Un crepúsculo de ídolos

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En más de uno de mis textos he expresado mi gusto por los diversos mundos de superhéroes y las mitologías modernas que estos despiertan. Mi afirmación, no obstante, quizá peca de cierto carácter hiperbólico, sin embargo, detrás de éste, hay una simple y genuina intención: capturar cierto entusiasmo que nace de un producto del entretenimiento que da pie a una reflexión. Entusiasmo avivado, en esta ocasión, por La Liga de la Justicia de Zack Snyder, el modo en que presenta a sus personajes como auténticos ídolos (de carácter cuasiteológico) y el interesante discurso que deja sugerido.

La historia de este fenómeno de la industria cinematográfica es bien conocida: entre 2013 y 2017, el director de 300, Watchmen y Sucker Punch, Zack Snyder, se encargó de supervisar y desarrollar los primeros planes de lo que sería el Universo Extendido de DC, concepto cinematográfico que buscaba parearse con los esfuerzos de Marvel Studios y su universo de películas.

Snyder se encargó de Man Of Steel (primera cinta del Superman de Henry Cavill), Batman v Superman, La Liga de la Justicia y, en general, de trazar una macrohistoria que presentara a los diferentes héroes de la compañía de cómics para el cine. El problema es que, a mitad del camino, tras el estreno de la segunda cinta de esta lista, el estudio detrás de esta serie de films empezó a tener sus dudas sobre el plan de Snyder al no obtener los resultados esperados, en especial, al no sentir que se igualaba lo que la división de The Walt Disney Company ya estaba logrando con sus Avengers.

De este modo, el director estadounidense filmó su Liga de la Justicia enfrentado y en ciertas tensiones con la casa productora del proyecto. De pronto, una tragedia familiar acaeció para Snyder (el suicidio de su hija Autumn) quien decidió dejar el proyecto; permitiendo, al tiempo, que Warner Bros. trajera a alguien que, a su parecer, pudiera llevarlos a los resultados buscados: Joss Whedon (director de Avengers y Avengers: Era de Ulton).

El resultado final fue, francamente, una película de superhéroes estándar con una rara sensación de pastiche que, sin embargo, no tuvo un mal desempeño en taquillas ni, realmente, una pésima recepción del público. En todo caso, las mayores críticas llegaron desde quienes, siendo especialistas o no especialistas, encontraron evidente la malograda superposición de un concepto dirigido a “el gran público” con conceptos de mayor peso, hondura y patencia ya anunciados por Snyder en sus películas previas.

Así, desde esa trinchera inquieta del fandom de DC y Snyder empezaron a surgir preguntas, investigaciones y reclamos para que la versión del director, el Snyder Cut, se hiciera público. El proceso pasó por un creciente rumoreo (desde si existía tal versión, hasta investigaciones por racismo y malos tratos de Whedon para con su cast) que indirectamente terminó por elevar a la cinta como uno de los productos más publicitados, más mencionados y más anticipados del cine de superhéroes. Creando así un fenómeno mercadológico y de distribución cinematográfica, quizá, sin precedentes.

Con ese proceso a cuestas, entonces, durante este 2021 se estrena una Liga de la Justicia que comprueba que las intenciones del director de hecho eran mucho más ricas, interesantes, profundas y sólidas de lo que terminamos conociendo con el estreno en cines de 2017.

En parte, estas ventajas dependen de algunas condiciones que no podrían haberse dado aún con Snyder estrenando su película hace algunos años: en definitiva ésta no habría durado las cuatro horas que hoy dura, no habría cargado con el mismo amor y respaldo de las audiencias como el que adquirió tras su no-estreno y, seguramente, sin el contraste de “la otra versión”, no podría lucir tan valiosa, ingeniosa y potente como ahora.

Y, aun así, creo que las cualidades técnicas y discursivas de esta versión de los héroes de DC resulta mucho más interesante para la reflexión por un simple motivo: porque esta versión ahonda en la pregunta por la mitología que establece a los superhéroes como ídolos de la cultura popular.

Desde lo técnico esto se demuestra en una profundidad narrativa (patrocinada por la extensión del film) que permite conocer mucho mejor la relación específica de Cyborg (el más beneficiado a este respecto), Mujer Maravilla, Flash, Batman, Aquaman y Superman con las sociedades de su mundo de ficción. Sociedades que, con frecuencia, los adornan con una especial mística que los eleva casi al grado de dioses.

Además, es esta misma narrativa (heredada del carácter singular de DC) la que los vincula incluso con mitología histórica griega y, por consiguiente, con un cierto tono de realismo ficcional que no es tan sencillo de conseguir en otros universos cinematográficos o de historietas.

Estas dos consideraciones tienen sus correlatos visuales: por un lado, la verticalidad con la que se presenta prácticamente en todo momento a estos ídolos que transmite ese mensaje subliminal de su importancia y su elevada condición; por otro lado, la seriedad que el tono premeditado por Snyder le da a estas historias, haciéndolas sentir ontológicamente más firmes, graves, importantes, y el dramatismo que le impone a sus secuencias de acción a través de su bien conocido recurso a la cámara lenta, las secuencias rápidas y la ralentización del tiempo (especialmente benéfico y sublimador para la estética y la relevancia de Flash).

