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Desde épocas muy tempranas de la reflexión filosófica y la reflexión humana, la tecnología ha ocupado un lugar esencial como uno de los grandes componentes de lo que nos erige como animales racionales que se relacionan de una manera única con el mundo.

Así, ya sean los primeros utensilios de caza, la rueda, el dominio del fuego, los medios de transporte, el uso del carbón como fuente de energía, la energía eléctrica y hasta el Internet; la Historia de la Humanidad y su desarrollo ha estado íntimamente ligada con nuestros avances tecnológicos y los modos en los que estos remodelan nuestra vida con sus surgimientos.

En consecuencia, la Filosofía ha desenvuelto en su interior una serie de reflexiones epistemológicas, estéticas, sociales y políticas que se preguntan por el papel de la tecnología como parte del hecho humano y como factor determinante para la cultura. A estas reflexiones se les conoce como la Filosofía de la Tecnología, área del pensamiento que recientemente se ha dado un nombre específico a sí misma y que aún hoy sigue delimitando los confines de su objeto de estudio.

De manera histórica, el gran motor para esta nueva delimitación de área de reflexión y para una novedosa y necesaria preocupación por la relación entre humanidad y tecnología surge como consecuencia de los volátiles nuevos límites alcanzados por el siglo XX. En específico, el abrupto y demoledor cambio de horizonte que implicó la llegada de dos Guerras Mundiales, armamentos de calibres inconmensurables y, lo que por primera vez atestiguó el homo sapiens en más de 315 00 años de desarrollo tecnológico, un dispositivo –creado por él mismo− capaz de acabar con cualquier rastro de la raza humana: la bomba atómica o bomba nuclear.

De tal manera, surge una nueva reflexión filosófica que no sólo se pregunta por las implicaciones estructurales de la tecnología como parte del hecho humano sino que, con justa razón, se pregunta por la relación que guardan los tres elementos fundamentales de su dinámica: el creador de la tecnología, el usuario de la tecnología y el objeto tecnológico mismo. Surge así, como consecuencia de los hechos históricos y la tradición previa a la Filosofía de la Tecnología, la Ética de la Tecnología o Tecnoética –como algunos intelectuales han defendido que debería llamarse al área de estudio.

Por su definición, la Ética de la Tecnología estudia las conceptualizaciones, efectos y aspectos morales y éticos de la tecnología como parte del hecho humano. Preguntándose, desde ángulos interdisciplinarios, por el papel, responsabilidades, diseño, riesgos y neutralidad o agencia moral de los nuevos alcances de las herramientas que conforman nuestro día a día –ya sea en la forma de la tecnología en general y el modo en que nos apoyamos en ella, o bien, en la forma de tecnologías puntuales como los videojuegos, los dispositivos móviles (smartphones, tablets, etc.) y, por supuesto, el Internet y sus cada vez más variadas aplicaciones.

Desde este punto vista, no es complicado entender por qué la cultura popular ha hecho un notorio viraje hacia la figura del ingeniero computacional, el desarrollador de aplicaciones y el (antes llamado) nerd como centro de múltiples representaciones de un nuevo modelo de éxito.

Así, por ejemplo, cintas como The Social Network de David Fincher, que expone desde un tono biográfico-dramático el surgimiento de Facebook, o los films Steve Jobs y Jobs que, desde dos puntos de vista distintos, exploran la vida, carácter y ascenso de la figura detrás de Apple. Así, por ejemplo, en tonos más cómicos series como The Big Bang Theory o Young Sheldon.

Así, Silicon Valley; nombrada como la ciudad que hoy alberga los cuarteles generales de empresas como Uber, Lyft, Google, Facebook, Apple, Electronic Arts (EA), Hewlett-Packard (HP), Nokia, Twitter, PayPal y un sinfín de proyectos emergentes (startups). La serie disponible en HBO Max y emitida en HBO entre 2014 y 2019 sigue al ingeniero en sistemas Richard Hendricks y su grupo de amigos (Erlich, Big Head, Gilfoyle, Dinesh, Jared y Monica) mientras intentan abrirse paso en la imponente ciudad de California con un algoritmo capaz de cambiar el almacenamiento de información, la distribución de contenidos digitales y la Internet.

Los obstáculos para Pied Piper, la empresa de Richard y compañía, serán −de manera típica para el patetismo cómico− el egocentrismo de los grandes actores del mundo de la tecnología, las falsas amistades, los intereses económicos exacerbados, la propia megalomanía de sus creadores, estafas, demandas y malos contratos y, más determinante que todo, el aferramiento de Hendricks a un código moral personal en un mundo carente de cualquier compromiso ético.

Por supuesto, Silicon Valley es sólo una parodia del mundo empresarial que le da nombre pero, como tal, tangencialmente exhibirá las complejas relaciones que existen, en el mundo real, entre, por ejemplo, redes sociales y (la imposición o perpetuación de) gobiernos; las ambiciones desmedidas de los grandes empresarios de la tecnología y un negligente uso de la recolección de datos personales para traducirlos en ganancias, publicidad y ventas; la descarada infracción de la privacidad de usuarios  y la mercadotecnia contemporánea; la megaproducción de dispositivos tecnológicos y condiciones inhumanas de trabajo −tanto para desarrolladores como para productores manuales; más para quienes se encargan de fabricar nuestros celulares o tablets−; la vanidad de los grandes nombres de la industria y el entorpecimiento del desarrollo de mejores tecnologías; la tendencia a monopolizar mercados y el autofágico y voraz ímpetu del capitalismo; la cultura al ego y la competencia insana, cruel y despiadada; la erección de nuevos reyes del ámbito público (redes sociales, apps, plataformas) y su actuar por encima de la ley y  más allá de cualquier regulación; etcétera.

Durante sus seis temporadas y con un efectivo, franco y poco censurado tono satírico, entonces, Silicon Valley –creada por el responsable de Los Reyes de la Colina y Beavis y Butt-Head; Mike Judge− nos devolverá una reflexión sobre lo disruptiva que resulta la moralidad en un mundo que, hasta hoy, sigue viviendo sin reflexión suficiente, sin compromisos éticos claros y con prioridades monetarias: el mundo de la tecnología.

Apuntará, en consonancia con la estructura que inspira a la Filosofía de la Tecnología y la Tecnoética o Ética de la Tecnología, a un asunto simple pero incisivo y profundo: que, al fin y al cabo, la tecnología es hecha por humanos para humanos. Que, en toda su precisión y perfección, la tecnología difícilmente escapa a los vicios de quien la programa y quien empuja el modo de emplearla. Que quizá no es tan sencillo deslindar a nuestras herramientas –tan complejas y vivas como están hoy en día− de ciertas implicaciones morales o, cuando menos, de ciertas precauciones éticas. Que llenarnos de herramientas implica, también, efectos en el medio ambiente, en nuestro modo de vivir, en nuestro carácter, en nuestro actuar, en la disponibilidad de los recursos −naturales o artificiales− con los que contamos y contaremos en el futuro. Que, la tecnología, no aparece mágicamente en las tiendas; que la tecnología cuesta el sudor, sangre y lágrimas de personas reales.

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