Tres voces femeninas

Uno de los impulsos más naturales del ego es adelantar el juicio y opinar sobre nuestra realidad aún sin una competencia justificada o, peor aún, sin el mínimo conocimiento de causa de algún tópico o situación. Las humanidades, lamentablemente, muchas veces no son la excepción de esta urgencia autoafirmativa y encuentran a múltiples de sus miembros buscando convertirse en protagonistas autoproclamados de la discusión de experiencias que no viven en carne propia.

Así, tratando de evadir los riesgos de este irracional estímulo del yo, reconocí que mi lugar como espectador del documental Las tres muertes de Marisela Escobedo es significativamente limitado. Como hombre, no soy quien vive la experiencia subjetiva de la violencia de género. Como hombre, no es mi voz la que necesita ser escuchada ni de la que debe aprenderse ante una incesante amenaza que las mujeres sí viven en carne propia, día a día. Como hombre, mi papel es escuchar y empatizar.

En consecuencia, he abierto este espacio a un trío de generosas, valientes y brillantes voces femeninas que se encargan de hacer esta reflexión desde sus singulares sensibilidades y desde una compartida vocación humanista. Abonando al diálogo, a la multiplicidad de enfoques y a la reflexión desde la experiencia subjetiva femenina y humanista que se enfrenta al brutal, crudo, impactante y doloroso relato de la lucha de la activista Marisela Escobedo por obtener justicia ante el feminicidio de su hija Rubí.

Clarissa Moreno, maestra, pensadora y madre

“Le he perdido el miedo a todo”, la presentación de Marisela Escobedo me estremece. No sólo por lo que dice, también por lo que calla. En su mirada se ve una frustración que grita “¡Ya basta!” En ella están las voces de miles de mujeres que ya no hablan.

Cuando se me pidió dar mi opinión sobre este documental acepté enseguida porque no sabía a lo que estaba enfrentando. Llevo casi dos meses de “estrenarme” como mamá de un maravilloso niño que constantemente me afronta conmigo misma y me enseña el tan alabado amor de madre; ese amor que sólo puede ir aumentando, inimaginable e inexplicable. No podría pensar en un día sin él, como tampoco que su género sea una sentencia para una muerte trágica. Seguramente Marisela tampoco. Por eso entiendo su primera muerte. Entendí, pero no estaba lista.

¿Quién está listo para afrontar un sistema judicial que te asegura todo menos seguridad? ¿Quién está listo para perder a su hija por el simple hecho de ser mujer?¿Qué madre está lista para pensar en vivir sin sus hijos? Yo no. Y por eso encuentro este documental necesario.

La función de este documental es esa, hacer que te afrontes a un olvido continuo. Ese que cada nuevo espectacular entierra más profundo. Todos los días mueren mujeres de forma violenta, hay injusticias, impunidad; el pan de cada día. ¡Basta! Si es necesario nombrar gráficamente a cada muerte, que así sea. Es una obligación de la sociedad voltear a lo que en realidad está pasando.

Las tres muertes de Marisela Escobedo logra darle nombre a un sentimiento que hoy la hace un símbolo de lucha y amor por hacer respetar no sólo la vida, también la muerte. No sólo la de su hija, también la de todas esas mujeres olvidadas. No creo que alguna madre esté lista para ver este documental, pero todas necesitamos verlo.

Laura Angélica Ortíz Tenorio, pasante de arqueología

@AquiOjos

Como seres humanos estamos constantemente buscando entender nuestra realidad; por lo que surgen disciplinas como la Antropología, la Sociología o la Psicología como formas de explicar al ser humano en sus distintas dimensiones. No obstante, interpretar esta realidad resulta algo complejo.

Al ver el documental Las tres muertes de Marisela Escobedo se me venían muchos pensamientos a la cabeza mezclados con lágrimas de dolor y rabia compartida con esa valiente mujer que luchó por justicia para su hija tanto como el héroe de cualquier epopeya.

No queda más que admitir que todo está mal: la sociedad que crea sujetos como Sergio Barraza, capaz de matar a Rubí y quemar sus restos, enfrascado en una espiral de violencia uniéndose al narco; el llamado “sistema de justicia” que no cumple con su función de, ¡vaya!, impartir justicia; el gobierno, de cualquier color, que cierra los ojos ante estos crímenes; nuestra concepción de justicia al pensar “ya está muerto”…y el hecho de que sea una problemática constante y presente.

