque no hay de otra.

Al final, Frías hace patente el ensordecedor silencio de la violencia. Ya no el de las balas. Ya no el de las imágenes morbosas y sensacionalistas. Ya no el de la sensualización y la sexualización de la violencia. Frías hace patente la violencia del silencio. La violencia de un canto (cualquier canto) segado por el crimen. De un baile segado por el crimen. Lo desgarrador, insoportable y sin retorno que sería si se acabara la cumbia.

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