Durante décadas, los personajes y situaciones que se representaban en televisión estaban siempre mediados por una capa de idealidad que favorecía una percepción lejana de lo que allí sucedía: en TV aparecían modelos de hombría, de feminidad y de familia. Conceptos cuadrados, de poco fondo y complejidad, pero que sostenían una imagen de lo deseable.

Las rupturas de este modo de percibir el entretenimiento iniciaron entre los años 80 y 90 que empezaron a dar pie a otras temáticas, a otras formas de vida y, sobre todo, a otro tipo de personajes que alcanzaban simpatía a través de su imperfección y su lejanía de los “tipos ideales” de humanidad que, por entonces, promovía el televisor.

El giro definitivo nació en la década de los 2000s con el bombardeo de un nuevo concepto: la TV realidad o los reality shows. Un nuevo híbrido televisivo que sin llegar a la profundidad y seriedad del documental, prometía poner en pantalla la autenticidad de las personas comunes y corrientes con el simple hecho de exponerlas a una cámara.

Allí nace, para la televisión, el primer eslabón de la hiperestetización del mundo contemporáneo, la difuminación del límite entre la realidad real y la realidad ficticia y de ese impulso que nos convierte a todos en espectadores y espectáculos a través de redes sociales; nace el germen de los nuevos entretenedores que se presentan como personas genuinas, incapaces de fingir y simplemente capturados en estado natural por cámaras y micrófonos.

Surfeando esta historia del entretenimiento televisivo, la comedia se adapta a las formas que el medio le permite adoptar; es así como se sostienen por años las sitcoms clásicas de cámara fija —Seinfeld, Friends, por ejemplo— y es, así mismo, cómo se revoluciona el concepto de la comedia a través del falso documental o mockumentary —con ejemplos como The Office, Modern Family o Arrested Developement como herederos destacados de este cambio.

El falso documental o mockumentary es un género cómico que bebe de la hilaridad que genera la incomodidad de momentos espontáneos surgidos frente a una cámara. Parte, usualmente, de un grupo de personajes que actúan como si fueran personas genuinas formando parte de un reality show o un show documental —como Michael Scott y su necesidad de ser gracioso frente a cámara, acentuando su genuina torpeza o como los comentarios que cierran un chiste en las entrevistas paralelas a cualquier evento en la vida de la familia Pritchett o los Bluth.

El correlato experimental de este tipo de concepto cómico de entretenimiento es aquel que mezcla a un actor haciéndose pasar por un individuo genuino y a gente siendo capturada en su “estado puro” por la cámara. Actores de una formación histriónica impresionante —generalmente expertos del clown— que interactúan con personas en su estado más común y corriente. Deliberadas y bien diseñadas estructuras cómicas enfrentadas a reacciones reales o, cuando menos, realistas. El ejemplo más claro en este sentido es Sacha Baron Cohen y su polémico e imprescindible personaje Borat.

Colaborador y heredero de la tradición cómica-fílmica-televisiva de Baron Cohen, el actor, productor, escritor y cómico canadiense Nathan Fielder se ha encargado de llevar este concepto de la “realidad televizada” a nuevos horizontes de hilaridad y de cuestionamiento sobre el modo en que una cámara influye en la manera en que elegimos presentamos ante los demás como seres humanos.

Su primer gran éxito, primordialmente conocido en los Estados Unidos —y del que se pueden encontrar rastros en YouTube—, es la serie Nathan for You donde Fielder interpreta a una versión ficcionalizada de sí mismo —fingiendo autenticidad absoluta— que parodia a los empresarios que se suelen ver en reality shows de emprendimiento.

En el programa Nathan usa su experiencia como hombre de negocios para ayudar a empresas poco exitosas a alcanzar una superación comercial. El problema —la comedia— surgirá cuando los pequeños empresarios escuchen consejos disparatados y absurdos por parte de Fielder que, sin embargo, estarán dispuestos a probar —algunos ejemplos destacados son: cuando Fielder y la dueña de un pequeño zoológico filman un video que hace parecer que un cerdo está salvando a una cabra de ser ahogada, o cuando el personaje busca bajar los costos de una empresa de mudanzas con trabajo gratuito asegurándole a los “clientes” (empleados sin saberlo) que cargar muebles es un modo de ejercitarse, o, el más destacado y famoso de estos, cuando se apropia de la marca Starbucks para hacer famosa a una cafetería, todo bajo la protección legal de que es “sólo una parodia”.

Con este trabajo Fielder se consagró para los televidentes y realizadores estadounidenses como uno de los mejores comediantes de nuestra época y como un genuino impulsor de nuevos límites y formas para crear entretenimiento. De ahí que su siguiente proyecto naciera con todo el presupuesto, el apoyo y el respaldo de su nueva empresa patrocinadora en exclusiva HBO Max: El Ensayo o The Rehearsal.

El complejo concepto avanza desde la parodia experimental de la TV realidad que era Nathan For You hacia la comedia documental y un despliegue intrigante y en tiempo real sobre los límites que hay entre realidad filmada y realidad real.

