Ta(lento) ra(mpa)nt(e y genu)ino.

Publicado en Diario Imagen el 28 de agosto de 2019.

La primera vez que tuve noticia de Tarantino habré tenido unos ocho, diez años de edad. Fue aquél clip de Los Simpsons en el que el director es mencionado, representado y parodiado en un capítulo de la ficticia serie Tommy & Daly. Como aficionado a la familia amarilla, y sin saberlo, seguí absorbiendo los varios y variados homenajes a la obra del director estadounidense que la serie animada (y muchas otras producciones) hace. Sería hasta mi adultez, quizá mis 20 años, que vi mi primer película de Quentin Tarantino: Pulp Fiction.

Como muchos quedé impresionado por el énfasis en la espectacularidad de la violencia en la que algunos llaman la obra maestra del director. De inmediato, dos consecuencias: primero, ver cuantas películas fuera posible del cineasta y, segundo, reflexionar sobre aquél furor por la violencia. Siempre pensé que se trataba de una búsqueda por mostrar a la violencia como algo absurdo, de ahí, el exceso de sangre, de ironía y de sadismo cinematográfico característicos de la genialidad tarantinesca. Teoría que tuve el gusto de confirmar (al menos parcialmente) hace poco con una entrevista en la que el cineasta explica que su gusto por los efectos especiales tan contundentes y marcados tiene que ver con el valor de entretenimiento, con una apuesta por lo más atractivo de ver, lo que cualquiera que vaya al cine está esperando encontrar (además de ser, claro está, una de las herencias de su tan amado spaghetti western).

Dicho de otro modo, el gran gusto de las películas de Tarantino por la violencia no descansa en el sentido mismo de la violencia, quizá ni siquiera tanto así como en el absurdo de la violencia, sino en la irrealidad de lo que estamos viendo, es decir, la frontera entre lo real y lo ficticio. Entre el cine, la narrativa, una historia y la vida real. La construcción desde la que lo querido y deseado en pantalla no necesariamente puede (ni debe) ser querido en la vida real. Muchas veces se le ha planteado este cuestionamiento al director, mismo ante el que suele molestarse: “¿no te preocupa que el excesivo uso de violencia en tus películas provoque actitudes violentas en el mundo real por parte de los jóvenes que gustan de tu cine?”  A lo que el cineasta contesta siempre destacando a la violencia como un recurso, fundamental quizá, pero al final recurso, para contar sus historias, pero nunca como algo deseable para la vida real. Y creo que justo en Once Upon a Time… in Hollywood, su más reciente película, esto se demuestra en varios sentidos.

La película es un homenaje a los diferentes canales desde los que abreva el cine de Tarantino, desde las artes marciales de Bruce Lee hasta el hippiesmo de los 60s casi 70s y la última era de los héroes del western y sus narrativas. De manera focal, la trágica muerte de Sharon Tate a manos de los seguidores de Charles Manson en agosto de 1969. Todos estos, eventos y sucesos con los que el cineasta creció, que moldearon la precisa sensibilidad desde la que hace hoy sus películas y que en esta ocasión nos narra jugando primordialmente con el espectador.

Los especialistas suelen decir que los homenajes al mundo del cine, los “baños de sangre”, sus extraordinarios soundtracks (con una inigualable sensibilidad para jugar con la relación música/escena) y su particular estilo de tejer una trama son las notas esenciales del trabajo del exitoso director. En lo que toca a sus historias, en específico, ese binomio formado por la venganza y la actuación de quien oculta un secreto, es decir, el hecho de que, en las películas de Tarantino, es siempre recurrente el perfil de personajes que buscan venganza y que necesitan ocultar algo de alguien para conseguirla; elementos que garantizan la tensión, cautivadora, que hace a sus cintas tan adictivas.

Tarantino ha llegado a comparar su trabajo con el de un director de orquesta, insinuando que su tarea es controlar el ritmo con el que se siguen las emociones de su audiencia por medio de un lúcido trabajo visual, narrativo y sonoro. Por ejemplo, como lo pone él en alguna entrevista, marcando un cierto paso: “ríe, ríe, ríe, deja de reírte…deja de reírte, ahora ten miedo”.

En Once Upon a Time…in Hollywood estas características se potencian con un par de movimientos simples por parte del director pero que tienen un efecto profundamente innovador en el resultado final. Posponer el clímax de su trama hace que el modo en que uno se sumerge en la experiencia de este film sea mucho más puramente entretenida. En esta ocasión, los recursos que suelen caracterizar a las películas de Tarantino se dejan al final, de manera que quien oculta un secreto esta vez es el propio narrador de la historia (i.e, el director), quien ahora tiene que jugar con esta realidad fantasiosa, con esta fábula de la vida real, para encontrar venganza. La venganza del trágico agosto de 1969 ejercida de una manera genial, magistral y casi poética. Mostrándonos lo que pudo ser y, en el camino, llevándonos a tres entornos distintos de Hollywood: el de Sharon Tate, del éxito en ascenso que parece no tener fin y al que nada puede detenerlo, el de Rick Dalton, de la carrera en descenso, que ya no va a más pero que tampoco es tan triste como parecería, y el de Cliff Booth, de todos aquellos que hacen al gran Hollywood posible pero que están fuera del reflector, del glamour y del reconocimiento (incluso, fuera de las adulaciones, la autocomplacencia y las falsas necesidades que genera el tenerlo todo).

Nos recuerda también, con su película, que nuestro libre albedrío siempre puede darle la espalda a la violencia (o, para ser más precisos, salir corriendo de ella en un automóvil). Que por realista que sea una película, por buena que sea, siempre tiene el halo nostálgico (o a veces reconfortante) de no ser real. De ser sólo un cuento que nos contamos, de ser una mentira que nos gusta que nos digan y de ser una ficción de la que disfrutamos ser parte.

Cosa aparte es el mundo real, que exige muchas más atenciones. Donde los secretos, las posposiciones o las venganzas no son cosa de juegos o sorpresas agradables, donde lo que vivimos de hecho tiene consecuencias irreparables y patentes; concretas e imborrables. Donde elegir darle la espalda a la violencia no es un hecho lamentable, por el contrario, es lo mejor que podríamos hacer: porque no hay nadie a quién entretener, porque la vida no es una película. Porque aunque debamos encontrar el modo de narrarnos nuestra propia historia para poder ser operativos y para construir un mundo que podamos desear universalmente (es decir, que podamos desear que sea el caso para todos y cada uno de los individuos que lo componen); nunca debemos confundir la fantasía con la realidad.

Porque borrar las líneas entre lo que es y lo que no es, entre esos dos polos que nos atraen a cada paso de nuestra existencia: la fantasía y la realidad, puede costarnos el perdernos de un mundo real, demasiado real. Pero, sobre todo, perdernos de fábulas, fantasías, historias y cuentos que tienen su gracia en pertenecer al dominio de lo irreal. Cuentos como Había una vez…en Hollywood, sólo digno de un talento rampante y genuino, como el de Tarantino.

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