Tres versiones del rock.

Publicado en Diario Imagen el 20 de marzo de 2019.

Afónico, adolorido, somnoliento pero revitalizado; así escribo este artículo. En este momento me invade esa especie de resaca que dejan las sobrecargas de endorfinas y adrenalina que sólo las experiencias catárticas provocan. Unos le llaman “depresión post concierto”, en mi caso se ha de llamar “depresión post Vive Latino”. Afortunadamente tengo este espacio escritural para diluir cualquier rezago de nostalgia en el gusto de compartir algo de mi experiencia.

Los organizadores del Festival Iberoamericano de Cultura Musical Vive Latino siempre han defendido que el rock, más que como un género musical, debe entenderse como una actitud que se expresa por medio de diferentes ángulos musicales. No existe expresión más atinada en el caso del llamado rock en español pues es imposible negar que Los Fabulosos Cadillacs, Molotov, Los Auténticos Decadentes, Café Tacvba, Caifanes, Héroes del Silencio, Panteón Rococó, Fobia, Soda Stereo y muchas otras bandas han definido con su trabajo lo que es el rock hispanoparlante y, al mismo tiempo, resulta imposible negar que todas estas bandas cuentan en su repertorio de éxitos con canciones que pertenecen a otros géneros musicales y que incluso muchas de sus canciones “más rockeras” abrevan de la salsa, la cumbia, el tex mex, el mambo, el ska, el reggae y demás.

Varios actos se destacaron durante el fin de semana pasado, sin embargo, me centraré en los tres que más me impactaron y cómo cada uno de ellos representa el rock de manera distinta; no sin antes mencionar la irreverencia de Machingón, la reivindicación de la cumbia de barrio de Sonido Gallo Negro, la maestría, el discurso y la elocuencia que raya en lo poético de Óscar Chávez, la nostalgia de un final convertida en la celebración de una trayectoria en la última presentación de Liquits, la osadía de Bomba Estéreo al combinar psicodelia y sonidos autóctonos con reggaetón, champeta y electrónica, las letras de Intocable capaces de transgredir géneros musicales y la energía, la verdad, el carácter y la elegancia del trap de Alemán.

El Huelum y el Goya del IPN y la UNAM respectivamente evocan una rivalidad fraternal y originalmente deportiva, sin embargo, para poder tener diferencias es necesario tener algo en común y ambas instituciones, además de ser lugares de origen de una cierta rebeldía que lidera muchas de las voces de nuestro país, cuentan con versiones musicalizadas de sus cánticos característicos. Ambas versiones sonaron en el Foro Sol durante la presentación de la Orquesta Dámaso Pérez Prado que puso a bailar a los asistentes del Vive Latino al ritmo de mambo con estos himnos populares y muchas otras canciones que, sin que uno se haga consciente, forman parte de un modo de expresar nuestra picardía identitaria. Acompañados de figuras del rock como Santi de Little Jesus y Rubén Albarrán más algunos otros invitados, la Orquesta dirigida por Israel Garnica recorrió la carrera del cubano naturalizado mexicano con un particular dominio del escenario y con paciencia y pertinencia. Confiados en que la música comunica mejor, se dedicaron a tocar y esperaron ese momento en el que el encuentro de los caracteres del público y de los éxitos de Pérez Prado estallara en un delicioso baile de mambo. Lo rockero a ellos les vino desde lo popular, bajo la comprensión de que el mambo y el rock en diferentes momentos fueron la voz de una juventud universitaria y de cierta cultura urbana.

El caso de Miranda! resulta casi paranormal o quizá muy apegado a la Teoría de la Relatividad de Einstein pues su música alteró el tiempo y espacio durante una hora. Su nerviosismo era notorio pero no tanto como para arruinar una abrupta entrada que había sido precedida por el característico sonido con que empieza su éxito “Don”. Los gritos del público fueron ensordecedores desde el segundo en que apareció en pantalla el logo de la banda. El tiempo pasó tan rápido pero a la vez fue tan sentido que una paradoja física se materializó en todos los que presenciamos aquél show. Éxito tras éxito acompañados de una seguridad por parte de sus intérpretes que se acrecentaba con cada nota coreada y tarareada por el público. Claramente la energía que se vivió ahí fue única, de esas que no suelen repetirse nunca en un festival como el Vive. Finalmente llegó el momento que todos los asistentes habían estado esperando; tal era la euforia que incluso la presentación de Jay De La Cueva como invitado sorpresa quedó en segundo plano cuando el dueto argentino empezó a cantar su éxito más conocido. Su éxito alcanzó el punto más alto cuando en un grito comunitario todas aquellas emociones que debían ser expulsadas encontraban su desahogo: “es un solo, es la guitarra de Lolo”. El rock en este dúo exhibió sus colores tarde, quizá entorpecido por la plataforma eminentemente pop que los dio a conocer; sin embargo, sus letras que encierran una irreverencia sexual, digna de artistas como Molotov, imperceptible para el oído simple, su irrenunciable autenticidad y congruencia y su valentía para afrontar a un nuevo público con confianza en sus cualidades sirvieron de premisas para una anticipada conclusión: estos muchachos sí que saben rockear.

Finalmente, el admirable caso de Javier Bátiz. Tratar de explicar por qué “el Brujo” es rockero en lo musical sería tan absurdo como tratar de explicar por qué un limonero da limones. A sus casi setenta y cinco años de edad el maestro de Carlos Santana, Lira’n Roll, Alex Lora y contemporáneo de la generación de músicos que se perdió tras la restricción al rock surgida en respuesta al Festival de Rock y Ruedas de Avándaro se enfrentó a su primer Vive Latino. Los años le hicieron justicia al talento de Bátiz quien además de haber sido incluido en el soundtrack de la película Roma, fue dado a conocer al mundo entero cuando su versión de “La casa del sol naciente” sonó en la pasada entrega de los Premios Oscar. A pesar de una voz disminuida por los años, el Brujo mostró que la guitarra sigue convirtiéndose en una extensión de su alma cada vez que pone sus manos sobre ella, con una ejecución prácticamente perfecta y, más que todo, con una potencia emocional que hallaba en cada nota un medio de transporte a los corazones de quienes nos encontrábamos allí, Bátiz creó una atmósfera de psicodelia, purismo rockero y dejó en claro para quienes pertenecemos a otra generación de dónde viene todo aquello que le admiramos al rock mexicano. Si por años podía considerarse al Brujo como un músico infravalorado, en el Vive se demostró que su rock sigue siendo parte de la cultura de la rebeldía juvenil cada que alguno de sus múltiples herederos musicales evoca alguna de sus lecciones en alguna de sus notas. El rock encuentra un ejemplo de resiliencia en Javier Bátiz quien se enfrentó con su guitarra y su entusiasmo a una escena del rock que adopta cada vez más variadas formas de expresión pero que, no obstante, se retrae siempre a un mismo origen, a una misma historia y un mismo grupo de precursores entre los que el Brujo cuenta con un lugar privilegiado.

Una vez más el Vive Latino nos ha demostrado que el rock sigue construyendo una identidad que en el caso de Latinoamérica tiene la fortuna de ser tan rica como la diversidad de orígenes e influencias desde las que un músico puede alimentar su arte. Este año el Vive nos recordó que el rock se compone de juventud y urbanidad e irreverencia, autenticidad y valentía pero sobre todo que el rock seguirá tan vivo como su resiliencia.

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