Soltería cómica-dramática

A propósito del pasado Día del Amor y la Amistad leía un lúcido, habilidoso, sincero y preciado texto escrito por una muy querida amiga. En él, ella narra el modo en que, desde su vida en matrimonio, ha encontrado sentido a la sentencia “el amor es un nudo en el que se atan, indisolublemente, destino y libertad” de La llama doble de Octavio Paz. Inmediatamente, mi reflexión me hizo preguntarme por el modo en que dicha unión se expresa en el escenario opuesto; por el modo en que destino y libertad se expresan en el escenario de la soltería. Lo cual, dio pie a que por fin cerrara una reflexión pendiente sobre una de las series de comedia dramática que más he disfrutado en los últimos meses: Fleabag de Phoebe Waller-Bridge para Amazon Prime Video.

La serie compuesta solamente por doce episodios divididos en dos temporadas que funcionan, en buena medida, como conceptos contenidos en sí mismos se convirtió en el escaparate que hiciera relucir el talento de Waller-Bridge no sólo como actriz sino también como escritora. Por su primera temporada la británica ganó el Premio a la Mejor Actriz de Comedia de la Academia Británica de la Televisión; por su segunda entrega la producción en su conjunto fue nominada a once Premios Emmy y tres Globos de Oro, incluyendo Mejor Serie de Comedia y Escritura Destacada para una Serie de Comedia.

Su argumento se centra en una joven londinense de incendiario e inagotable ímpetu (frecuentemente patentado en un voraz apetito sexual) que, con confusión y una indomable ira interior, busca enfrentar el trauma, la tragedia personal y la pérdida. Una mujer poderosa y sin reservas, de talante irónico y cínico que, sin embargo, debe granjearse un renovado y más sano sentido de la autoaceptación, un menos impulsivo y conflictivo autoconcepto y un autocontrol dado en sus propios términos y para sus propios términos.

El astuto hilado de su narrativa abunda en ingenio, carisma, humor negro, irreverencia, picardía y en un fino, incisivo e implacable sustento cómico. Sus mejores aliados: el fondo dramático de sus conceptos y el recurso expositivo de la ruptura de la cuarta pared.

Respecto al segundo, la capacidad de su protagonista para hablar directamente con el espectador (como lo hacen trabajos tan variados como Malcolm el de en medio, House Of Cards, Annie Hall y, de formas mucho más francas, todo el género del falso documental; The Office, Borat, etcétera) generará una firme complicidad con la audiencia. Ésta acompañará sus sagaces comentarios, dará una consistencia de intimidad compartida a sus monólogos internos y dotará de especial significado a los momentos en los que “Fleabag” (como suelen apodar críticos y reseñadores al personaje a falta de un nombre propio explícitamente mencionado durante el show) decida reservar su privacidad para sí misma.

Respecto al polo dramático de la serie, éste se convierte en el recinto y en el sustrato de su picante, contundente y siempre efectiva e inteligente comedia. Es éste el que nos revela un agudo cinismo, el que nos sugiere sutiles simbolismos y el que nos da la pauta para las honduras psicológicas de sus variados personajes.

El atrevimiento, descaro y autodeterminación con los que “Fleabag” ejerce su soltería se convierten en los referentes de su tragedia, por un lado, y en el desfogue de sus inseguridades, ansiedades y conflictos internos, por otro. Es el cinismo de la joven londinense el que teje una complicidad firme con sus espectadores y es el cinismo de la joven londinense el que delata su dolor. El que delata una incontrolable impulsividad que busca en la autoafirmación sexual un sentimiento de dominio, poder, autoapropiación y valor personal que se ha puesto en duda por el modo en que sus actos pasados se relacionan con la pérdida experimentada.

Los sutiles simbolismos de esta historia se parean con implícitas confesiones de la psicología de su protagonista. Van desde una pieza de arte robada a su madrastra (con quien no tiene una buena relación) hasta su incansable insistencia por entablar una relación sexo-afectiva con un sacerdote. Ambos actos como símbolos del poder que se busca recobrar tras la confusión, el dolor y el caos desatados por la muerte de un par de seres queridos.

Uno, por ejemplo, como una manera de empoderarse simbólicamente ante una nueva figura materna impuesta a su familia tras la muerte de su madre (i.e., intentando sentirse en control frente a su nueva madrastra al despojarla secretamente de la escultura de un torso femenino). Otro, por ejemplo, como una manera de enfrentar el caos generado por sus acciones pasadas y sus crecientes malentendidos al buscar empoderarse simbólicamente en la posesión carnal de un hombre que representa al poder divino (es decir, su avidez por conquistar a un sacerdote que, como ella misma declarará, representa el más alto poder que podría imaginar); esto, como un modo de recobrar de una buena vez un sentido completo e insuperable de autodominio.

Por supuesto, ambos simbolismo y ambas empresas mostrarán su insuficiencia para aquilatar el dolor interno de “Fleabag” y, sin embargo, le revelarán un camino de la libertad y el destino. Le revelarán el camino del amor.

Pero no ese idílico, romántico y poético amor que algunos afortunados encuentran en la vida sino un amor horrible, doloroso y aterrador. El amor que te hace dudar de ti mismo, que te hace juzgarte y que pone en primer plano la sustancia del propio ego. El amor con el que, sin entender a ciencia cierta por qué, te atreves a renunciar a lo que muy pocos renunciarían.

Un amor que exige otras fortalezas, que exige plantarle cara afirmativa o negativa a la esperanza de con-vivir, de co-existir y de compartir la propia subjetividad. El amor que nos obliga a decidir sabiendo que, de cualquier manera, nos quedaremos sin algo. Sin una porción de la absoluta independencia del ego, para unos, o sin la experiencia de encontrar el rincón donde un yo y un tú se compenetran hasta casi disolverse, para otros.

La comedia siempre representa a los individuos peores de lo que realmente son; el drama, quizá, los representa tan trágicos como naturalmente son. La comedia dramática, en casos tan bien ejecutados como Fleabag, logra balancear ambas perspectivas: la del realismo y la de cierto patetismo.

El amor es libertad y destino, como bien descubre mi amiga Andrea, porque es elección y suceso. Porque es compromiso constante y porque es inexplicable espontaneidad. Pero ¿qué pasa cuando el patético (que no ridículo) compromiso con el propio ego se revela como un inexplicable y espontáneo destino?¿Qué pasa cuando el compromiso diario que encontramos se vierte en la horrorosa, atemorizante y constante misión de juzgarnos a nosotros mismo y dudar de nosotros mismos?

Tengo el gusto de conocer al esposo de mi amiga y tengo la dicha de compartir un grado de alegría por la felicidad que sé que vive en pareja pero, al día de hoy, no puedo más que dudar de que mi camino sea igual al suyo. No puedo más que hablar por mi experiencia del amor que irremediablemente (patéticamente, quizá) termina siempre por devolverme a mi soltería. No creo que ninguno de los dos caminos sea mejor pero, definitivamente, se abren a esperanzas distintas.

Afortunadamente soltería no es sinónimo de falta de amor. Afortunadamente también ese amor doloroso, penoso, aterrador y lleno de dudas se puede experimentar en el propio cosmos interno. Afortunadamente, tanto para el pleno ejercicio de la soltería como para la vida plena en matrimonio, la construcción del amor propio es una previa condición de posibilidad. Afortunadamente también es obra espontánea del destino querer a unos solitarios y compromiso de la libertad individual transformar a la soltería en amor.

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