Y en este punto, y con este discurso, la reflexión brota casi por sí misma. La pregunta por la trascendencia y la potencia de estos ídolos queda casi que exigida: ¿son los superhéroes (guardadas sus debidas distancias) los dioses fantásticos de la cultura contemporánea? Porque Superman para la Ciudad Metrópolis parece serlo, porque Aquaman para los islandeses también, porque los poderes de Diana Prince remiten a una mitología antigua y una condición divina, porque Flash reta los límites de la temporalidad para los humanos, porque Cyborg es un ente todopoderoso del mundo virtual, porque Batman es humano, demasiado humano. Porque Steppenwolf es, ciertamente, suprahumano. Porque Darkseid, el enemigo al que se enfrentan, es, para la mitología de este mundo de historietas y películas, parte de Los Nuevos Dioses.

En este punto, me resonaron dos filósofos en particular, ambos del siglo XIX, momento histórico que sentó las bases culturales del volátil, violento y reformador siglo XX: Friederich Nietzsche y su Crepúsculo de los ídolos y Ludwig Feuerbach y su La esencia del cristianismo.

Del primero resulta notable la coincidencia terminológica de su concepto del Übermensch, el Superhombre, y el nombre que en 1938 Jerry Siegel y Joe Shuster le dieran a uno de los primeros superhéroes de historietas y, en consecuencia, uno de los más determinantes para todo lo que hoy son las megafranquicias multimediáticas que dependen de ellos: Superman. Sin embargo, no hay testimonio alguno que indique que el artista y el dibujante se inspiraran o se refirieran de manera específica al concepto del filósofo (con sus propios asegunes, sus propias honduras y su particular sentido de la transmutación de los valores morales) que, por su parte, no resulta muy claro cómo podría relacionarse con lo que es el alter ego de Clark Kent.

Sin embargo, más allá de esta palabra de contacto, Nietzsche se interesa por el concepto de los ídolos como encubridores de la realidad. En esas figuras proyectivas que siendo, por su origen, deseos terminamos convirtiendo en la base de decisiones reales o de nuestros modos de navegar el mundo (conocerlo, experimentarlo, sentirlo). Así, afirmará en el prefacio de la obra antes mencionada: “existen en el mundo más ídolos que realidades”.

Al segundo, Feuerbach, la referencia es más vaga pero igualmente encontrada en la noción de las proyecciones humanas convertidas en realidades ontológicas. Para Feuerbach, filósofo ateo intrigado por el materialismo antropológico, en el fondo, lo que entendemos por Dios es una proyección de la naturaleza humana.

El concepto de Dios, afirma, corresponde a cualidades y necesidades humanas proyectadas hacia la infinitud. Una búsqueda de satisfacción que atribuye a Dios las propias características para, después, reconocerse en él magnificado y elevado. Una hipóstasis divina del propio ser que justifique una naturaleza especial, “a imagen y semenjanza” de algo superior y que, como resultado, nos devuelva la idea de que somos algo más que sólo seres humanos.

En más de uno de mis textos he expresado mi gusto por los diversos mundos de superhéroes y las mitologías modernas que estos despiertan. Mi afirmación, no obstante, quizá peca de cierto carácter hiperbólico que hoy (gracias al discurso sugerido por Snyder en su visión de La Liga de la Justicia) me permite reflexionar sobre el modo en el que los superhéroes son ídolos de la cultura popular contemporánea pues parece ser que lo suprahumano, lo superhumano, se ha reservado exclusivamente a ellos y a su condición ficticia.

Sí, los superhéroes son sólo superhéroes, no son dioses. Sí, las películas son sólo películas, no son dogmas. Sí, es válido disfrutar de este tipo de entretenimiento todo lo que queramos, siempre que seamos capaces de articular un pensamiento crítico con ellos, siempre que seamos capaces de reflexionar con ellos, aprender con ellos y romper con la burda idolatría enajenante.

Siempre que nos demos a la tarea de preguntarnos si no será que estamos proyectando en estos seres carencias propias en lugar de enfrentarlas. Si no será que queremos superhombres que solucionen lo que nosotros no nos atrevemos a enfrentar precisamente porque nos sentimos incapaces de solucionar cualquier cosa. Si no será que en una realidad tan compleja e indescifrable como la que habitamos, nuestro mejor consuelo es un chasquido, una superpresencia o un superequipo que lo arreglen todo. En una expresión: preguntarnos por el modo en que darle un peso casi palpable a personajes de ficción dice algo de nosotros antes que decir algo sobre el mundo.

Está bien encontrar consuelo en ellos, entretenernos con ellos, admirarlos e incluso aprender a través de ellos, el vicio, como los que denuncian Feuerbach y Nietzsche, está en suplir la realidad con ídolos.

Una lástima que no podamos seguir reflexionando sobre este apunte discursivo provisto por Snyder, lástima que sus ídolos hayan encontrado su crepúsculo en un fenómeno de la industria cinematográfica nunca antes visto. Habría sido muy interesante continuar con esta reflexión convertida en narrativa.

Qué bueno que podemos seguir disfrutando y sorprendiéndonos con nuestros héroes y qué bueno que siempre podremos cuestionarlos. Qué bueno que toda mitología es un llamado a filosofar.

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