The Grabber

Como he escrito antes, la distancia entre el horror y el terror puede encontrarse en la diferencia entre una historia de la vida real y una fantasía sobrenatural. Porque es a través de la placentera mentira de la narración que somos capaces de expiar lo incomprensible que puede llegar a ser la crueldad humana y la tragedia existencial. Lidiamos, con la imaginación inventiva y las historias que brotan de ella, con lo inexplicables que son las atrocidades cometidas por otros seres humanos.

Las historias que somos capaces de contarnos consiguen un horizonte compartido para las historias reales y verosímiles y para el misterioso atractivo de las explicaciones sobrenaturales. Los modos oblicuos en los que combinamos siglos de incertidumbre, folklor y horrores de la vida real. Historias simples, directas, completas, complejas y ricas en recursos como la nueva cinta de Scott Derrickson (El Exorcismo de Emily Rose, Sinister, Doctor Strange), The Black Phone o El teléfono negro.

Surgida tras la salida de Derrickson como director de la segunda entrega del Doctor Extraño por “diferencias creativas” con Marvel Studios, la película de horror criminal y suspenso sobrenatural se convirtió en un cambio de miras para el cineasta que decidió volver a sus orígenes en el cine de horror y terror con un proyecto en el que llevaba un buen tiempo trabajando.

La cinta, protagonizada por Ethan Hawke, se inspira en un cuento corto homónimo del escritor estadounidense Joe Hill, reconocido y prolífico autor cuyo estilo propio arroja pistas sobre un origen personal y literario vinculado a Stephen King (Eso, El Resplandor), su padre. En ella, como en la estructura de la historia que pone en pantalla, se entremezclan conceptos de habilidades sobrenaturales salvadoras y enigmas siniestros de la vida real; villanos perversos decorados por una incontenible a-racionalidad y niños navegando un mundo cruel en el que son capaces de descifrar lo que sus adultos no.

Así, El teléfono negro cuenta la historia de los hermanos Finney y Gwen Shaw y otros jóvenes de los suburbios de Colorado, Estados Unidos durante los años 70; en una pequeña localidad de Denver en la que, de manera repentina, algunos niños desaparecen en condiciones misteriosas. Las alertas por esta situación engendran el mito de “El Raptor”, nombre que se le da al misterioso personaje que secuestra a estos pequeños.

Pronto, la amenaza se materializará en la vida de los hermanos Shaw, convirtiendo a uno de ellos en la siguiente víctima del captor. Su única esperanza para salir con vida de esa situación serán los sueños videntes de uno de ellos y el sonido de un teléfono negro desconectado y viejo pero que aún tiene a alguien del otro lado de la línea.

Con una duración de poco más de hora y media, uno de los primeros favores de este film es su precisión narrativa, su economía de elementos que permite que cada una de las piezas que construyen su historia se desenvuelva con el tiempo adecuado y, más importante aún, para los efectos requeridos.

Hay un toque importante de nostalgia realista que retrata la vida de los niños en los setenta, hay un entorno bien construido que expresa las tensiones de una época en la que se empiezan a gestar las grandes mitologías criminales detrás de los asesinos seriales y las historias de true crime. Hay una claridad sobrenatural orgánica que sirve como eje principal y hay un fino contraste con el diseño de un monstruo que bien podría haber salido de cualquier página de periódico.

Por un lado, The Grabber o El Raptor, excelentemente interpretado por Ethan Hawke, como una encarnación del horror de la soledad, la violencia y la desensibilización. Un monstruo que conocemos a través de una máscara siniestra —que Hawke trasciende actoralmente con expresividad corporal, una voz que transmite dolor, ira y aflicción y exudando un cinismo desesperanzado, vil. Una especie de mezcla entre Freddy Kruger, Pennywise, Willy Wonka, Lon Chaney y el Joker de Heath Ledger que, al tiempo, recuerda a John Wayne Gacy, Richard Ramirez o a los asesinatos en Atlanta durante 1979 y 1981.

Por otro, la astucia infantil. El poder de la irreverencia y la picazón juveniles que siguen a una intuición, sobrenatural en este caso, que termina convirtiéndose en la luz al final del camino. La conciencia puberal que trasciende las formalidades y las preocupaciones artificiales del mundo de los adultos. La valentía del joven por acatar el mandato de lo incomprensible. La salvación de la astucia juvenil frente a los productos de un mundo de adultos anestesiados por los efectos negligentes de sus propias omisiones o de su simple “acatar las reglas”.

Lo que tiene de genial The Black Phone es el modo en que une los horizontes de lo sobrenatural con los horizontes del crimen real. El modo en que le asigna el verdadero terror a los seres de carne y hueso, del aquí y del ahora, del mundo real; en contraposición con las entidades de lo sobrenatural y la esperanza de la inmaterialidad inasible e inexplorada. Lo dice bien la sabiduría popular: hay que tenerle miedo a los vivos, no a los muertos.

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