Tristeza, esperanza, amor, TV y Filosofía

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Por mucho que pudiéramos sostener que el entretenimiento, el cine y la televisión son meros distractores que empañan un acceso legítimo y válido al mundo veraz, lo cierto es que ninguno de nosotros escapa al toque de un personaje entrañable, una canción popular, una historia bien contada, algún show compañero o, bien, alguna inolvidable película.

Los filósofos y pensadores que se han enfrentado al fenómeno del entretenimiento masificado durante los siglos XX y XXI suelen entenderlo como una fabricación de la realidad que convierte discursos en narrativas y emociones. Discursos, que más temprano que tarde, se convierten en algo así como el promedio de las percepciones del mundo o, en una versión más oscura del fenómeno, en el espejismo que transforma a la ficción en realidad.

No en vano algunos dirán que la primera educación emocional y racional que reciben los seres humanos contemporáneos es aquella que le ofrecen sus dibujos animados, sus revistas noticiosas (o noticieros), sus telenovelas (particularmente arraigadas en los afectos del público mexicano y el latinoamericano), sus programas de comedia (idolatrados, algunos, aún a 40 años de su extinción), sus héroes y modelos a seguir y, básicamente, todo aquello que les ayude a soñar con una realidad distinta a la que viven o, más radical aún, que les ayude a formularse un diagnóstico o descripción de la realidad en la que viven.

De ahí que el ejercicio discursivo de WandaVision de Disney+ resulte especialmente intrigante como ejemplo de lo mismo que explora, por un lado, y, por otro, como metaficción que juega con las estructuras convencionales de las series de televisión clásicas al tiempo que alimenta a uno de los más acaudalados hitos de la mercadotecnia del entretenimiento en nuestros días, el Universo Cinematográfico de Marvel.

Situada a pocos días del punto cronológico del MCU en el que nos dejara Avengers: Endgame, la serie sigue el complejo proceso de luto vivido por Wanda Maximoff, la Bruja Escarlata, tras la muerte del sintezoide (ser que comparte características de androide y humano) Vision; su amigo, más íntimo compañero y amado novio.

El proceso de Wanda, consecuente con la versión paralela del personaje en los cómics, será sublimado a través de sus superpoderes, en particular, a través de su habilidad para alterar la realidad. A tal grado que la superheroína modificará la composición de objetos y afectará la psique de individuos para crear una burbuja de realidad hecha a la medida. Una realidad propia, bajo sus propias reglas. Una realidad donde Vision siga vivo. Una burbuja donde la esperanza de tener una familia junto a él se convierta en una realidad palpable. Una realidad nacida de la evasión de su trágica realidad y sus dolorosas emociones. Una fantasía viviente nacida, como ella misma revelará, de su tristeza, su esperanza y su amor.

Y cuando el subconsciente de Wanda deba elegir un medio para realizar esta ficción, para ficcionalizar la realidad o, simple y llanamente, expresar la inalterable consistencia idónea y perfecta de su proyección emocional, elegirá lo aprendido de la televisión. En específico, lo aprendido de la televisión estadounidense y su género del sitcom (comedia de situación).

Allí sucederán los mejores momentos, en cuanto a la técnica, de esta serie como concepto. Donde se adoptan y readaptan con minucia y fidelidad recursos de una tradición representada por referencias a El Show de Dick Van Dyke, I Love Lucy, Hechizada, Mi Bella Genio, The Brady Bunch, Family Ties, Tres por Tres, Growing Pains, Malcolm el de en medio y Modern Family.

Donde se incorporan, de manera más sutil, tonos que coquetean con el misterio y el horror de La Dimensión Desconocida. Y donde, por supuesto, se juega con la convención de la cuarta pared y su paulatina disolución, donde se dejan amagos que incendien las teorías de los fans sobre cada mínimo detalle de cada episodio y donde se sostiene la consistencia del universo de historias interconectadas creado por Marvel Studios a través de alusiones sorpresivas a su pasado y presente y pequeños atisbos de su futuro.

Dando lugar, así, a un gesto autorreferencial que exhibe el carácter metaficcional de este programa. Un carácter que provoca cierta complicidad con el espectador que lo mismo permite formar parte de la fantasía de Wanda que verla desde un afuera relativo, al nivel de quienes investigan a Westview (Monica Rambeau, Jimmy Woo y Darcy Lewis), la pequeña comunidad que será alterada por los poderes de Maximoff. Una perspectiva generada dentro de una narrativa televisiva (i.e., WandaVision) que nos pone ante una auténtica fabricación televisiva de la realidad (i.e., la que fabrica Wanda en Westview). Una autorreferencia que, también, convierte a WandaVision en un ejemplo de lo mismo que explora.

