Soy tu fan: de la telenovela a la comedia romántica

Como parte de una reflexión sobre la relación actual entre espectador y espectáculo y como un ejemplo más de la evolución del entretenimiento contemporáneo —cada vez más interesado por personajes que se sientan reales y genuinos—, el ejemplo de la evolución de la comedia romántica en Latinoamérica —en México en particular— resulta especialmente interesante.

Para cualquier mexicano, las telenovelas han sido un fenómeno que en algún punto de la vida ha acompañado sus días. Todos, por casualidad o por afición, hemos visto una telenovela —completa, por partes o por lo menos en unitarios— y, allí, hemos conocido las características comunes de este género televisivo: tramas claras pero, a la vez, construidas por retahílas de eventos y eventualidades; personajes modélicos —villanos claros y protagonistas que provocan una simpatía mediada por historias trágicas o por un carácter casi de mártires—; arcos narrativos construidos en largos conteos de capítulos —más que suficientes para llenar semanas enteras de emisiones diarias—; recursos melodramáticos, sentimentalistas y, a veces, francamente inverosímiles y, por supuesto, el añorado, prometido y esperado final feliz —que, hay que reconocer, no sucede en todos los casos— que reúne, al fin, a los protagonistas en un beso, en una boda o en la formación de una familia.

El género televisivo —originado en la radionovela— fue, por décadas, el sinónimo del entretenimiento masivo en México y Latinoamérica. Ver un show de televisión que no fuera importado, de comedia o de variedad y que fuera producido en la región era —en la mayoría de los casos si no es que en todos— ver una telenovela. Una “comedia” como algunas abuelas aún le llamaban a este tipo de programas.

Sin embargo, con la irrupción de nuevos modos de entretenimiento que cada vez se preocupaban por construir narrativas que se sintieran realistas, o bien, por construir tratamientos narrativos que se sintieran más serios, surgió para nuestra región del mundo la producción de las primeras series de televisión creadas y escritas por talentos nacionales.

Así, en 2006 surgiría en la televisión argentina la miniserie Soy tu fan: creada, producida y protagonizada por Dolores Fonzi. El show, en aquella versión, duraría únicamente ocho capítulos y aportaría el tema musical original —Fan de Emmanuel Horvilleur, ex Illya Kuryaki and The Valderramas— de su futura nueva adaptación.

En la época, en México surgía un movimiento de modernización promovido por “las primeras series de televisión completamente mexicanas”. Surgirían intentos, principalmente de Televisa —el cuasimonopolio del entretenimiento mexicano en aquel momento—, por construir narrativas variadas y frescas con proyectos como El Pantera, 13 miedos y Los simuladores —serie originalmente argentina—, por mencionar algunos ejemplos.

Por su parte, la cadena de televisión pública del Instituto Politécnico Nacional, Canal Once, haría lo propio apostando por una producción de Canana Films — productora fundada por Diego Luna y Gael García Bernal—: la versión mexicana de Soy Tu Fan, de la mano de las argentinas Dolores Fonzi y Constanza Novick y protagonizada por Ana Claudia Talancón y Martín Altomaro.

El show se convertiría para una generación en el paso de la narrativa rígida, modélica y gastada de la telenovela a un nuevo modo de contar historias. Historias que se sentían más genuinas, que se parecían a lo que se vivía en el día a día y, sobre todo, que presentaban personajes incapaces de ser reducidos a la mera villanía o al mero martirio-simpatía.

Charly y Nico, en su versión mexicana, destacan en pantalla por su naturalidad. No hay aquí personajes estetizados que se sienten recubiertos por la plasticidad del fingimiento televisivo; hay dos personajes que se sienten como personas reales: una chica que lidia con una ruptura amorosa, que va y viene con los líos propios de su proceso de titulación —la bendita tesis— y que demuestra la virtud de sentirse confundido; que pone en pantalla lo que sucede a miles y millones de jóvenes adultos que, entre todos estos momentos trascendentales y significativos para su vida, siguen el impulso de una conexión amorosa o romántica sin saber a dónde los llevará.

Pero la potencia de este concepto no se queda sólo en sus protagonistas sino que avanza hacia los personajes que los rodean: hermanos, amigos, padres. Historias paralelas que exploran otras realidades como la “antimonogamia”, la ludopatía, el vivir —y desapegarse— con una pareja machista, el descubrir la propia orientación sexual y hasta el aprender a encontrar sinceridad en la propia vida para abrirse a un amor genuino.