¿Es que alguna gráfica estadística sobre el feminicidio puede explicar que todas esas cifras son personas que tuvieron nombre, apellido, familias, sueños y esperanzas? o ¿en qué teoría cabe el desgarrador grito de dolor de Marisela Escobedo al saber que los jueces dejaban libre al asesino confeso de su hija? Pareciera que sólo la sentencia de mi bisabuela al señalar crímenes tiene sentido: “Se les mete el diablo”. Y, sin embargo, el caso de la señora Marisela y otros tantos no tan mediáticos son obras terriblemente humanas.

La Antropología de la Violencia distingue entre “agresión” y “violencia”, la primera es una cualidad innata para la adaptación de las especies, mientras que la segunda es la ejecución de dicha agresividad ligada a la intencionalidad, premeditación, conciencia y a una sociedad que la sustenta. Siendo así, nos queda preguntarnos ¿por qué existe tanta violencia contra las mujeres? ¿por qué la misma sociedad la sustenta? y ¿cómo la detenemos?

Me temo que hay muchas y diversas respuestas, desde exigir cumplimiento al marco legal hasta la reflexión personal. No se trata de un asunto de “defendernos” sino de, llanamente, no agredirnos. Es necesario repensarnos, eliminar comportamientos dañinos, aunque parezcan inofensivos, pues justifican el maltrato y la violencia. Y enfrentar nuestro miedo en pos de la justicia como la señora Escobedo. Para Rubí, para todas.

Mariana Velasco, profesora

@MarianaVelascoS

Ser y estar en este mundo es ser vulnerables a nuestro entorno, al paso del tiempo. Es ser susceptibles, falibles, rompibles. No hay alguien que no se haya accidentado alguna vez, que no haya sufrido o que no haya llorado. Eso es normal. No está bien ni está mal. Sólo es. Es una consecuencia natural de vivir.

La violencia es también un rasgo intrínseco del ser humano. En sus expresiones más simples e inofensivas, se queda en comentarios que incomodan. En sus expresiones más graves, puede acabar con la vida.

Hablar de violencia casi siempre implica hablar de justicia, pues la violencia suele ser ejercida por un tercero. ¿Y qué es la justicia? Para Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, ser justo es dar a cada quien lo suyo. Si hablamos de bienes materiales, está claro que si mi vecino roba mi auto, lo justo sería que me lo regresara. Hasta ahí parece que todos estamos de acuerdo. La reflexión se va complicando cuando hablamos de bienes naturales no restituibles, como la vida. Si ese bien me es arrebatado, ¿en qué consiste la justicia?¿Cómo se le puede hacer justicia a la víctima?¿O es que el sentido de justicia en estos casos se dirige más a quienes le sobreviven?

Para nuestro sistema de justicia, una confesión autoincriminatoria no es definitiva para condenar a alguien. ¿La razón? Muchas de esas confesiones se obtienen por torturas. Muchas de esas confesiones se hacen también para proteger a alguien. Lo dicho por otros no es confiable.

Entonces, ¿qué sí es definitivo para fincar una condena? Pruebas científicas: ADN, rastros de sangre, determinar la ubicación del culpable y de la víctima en el mismo lugar y a la misma hora a través de cámaras de seguridad o torres de señal celular. En otras palabras, necesitas tomar a la realidad y hacerla hablar. Como en los silogismos aristotélicos donde la conclusión siempre estuvo ahí, sólo se hizo más evidente.

Parece sencillo, parece obvio. ¿Pero cómo hago hablar a la realidad cuando voy en el metro, en hora pico y un desconocido toca mi cuerpo? A pesar de la multitud, en ese momento somos sólo el desconocido y yo. El metro va a reventar y sólo yo siento su mano en mi cadera. Se abren las puertas y bajamos en Planco. La historia acaba ahí. Mi incomodidad no.

Es difícil hacer hablar a la realidad cuando ésta se presenta en lenguajes no directos, en silbidos, en notas anónimas o en roces pasajeros que pueden confundirse con el roce normal y prácticamente inevitable de la hora pico.

Para hacer justicia en estos casos, no basta con que la realidad hable. A veces hay que hacerla gritar. Lo malo es cuando se hacen oídos sordos. Marisela Escobedo y Rubí Marisol Frayre Escobedo hicieron gritar a la realidad y no pasó nada. Como ellas, miles y miles de mujeres en todo el mundo hacen gritar a la realidad, y sigue sin pasar nada. ¿Hasta qué punto es normal esta violencia? ¿Hasta qué punto ser susceptible a un asesinato por parte de tu cónyuge es consecuencia natural de ser y estar en este mundo como mujer?

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