Porque, en el fondo, la manera de lidiar con o evadir las propias emociones y la enmudecedora y asfixiante incertidumbre causada por la tragedia personal de Wanda no se distancia con los posibles modos (aún inconscientes) en los que la ficción que consumimos y asimilamos emocionalmente nos construye un deseo, una aspiración, un modelo a seguir, una opinión o, más radical aún, una convicción.

Cuando escribí sobre Avengers: Endgame, hace ya casi un par de años, me preguntaba por el porqué detrás de que mi reflexión pueda ser detonada con la misma pasión tanto por textos de Aristóteles como por diálogos de Doctor Strange. Hoy, reformulando mi respuesta de aquella ocasión, afirmo que la causa es el hecho de que el entretenimiento que acompaña nuestro día a día contribuye a nuestro modo de conocer, interpretar y reflexionar la realidad.

Y lejos de asumir, como lo han hecho tradicionalmente los filósofos de mi época, que eso es un sinónimo de autoengaño y fabricación defectuosa, creo que se puede interpretar como una excelente razón para cultivar con mayor fervor nuestra capacidad de discernir, reflexionar y ejercer un personal y robusto pensamiento crítico propio e independiente. En una expresión: el entretenimiento es una puerta a mundos no necesariamente realizables que nos regalan la oportunidad de extender las fronteras de nuestro sentir y pensar; en consecuencia, de nuestro filosofar.

Porque en el gusto por el entretenimiento se detona una inquietud, casi una necesidad, por saber más de aquello que nos entretiene genuinamente. Porque, si nos lo permitimos, un discurso vuelto narrativa y emoción nos vincula con su dicho, con su propuesta de realidad y ficción. Y, entonces, la inquieta pulsión del entendimiento nos exige el mejor uso de nuestras facultades para indagar en aquello que nos quiso decir tal director, actor o compañía con su producto, para indagar, incluso, en las agendas políticas o personales que pudieran estar envueltas en nuestro simple acto de ver a un grupo de superhéroes salvar al mundo y para indagar en el mundo que tenemos y en el mundo que podríamos tener.

Pero, ahí, es donde se juega el más determinante paso para definir quiénes queremos ser. Porque es ahí donde habremos de decidir si queremos expandir nuestro criterio formándolo y ejercitando nuestra reflexión para aprender a tomar del entretenimiento lo realmente valioso y disfrutar anecdóticamente de lo anecdótico o si preferimos, sin superpoderes como los de Wanda, luchar a muerte por una realidad que sólo existe en las pantallas y en nuestras mentes.

Cuando escribí sobre Avengers: Endgame, hace ya casi un par de años, concluía que la época de superhéroes que domina a nuestro entretenimiento, que la época de superhéroes en la que vivimos, es una época que trata de lidiar con lo que desconocemos a través de ésta mitología moderna y que, al igual que lo fuera la suya para los filósofos de la Antigua Grecia, una mitología nueva es un llamado a una nueva filosofía.

Cuando escribí sobre Spiderman: Far From Home, hace ya casi un par de años, concluía que ante la tendencia contemporánea de convertirnos en presos de nuestros propios constructos perceptivos (como los que en aquél film fraguaba Mysterio) nuestra mayor fortaleza reside en una genuina inclinación de la voluntad hacia la búsqueda de la verdad (como la que Aristóteles atribuyó a los filósofos) expresada en el laborioso, cotidiano y constante compromiso por construir un pensamiento crítico propio.

Hoy, con WandaVision, refrendo ambos razonamientos bajo la consigna de abrirnos a la inagotable fuente de preguntas que pueden ser la ficción, el cine, la televisión y el entretenimiento. Pero, eso sí, nunca bajo la rendición del propio criterio al de la industrialización del arte sino, por el contrario, bajo la firme reactividad de la ardua tarea de avivar el indomable fuego de la propia reflexión en favor de un contemporáneo modo de encontrarnos con el impulso natural que hay en todo ser pensante para el filosofar.

De eso ha tratado, trata y seguirá tratando Filosofía Millennial…

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