Según algunas reconstrucciones de nuestro pasado homínido hace millones de años, los protohumanos no eran una raza de primates cazadores como se suele pensar sino, por el contrario, una raza de animales carroñeros que se alimentaban de la médula ósea de cadáveres de otros animales. Algunos infieren, incluso, que desde ahí nace la buena relación entre la especie homo y los ancestros de los perros: unos olisqueando y detectando restos animales, otros consumiéndolos y compartiéndolos con los caninos.

Es probable que desde entonces —y como una demostración de nuestra raigambre como miembros del reino animal— surgiera para el humano el instinto ineludible de quedar fácilmente atrapados por expresiones radicales de la animalidad que, una vez presentes, acaparan nuestra atención: huesos, carnes, sangres. Elementos que hoy componen los fundamentos del entretenimiento más efectivo —y quizá más dañino, dirían algunos— que se expresa en el concepto del morbo.

En dicho paradigma caben expresiones variadísimas que tienen en común lo que suele catalogarse como un “interés malsano por acontecimientos desagradables”. Caben niveles varios de “información” y entretenimiento que van desde el chisme, al humor negro, a la sexualización, a la violencia, a la nota roja y, en su cara más cruenta, la espectacularización del crimen.

Esta última forma del “morbo” ha cobrado especial auge en años recientes con la ayuda del cine, la televisión y los servicios de streaming; ya sea en audio con podcasts como Leyendas Legendarias o Fausto, ya sea en televisión con shows y series documentales como La Ley y el Orden: Unidad de Víctimas Especiales, El Estafador de Tinder, House of Hammer, Mindhunter, Wild Wild Country, The Vow o hasta casos menos directos pero del género como El Caso Cassez-Vallarta: una novela criminal y ejemplos locales como Canibal, indignación total. Una abundante producción de shows que constituyen esa expresión contemporánea del morbo que se engloba en el género del true crime o crimen real.

Ya sea vía podcast, cine o literatura este género narrativo se distingue por su carácter de no-ficción, es decir, por su construcción alrededor y en función de eventos, evidencias y elementos reales que exponen las piezas de un rompecabezas criminal al que, normalmente, se le ofrece una solución dentro del mismo relato. Un nuevo modo de contar historias que, por alguna razón, ha conquistado y embelesado con especial arrastre a las audiencias del siglo XXI.

Según algunos estudios que se han hecho al respecto por sociólogos, psicólogos y psiquiatras, este gusto por las historias de crimen real —muchas veces minuciosas y diseccionadas hasta el más mínimo detalle— responden a los diversos efectos que se desprenden de este tipo de entretenimiento: el sentimiento de seguridad que provoca escuchar la trágica historia de una víctima que nos alivia saber que no somos nosotros; el sentimiento de placer perverso que provoca el adentrarse en la mente de una persona irracional, brutal y salvaje como los asesinos que suelen describirse en estas historias; la absorción de tips, notas, elementos y conceptos que nos dan la impresión de que estamos aprendiendo a protegernos de potenciales agresores; la mera fascinación por resolver un misterio; el golpe de (adictiva) adrenalina que nos provoca una situación de riesgo imaginaria; el modo en que estas historias, cuando presentan un final sentencioso, reafirman cierta esperanza y confianza en la impartición y ejecución de justicia.

El caso es que el morbo contemporáneo ha proliferado de la mano de la reconstrucción no-ficticia de despliegues reales de violencia, malicia y perversidad. Una cara más de la espectacularización de la realidad y, por supuesto, un ejemplo más de la delgada línea entre ficción y realidad en el mundo contemporáneo del entretenimiento —pues, hay que resaltar, que aunque se presentan como no-ficciones, las historias de true crime son parcialmente ficcionalizadas por quienes las reconstruyen o, en el mejor de los casos, son parcializadas y sesgadas en función de los criterios de quien las investiga y las exhibe.

Una cara que, con la ironía de la voracidad implacable de la cultura popular, ha logrado construir un inesperado cruce entre comedia y crimen real de la mano de la aclamada y galardonada Only Murders in the Building o Sólo asesinos en el edificio de Hulu y Star Plus (en Latinoamérica).

Un show paródico de este tipo de narrativas de no-ficción que, sin embargo, logra replicar y aplicar los elementos fundamentales y efectivos del género a través de un show de misterio, comedia y drama que, por otro lado, resulta cautivador y emocionante por la simpatía que generan sus personajes principales: un trío de vecinos que habitan el mismo edificio y que, por azares de la vida, se reúnen en el gusto por los podcasts de criminales.

