Traes un «pelado» adentro.

Publicado en Diario Imagen el 27 de marzo de 2019.

En 1934, Samuel Ramos publicó la primera edición de su obra El perfil del hombre y la cultura en México, uno de los primeros estudios filosóficos que tomó por objeto la identidad del mexicano. El texto de Ramos fue influido por la naciente psicología que en aquél momento tenía a los alumnos y colaboradores de Sigmund Freud como representantes principales. En específico Alfred Adler y Carl Gustav Jung jugaron un papel clave para el análisis del filósofo mexicano; siguiendo la pista del psicoanálisis, interpretó la historia de la cultura mexicana como la historia de un organismo vivo que construyó su identidad a partir de eventos determinantes en su vida. Así, revisa momentos como la Conquista, la prehispanidad, la hispanidad, el colonialismo, la Independencia, el afrancesamiento, etcétera.

Según Ramos, cada uno de estos momentos en nuestra historia revela un sentimiento de inferioridad que hemos interiorizado y que se ha convertido en el fondo de la psique del mexicano. Sin embargo, el filósofo atribuye este sentimiento a un problema de autopercepción más que a una realidad. En consecuencia, como parte de su estudio analiza, a partir del sentimiento de inferioridad propio del mexicano, varias actitudes y perfiles que solían ser comunes en los años treinta y que, al parecer, siguen teniendo alguna vigencia.

El fin de semana pasado la Ciudad de México fue anfitriona de Pangea 2v2 uno de los torneos más importantes de batallas de freestyle o rap improvisado del año; se trata de una competencia internacional que en esta ocasión reunió a treinta y dos representantes de ocho nacionalidades distintas. Este evento tiene la particularidad de haber nacido en el underground, en las calles y hoy, como parte del apogeo actual de este tipo de competiciones y con un cartel envidiable, logró reunir a más de ocho mil asistentes. El plato fuerte era ver a Aczino (México) y Chuty (España), considerados los dos mejores freestylers del habla hispana, haciendo dupla. Había quien proclamaba una victoria  obvia en favor de ellos días antes del evento, sin embargo, y como suele suceder en este tipo de pugnas, Cacha (Argentina) y Dominic (México), quienes aparecían como una dupla sólida aunque no la principal favorita, resultaron vencedores. El resultado ha sido polémico en redes sociales, lo cual ya es cosa de todos los días para quienes seguimos este deporte; también se ha criticado mucho la actitud del público que se ha atribuido especialmente a que, al ser tan numeroso, se componía de mucha gente “ajena al movimiento o cultura hip hop”.

A pesar de su reciente popularidad, cuando se habla sobre el freestyle y el rap en general se sigue dirigiendo la atención a sus letras asociadas al crimen, el vandalismo, la promiscuidad y, en una expresión, su ímpetu por mostrar “quién es el más chingón”. Es verdad que estas temáticas y este leitmotiv siempre están presentes en estas expresiones de la cultura hip hop, sin embargo, se suele obviar cuál es el propósito de eso. No se trata de ostentar una fuerza o poder de manera absurda sino de reivindicar la valía del dolor y las penas que nacen de la desigualdad, de los diferentes clasismos y racismos que generan una cultura que se testifica en las letras del rap pero que, al mismo tiempo, se denuncia. En otras palabras, uno de los intereses fundamentales del movimiento es sublimar en arte y avance cultural el golpe traumático y de fondo que implica la desigualdad y la injusticia social por medio de testimonios auténticos y genuinos de cómo es la vida en las calles, en los barrios, en los guetos, en las comunas y similares.

