Una de las distancias más enriquecedoras que he encontrado entre el cine y la filosofía es que éste no necesariamente se rige bajo normas lógicas y que su principal objetivo no es tanto hacer sentido como provocar emociones complejas y plantear preguntas inquietantes por medio de estímulos impactantes. De este modo, el séptimo arte entrega mensajes, metáforas y experiencias estéticas que abordan, reinventan y reinterpretan, desde nuevas ópticas, hechos radicalmente humanos.

Desde ahí, entonces, hablar de Titane de la directora francesa Julia Ducournau, la historia de una asesina serial que queda embarazada de un automóvil y que se hace pasar por el hijo desaparecido de un bombero, puede comprenderse con mayor facilidad. Bajo la regla no de la literalidad sino de la alegoría y bajo la regla no de la linealidad del yo sino del constante flujo del género y la identidad de los individuos. Incluso, bajo la regla no del realismo explícito sino de la explícita no-racionalidad de una fábula de horror que, no obstante, desnuda los hilos elementales del amor paternofilial.

La película sorprendió al pasado Festival de Cine de Cannes 2021 —que tenía como su favorita para la Palma de Oro a la cinta Benedetta del veterano Paul Verhoeven— irrumpiendo con su mezcla de géneros narrativos —del suspenso, a la comedia, al drama, al horror corporal–, con su aguda, vistosa y provocadora estética visual grotesca y psicológicamente perturbadora y con su enternecedora, mágica y ennoblecedora historia de la soledad compartida de dos parias de la convencionalidad que construyen un cariño mutuo que trasciende sus vidas pasadas y sus motores personales.

Una historia que exige renunciar, momentáneamente, a las respuestas concretas y a la intuición lógica para envolvernos en una experiencia fluyente que marca pautas diversas: sensualidad, tensión, ternura, confusión, revelación y una explosión cinematográfica que reúne en un horizonte compartido a la inverosimilitud grotesca de un cuerpo cambiante y al contundente y absoluto peso de un amor que promete estar para el otro, siempre y bajo toda condición.

Es así como, en contra de lo esperado y rodeada de polémicas, Titane se alzó con la Palma de Oro 2021 en Cannes. Ganando, también, una destacada presencia en importantes festivales de cine y nominaciones en múltiples premiaciones que aclaman, principalmente, el trabajo de su directora (Ducournau), de su debutante protagonista (Agathe Rouselle) y de su veterano coprotagonista (Vincent Lindon).

Dentro de su excéntrico cosmos visual, Titane aborda orgánicamente temas diversos. Su corazón está en el amor que un hombre desolado desarrolla por la persona que, él cree —o se empeña en creer—, es su hijo desaparecido; a quien no había visto por décadas y a quien, ahora, está dispuesto a adoptar y amar a toda costa. Su sostén está en el cambio de identidad de Alexia, quien logra transitar, con toda naturalidad y sin mayores conflictos, entre el género femenino de una buscada asesina serial y el género masculino de un antiguo niño perdido, Adrien —el alter ego por el que se hace pasar—, que (re)construye una relación padre-hijo desde una actitud defensiva y desconfiada. Su germen está en el común y corriente aparejamiento entre mujeres y automóviles; en el rudimentario festejo de “lo masculino” a través del binomio sensualidad/velocidad, sensualidad/metal, sensualidad/titanio (titane, en francés).

Porque ese es el camino más “lógico” que se puede hallar para la atracción sexual de Alexia por los automóviles: una naturaleza compartida a través del titanio de las máquinas y el titanio de la placa metálica que protege el cráneo de la también bailarina exótica.

Porque ese es el camino más “lógico” para comprender Titane como una alegoría del deseo sexual —que siempre puede encontrar nuevos objetos y como una demostración de la fluctuación constante que acompaña a las características de género —masculino, femenino y no binario— que le atribuimos a los sexos biológicos —macho, hembra e intersexual— y a su potencial vaivén.

Porque ese es el camino más evidente para comprender Titane: la historia del amor entre un padre —que ya no es padre— y un hijo —que no es el hijo perdido— que no se atiene a la necesidad de las construcciones sociales por etiquetar las cosas, por juzgarlas, por acomodarlas dentro de “lógicas” incuestionables.

En el mundo de lo demostrable, de lo cuantificable, de lo lógico y lo estrictamente científico, la pregunta “Papá, ¿me querrías sin importar lo que yo fuera?”, no tiene un valor absoluto ni una respuesta correcta. Incluso, añadidos elementos como la fluidez y la transición de la identidad de género o una hipotética avidez sexual dirigida a automóviles o los más inverosímiles escenarios de la mutabilidad del cuerpo humano; la cuestión entraría en territorios de polémica, risibilidad, candente discusión y un largo etcétera.

En el mundo de lo no-siempre-demostrable, de lo cualitativo, de lo no-necesariamente-lógico —o lo lógico-de-otra-manera— y lo estrictamente estético-artístico, la pregunta “Papá, ¿me querrías sin importar lo que yo fuera?”, sólo tiene valor en la medida de sus infinitas posibilidades y de sus insondables horizontes. Incluso, añadidos elementos como la fluidez y la transición de la identidad género o una hipotética avidez sexual dirigida a automóviles o los más inverosímiles escenarios de la mutabilidad del cuerpo humano; la cuestión se expande a los inagotables territorios de lo extrahumano, de la inconmensurable diversidad de la experiencia vivencial y la indeterminable capacidad de los seres humanos para convivir, apreciar y amar. De eso se trata Titane y por eso es fascinante.

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