Ese será el punto de partida para que Charles, Oliver y Mabel decidan iniciar su propio show de audiostreaming en el que reportarán sus propias investigaciones criminales; mismas que buscarán resolver un par de asesinatos sucedidos en el Arconia —el edificio que cohabitan— y que los envolverán cada vez más en el mundo de la venganza, el homicidio y los misterios sin resolver.

El mayor favor de esta serie será la mancuerna inmejorable entre dos leyendas de la comedia estadounidense, Steve Martin (Más barato por docena) y Martin Short (Saturday Night Live), y una Selena Gomez que no se queda atrás ni desentona con las cualidades actorales de sus colegas. Será el contrapeso, el contraste y el ensamble entre dos hombres de edad avanzada viviendo atados a su pasado y una millennial misteriosa que les aportará frescura y nuevas miras. Una combinación de caracteres fértil para la comedia pero, también, para la intriga.

En lo narrativo el mejor gesto será la manera en la que, parodiando pero respetando las bases del true crime, la serie logrará construir misterios entretenidos y genuinamente cautivadores. No sólo estará ahí la brillante torpeza de tres amateurs, aficionados, intentando resolver un crimen sino que, al mismo tiempo, estarán ahí sólidas historias dramáticas que entrelazarán a los personajes con una historia clásica de investigación detectivesca.

En este sentido, el atributo mayor de Only Murders in the Building será recoger los elementos emocionantes y atractivos del true crime para atenuar su brutalidad y cruentidad y acercarlos hacia la singular sensibilidad de los anglosajones para la escritura de misterios. Una actualización de esa pulsante vena sherlockholmesiana de los descendientes de los británicos que, de paso, reconoce los efectos y favores del morbo contemporáneo.

A su manera, con su sentido del humor y con su equilibrado humor negro, Sólo asesinos en el edificio apuntará a algunas de las desventajas que implica el auge contemporáneo por alimentarse con historias de crueldad humana y de crimen real: cuando el espectador interviene y afecta la realidad del crimen investigado.

En algunos casos recientes la pasión con la que las personas han abrazado las investigaciones de las que son fanáticos ha llevado a algunos individuos y colectivos a interferir con el trabajo de las autoridades que, al menos en el papel, buscan impartir justicia. En otros casos más, la aproximación y cercanía de este tipo de información y contenido ha ayudado a perpetradores imitadores, “copycats”, a reproducir las acciones de seres perversos que el mundo de la espectacularización ha elevado a niveles cuestionables de popularidad —nombres que se han hecho reconocibles como si de celebridades se tratara.

Un efecto más que causa preocupación entre los especialistas es el modo en que estas historias cada vez más en la nariz, más cotidianas y más publicitadas impacta en la sensibilidad de quienes las consumen: ¿es que conocer estas historias nos sensibiliza más a ellas o nos anestesia para verlas como algo cada vez menos importante? ¿es normal que se hable más de cuerpos y se hagan conteos de víctimas como si se trataran cosas y no personas? ¿es deseable?¿qué decir de burlas o comentarios que cuestionan antes a las víctimas que a los victimarios?

En algunas reflexiones sobre el tema se apunta que éste tipo de entretenimiento es, de hecho, benéfico para la sociedad por el modo en que nos vuelve conscientes del mundo en el que vivimos y el modo en que ayuda a mejorar los medios para ejercer justicia, atrapar a los culpables y penalizarlos.

Lo interesante es que estas reflexiones suceden en países en donde el feminicidio no ha cobrado más de 230 vidas en lo que va de 2022, en donde el secuestro no es calificado como un “deporte nacional” por observadores internacionales, en donde el narcotráfico no se confunde con la mano coercitiva del estado, en donde las detenciones no suceden para llenar cuotas o para alcanzar metas de charola o para llenar los bolsillos de altos mandos. Países donde la línea entre la no-ficción ficcionalizada y la realidad no resulta tan borrosa. Países donde las historias de crimen real más conocidas parecen reafirmar la ejecución de justicia antes que alimentar las dudas en sus autoridades —Paulette, Cumbres, Debanhi, por hacer algunas referencias. Países que, a diferencia de México, logran sentenciar  a más del 1% de los casos que son denunciados, países que no tienen un 99% de impunidad garantizada —eso sin contar los crímenes no denunciados que, en teoría, triplicarían el número de denuncias y víctimas. Países donde hablar de crimen real, de true crime, no se siente tan real.

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