Suman muchísimo, también, las locaciones que para cualquier defeño se sienten reconocibles. Parques, calles, bares, avenidas, departamentos, etcétera, que remiten, con toda seguridad, a esas citas que cualquiera de nosotros —millennials— tuvo en sus veintes. Entornos que reiteran esa naturalidad que cruza toda la mitología y la esencia misma de la historia de amor recurrente entre Charly y Nico.

Y, por si lo anterior fuera poco, Soy Tu Fan se redondea con una banda sonora que, por aquellos años, daba voz al pop alternativo de la época. Se mexicaniza la pauta marcada por Horvilleur —ícono del rock pop latino alternativo— y se construye un auténtico semillero de talentos musicales que terminarían de desarrollarse en los años siguientes: Agrupación Cariño, Carla Morrison, Le Butcherettes, Elis Paprika, Comisario Pantera, entre ellos.

Así, entre 2010 y 2011 se sentaron las bases de una serie de culto que construiría un sólido legado a fuego lento y que cambiaría la televisión mexicana. Una historia que este 2022 ha vuelto de la mano de Star Plus con una película que revisita a Charly y Nico diez años después de su última aparición en pantalla. Fonzi y Novick vuelven como escritoras y Mariana Chenillo, encargada de varios episodios de la serie, vuelve como la directora de un reencuentro entre personajes, elenco y fandom.

Como es natural, los roles de estos personajes han cambiado según su edad, se han adaptado a un nuevo momento familiar, a una nueva etapa de la adultez y a un nuevo momento en su relación. Un momento que, tras una década, se materializa en un reencuentro. El pretexto, la boda del hermano de Charly, Diego, y su mejor amiga, Ro.

Como película Soy Tu Fan excede su valor fílmico con nostalgia, modernización y ese romanticismo genuino y realista que la ha caracterizado. Su estilo de filmación establece una continuidad directa con la serie y, de paso, afirma su identidad equilibrada respetando el aspecto intuitivo, natural, humano y sincero de sus personajes a diez años de distancia.

El particular sentido del humor de la serie está ahí, renovado y refrescado por el ángulo de la vida a los treintaitantos. Las dinámicas que conocimos regresan, casi intactas, como preservadas y magnificadas por el paso de los años. El corazón genuino y auténtico del proyecto brilla de nuevo con la promesa de una temporada futura.

En las salas de cine se reviven los suspiros, las risas y, por supuesto, una que otra lágrima. Se revive la manera en que nos conmueve un nuevo modo de entender el amor, un nuevo modo de entender el entretenimiento y un nuevo modo de afrontar la propia vida con la ayuda de las representaciones que provee la ficción.

Nuestras abuelas hablaban de “comedias” donde el rol de la mujer solía estar estetizado y constreñido por las ideas de pureza, belleza, perfección y sufrimiento —una relativa sumisión ante las tragedias de la vida. A nosotros, con un cambio del paradigma de narración dominante, nos toca conocer estas historias bajo el ojo de la comedia romántica serializada o filmada. Un nuevo modelo en que la confusión propia de la libertad femenina está al centro de la ecuación. Una libertad que se celebra aún en sus contradicciones y sus tragedias inherentes.

Las historias ya no son esas donde un villano resalta de manera inconfundible y un protagonista brilla por su nobleza absoluta. Acá los protagonistas brillan por su espontaneidad y el modo en que ésta los convierte a veces en villanos, a veces en héroes. Los vínculos brillan por la autenticidad de sus complicaciones. La tragedia se hace presente a través de las manos de la vida misma y su impredictibilidad, los desencuentros, los malentendidos.

En un mundo contemporáneo que cada vez se presenta más sediento de autenticidad, en un mundo en el que lo genuino se pretende conseguir con esa máquina de fingimientos que es la cámara, en ese mundo, el ideal del amor perenne, eterno y constante se reinventa bajo los ojos de la imperfección, de la rusticidad del mundo real, de la incertidumbre que acompaña al hecho de vivir.

Se deshace paulatinamente la ilusión del final feliz absolutamente cerrado y perfecto y se avanza a la convicción de que el amor real puede permanecer eternamente pero que no se materializa mágicamente. Sólo con el trabajo constante de dos individuos capaces de asumirse humanos falibles, el amor se realiza. Se hace el amor cuando se reconoce la propia imperfección.

Persiste la esperanza de encontrar esa historia insuperable e incontestable de amor en estado puro que daba identidad al melodrama radiofónico pero se revitaliza a través de los ojos de la vulnerabilidad que acompaña a nuestro ser libres e inacabados.

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