La premisa es sencilla: Fielder ayuda a una persona distinta en cada capítulo a enfrentar una situación complicada en su vida. Para ello, el productor y realizador construirá una compleja y meticulosa red de escenarios que permitan a estas personas ensayar ese momento antes de experimentarlo de verdad.

Así, por ejemplo, el primer capítulo ensaya hasta el más mínimo detalle de la confesión de un hombre que quiere revelarle a sus amigos que, en realidad, no estudió un doctorado como les había hecho creer antes. Otros episodios ensayarán, por ejemplo, la vida entera de una mujer que quiere ser mamá —incluyendo castings para el esposo de mentira y un sinnúmero de niños actores que interpretarán al ficticio hijo en diferentes momentos de su ficticia vida. En algún caso más, un hombre ensayará, con actores, escenografía y todo, una discusión que quiere tener con su hermano para que éste le pague su parte proporcional de la herencia de su abuelo.

The Rehearsal explorará, por un lado, una cara de la cada vez más común neurosis del mundo contemporáneo: la ansiedad por el “qué será”. Frente a esa preocupación cada vez más grande que experimentamos por cumplir nuestros deseos, Fielder ofrece ensayarlos. No dejar nada al azar, no dejar nada fuera de nuestro control.

Sin embargo, como demostrará el propio show, la incertidumbre y la espontaneidad siempre encontrarán la manera de colarse en nuestras vidas. Ni siquiera poniéndolo todo frente a una cámara y dejándolo andar completamente coreografiado, la vida se limita a nuestras necesidades racionales. Nuestra necesidad porque el mundo real responda del mismo modo en que responden las ficciones que nos embelesan no es suficiente obstáculo para impedir que el mundo nos siga tomando por sorpresa.

Por otro lado, Fielder explorará un tópico recurrente en su obra: ¿hasta dónde es capaz de llegar la gente con tal de salir en televisión? ¿hasta dónde la gente inventa un personaje de sí mismos en el instante en el que una cámara se les pone en frente?¿qué tan posible es grabar algo genuino con una cámara de televisión?

Desde una persona dando las llaves de su casa a un completo extraño, hasta personas incapaces de distinguir el límite entre un personaje de televisión y una experiencia real; en El Ensayo, Fielder superará la mera comedia documental, superará su atinado humor absurdista e incluso su abstracto humor negro. Fielder se topará con una ontología de la televisión. Se topará con ese lugar en el que no es fácil saber si todo lo que estamos viendo en pantalla es actuado, si sólo una parte lo es o si, de hecho, estamos siendo testigos de una obra maestra que captura la realidad en sus inherentes contradicciones.

En The Rehearsal el televidente nunca se siente del todo cómodo, la incomodidad trasciende la pantalla; no por grotesca, no por violenta —porque para nada lo es—; por compleja, por irónica, por contradictoria, por sorprendente y, a veces, simplemente por increiblemente absurda. Una experiencia televisiva inquietante e intrigante, desconcertante pero casi adictiva, que sostiene sus preguntas centrales. Que eleva el hecho de ver televisión a una poderosa abstracción sobre el ser humano contemporáneo. La abstracción que se pregunta por el ser del entretenimiento, el ser del espectáculo: ¿será que la cámara es capaz de captar alguna cosa auténtica o será que la cámara, por sí misma, afecta la realidad que filma y, con ello, la despoja de su más íntima realidad?

Y si la cámara es simple y llanamente una creadora de falsedades, ¿acaso son estas falsedades menos reales que la realidad?¿acaso no somos, como humanos, capaces de llorar la muerte de un personaje de ficción casi tanto o más que la muerte de una persona real?¿acaso las emociones que nos genera lo que vemos a través de la pantalla son menos reales que las emociones que nos genera el mundo material y concreto? ¿dónde acaba el show y empieza la persona? ¿dónde acaba el entretenimiento y empieza la vida?

El nuevo programa de Fielder es un testimonio del mundo contemporáneo por doble partida. Es, primero, un heredero consciente de la Historia del Entretenimiento que ya no sólo parodia su pretensión de autenticidad sino que va más allá: la pone a prueba y la cuestiona y, después, entrega sus resultados y conclusiones sin reservas.

Segundo, es un efecto prístino de la cara del nuevo ser espectacularizado, comercializado e hiperindustrializado. Del homo videns y del espectador-espectáculo —“ser es ser entretenido”, diría Byung-Chul Han. Es una muestra directa, franca y en la cara del ser del entretenimiento y, con ello, del ser del entretenido. Una pregunta, quizás irresoluble, por el nuevo humano virtualizado a través de sus experiencias fingidas que, sin embargo, se ostentan como realidades. De sentimientos reales nacidos de ficciones, de la confusión entre hechos y fantasías, del ensueño de pedirle a la vida que actúe como una película o como una serie de televisión y pedirle a una serie o película que sea como la vida. Un testimonio de la contradicción que encarna el ser humano del siglo XXI. Un experimento televisivo que, en el camino, detona unas cuantas risas bien ganadas para quien sepa entender su humor negro.

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