En su obra, Ramos dibuja al “pelado” como “la expresión más elemental” del carácter nacional pues la vida “le ha sido hostil por todos lados” provocándole un resentimiento y una “naturaleza explosiva”. “Sus explosiones son verbales”, sigue Ramos, y constituyen la puesta en escena de una “ferocidad” que intenta hacer creer a los demás que él es “más fuerte y decidido”. Busca constantemente la riña para “elevar el tono de su «yo» deprimido”. Su terminología “abunda en alusiones sexuales” que presentan al “órgano sexual [masculino] como símbolo de la fuerza”; en sus riñas verbales “atribuye al adversario una femineidad imaginaria, reservando para sí el papel masculino” en la pretensión de mostrarse superior. El “pelado” “se consuela con gritar a todo el mundo que tiene «muchos huevos»” pues “trata de llenar su vacío con el único valor que está a su alcance: el del macho”. Finalmente, Ramos enfatiza que, si bien las clases sociales pueden provocar el sentimiento de inferioridad del “pelado”, “no es el único factor que lo determina” ya que “éste asocia su concepto de hombría con el de nacionalidad, creando el error de que la valentía es la nota peculiar del mexicano”. El filósofo remata escribiendo: “aquel sentimiento existe [también] en los mexicanos cultivados e inteligentes que pertenecen a la burguesía”.

Para quien conoce el rap y las batallas de freestyle resulta claro cómo muchos de los discursos de esta disciplina empatan con la descripción de Ramos; sin embargo, debe reconocerse que el movimiento no pretende quedarse ahí. Los propios raperos discuten en cuantos espacios se les dan que, si bien ese es el medio de expresión, la finalidad no es la mera afirmación vulgar tanto como la denuncia de la desigualdad y, en consecuencia, la promoción de la unidad por medio de la hermandad o brotherhood. Justo en este punto es en el cuál Pangea me pareció más destacable, más allá de la competitividad y los juegos verbales de dominio, darnos cuenta de la diversidad de culturas y orígenes que componen el mundo hispanoparlante debe admirarnos. La capacidad que tenemos de entendernos y jugar un mismo juego lingüístico no es cosa menor ni es algo de lo que muchos otros idiomas puedan presumir: tenemos una red potencial de hermandad, fraternidad y sororidad que se compone, como mínimo, de quinientos setenta y siete millones de hablantes nativos.

El Misionero, afamado host de estos eventos, logró sintetizar el espíritu de esta cultura en tres simples reglas: respeto, diversión y hermandad (cuidarse los unos a los otros). Su razonamiento tiene de elegante y efectivo lo que tiene de simple, la conciencia de que quien está a mi lado es la novia o novio, hermana o hermano, padre o madre, amigo o amiga de alguien más debe bastar para que yo sea capaz de respetar a ese ser humano, por mera empatía, la conciencia de la ocasión particular en la que nos encontrábamos quienes asistimos al Pangea debe bastar para que uno sea capaz de desahogarse y olvidarse de sus problemas por un momento sin faltar al respeto a nadie y, por último, la conciencia de estas dos ideas debe traducirse en mi capacidad para empatizar con las necesidades de quien se encuentra a mi lado y, por tanto, hacerme capaz de ayudarlo a solucionar cualquier problema que se le pudiera presentar siempre que se encuentre en mis capacidades sin perder respetos ni diversiones.

Así, el primer paso para la empatía, querido lector, está en la identificación y si hasta aquí usted se siente ajeno a lo que escribo, lo invito a leer de nuevo el título de esta columna y si es capaz de encontrar en él algún doble sentido, lo felicito, usted también tiene un “pelado” adentro. Pero no se preocupe, esto es sólo una ilusión, una denuncia que trata de recordarle que está en sus manos deshacerse de machismos palurdos y unirse a una red de hermanos y hermanas que rompan con las desigualdades y las injusticias sociales. Sólo hay tres reglas: respete a los demás simplemente porque son seres humanos igual que usted, diviértase, disfrute su vida y busque su felicidad sin violentarse a sí mismo y mucho menos a los otros seres humanos y, finalmente, atrévase a empatizar y a preocuparse por las necesidades de los demás, ayúdeles a ser respetuosos y a ser felices, que sólo así usted alcanzará una real oportunidad de ser feliz.

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