Un nuevo día, una nueva justicia.

Publicado en Diario Imagen el 31 de julio de 2019.

Uno de mis más queridos amigos me dijo en alguna ocasión que, en su opinión, las prisiones no deberían existir. Por mi cabeza pasan toda cantidad de ideas y preguntas pero debo reconocer que aquella cuestión me tomó por sorpresa, nunca me la había planteado. La prisión, me parecía, es un ente regulador que permite que se haga justicia frente a los crímenes cometidos por los seres humanos. Existe desde épocas anteriores a la de los griegos y es, sin lugar a dudas, un mecanismo efectivo para mejorar a nuestra sociedad castigando a los responsables y, al mismo tiempo, procurando su reinserción en la comunidad tras el cumplimiento de su condena.

La premisa descansa en la llamada justicia retributiva que ya los filósofos de la Grecia Clásica discutían. Quien causa un daño en el patrimonio y/o persona de otro ser humano debe cumplir una condena, un castigo, que funcione a modo de retribución por el daño cometido. Siendo el daño una ruptura de balance (de proporción equitativa entre un individuo y otro), la pena es un reestablecimiento del equilibrio. Incluso el sistema educativo adopta esta lógica al castigar a los jóvenes inquietos con llamadas de atención, reportes y detenciones escolares.

Aunque el modelo parece sensato, pues lo aprendemos desde pequeños, sigue siendo poco claro cómo el hacinamiento repara los agravios, claro, en teoría previene que quien delinque lo vuelva a hacer o permite que el prisionero reflexione y comprenda las acciones que cometió con la esperanza de que pueda reintegrarse a la dinámica social, sin embargo, la pregunta persiste: ¿las condenas penales de hecho reparan los daños provocados?

Por casualidad este fin de semana se dieron en México dos estrenos que tocan el asunto, en los cines Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile, que narra la historia del asesino estadounidense Ted Bundy, y la última temporada de la serie de drama y comedia Orange Is The New Black, que narra las vidas de distintas mujeres mientras se encuentran en prisión (retratando cómo llegaron allí, sus conflictos dentro de aquél lugar, sus relaciones amorosas y amistosas, etcétera).  Ambos contenidos, me parece, sirven muy bien como ejemplos de los dos polos a los que nos enfrentamos con una pregunta tan compleja como el sentido mismo de nuestro sistema de justicia y sistema penal.

Por un lado, el caso de Ted Bundy, un asesino serial, feminicida, violador y manipulador patológico que alcanzó la condición de celebridad en la década de los 80s por los crímenes que perpetró contra al menos 30 mujeres. Este caso, aunque debo admitir es interesante y tiene una línea aleccionadora, me parece detestable, innecesariamente famoso y que más que exhibir el “genio de un criminal” (que es como suele venderse dentro de la construcción de mitos e ilusiones que puede ser Hollywood) alimenta la mórbida fama de un personaje que no debería ser recordado por su habilidad manipuladora sino como ejemplo vergonzoso de psicopatía y perversión.

Básicamente, un caso paradójico que da testimonio de la existencia de personas para las que la esperanza de la reinserción social parece un sin sentido. No me refiero con esto a que la pena de muerte (misma que recibió Bundy) me parezca correcta sino que quiero señalar al hecho, la certeza, de que existen casos en los que los individuos parecen incapaces de sentir cualquier tipo de empatía o arrepentimiento por sus acciones (bases sobre las que debería descansar, me parece, la reinserción social).

Por otro lado, Orange Is The New Black muestra el polo opuesto, el de los errores del sistema judicial, las condenas mal asignadas, los motivos humanos dentro y fuera de la cárcel para cometer un delito y las interacciones tan profundas (positivas y negativas) que se construyen en una vida privada de la libertad. Como todo retrato de la vida tras los barrotes es, seguramente, insuficiente y limitada frente a las complejidades que se viven dentro de esos lugares en el mundo real, sin embargo, el esfuerzo es muy bueno y el producto final, juzgado como serie de televisión, inmejorable. Muestra de manera muy clara el universo de problemáticas que están atadas a los sistemas punitivos: el hacinamiento, el maltrato, la violencia, la corrupción, la reinsidencia, la pobreza, el abuso por parte de las autoridades, los racismos, etcétera.

De manera notable, incluso, la serie se atreve a hacer comentarios sobre los recientes Centros de Detención para Inmigrantes que el presente gobierno de los Estados Unidos ha instaurado, señalando claramente las injusticias y condiciones a las que se enfrentan miles de inmigrantes (bebés, niños y adultos) en aquél país.

Aún ahí, desde esta perspectiva más humana de los sistemas penitenciarios, la reinserción social, objetivo de las prisiones, se muestra con hartas dificultades. Ya no sólo por la falibilidad de sus procesos, siempre sujeto a manipulaciones, corrupción y errores meramente humanos, sino por el proceso mismo de la reinserción, de la vida post-prisión. Suponiendo que existe un criminal que tras cumplir su pena realmente está interesado en mejorar su vida y reintegrarse a la sociedad, ¿estamos educados y preparados como sociedad para lidiar con eso? ¿Sabemos como construir una sociedad sana que permita romper con los círculos viciosos desde los que se origina una vida delictiva? Y si no, ¿cómo podemos esperar que alguien enmiende su vida y realmente se construya una segunda oportunidad?

Claro, no toda la responsabilidad le compete a la sociedad, el individuo mismo es parte fundamental de este proceso, sin embargo, si se rodea a las personas de condiciones casi inhumanas y no se fomenta ninguna herramienta que permita su progreso y favorezca el proceso de empatizar y hacerse consciente de los actos cometidos, prácticamente se está echando por la borda el propio propósito de los reclusorios. Porque no se ataca el problema, simplemente se simula que hay un propósito de reinserción pero no se hace nada por hacerlo realidad.

Desde ahí, mi amigo tiene toda la razón: las cárceles, tal como se manejan hoy por hoy, parecen inútiles para la reinserción social. Se convierten, como suele decirse, en “universidades para criminales” donde ofensores menores aprenden más vicios y peores prácticas y se asocian con organizaciones mayores que agravan su situación. O bien, si se trata de enfermos mentales, que muchas veces no reciben la atención adecuada, sólo son expuestos a condiciones que empeoran sus padecimientos.

“Se lo merecen, por eso están encerrados”, dirán algunos, y quizá (como con Bundy) sea cierto que existen casos que están más allá de cualquier tipo de esperanza de mejora. Empero, asumir que esa expresión vale universalmente (para todos los casos) es creer que no hay inocentes en las cárceles, que nuestro sistema legal es perfecto e infalible y es, simplemente, no empatizar. Es bloquear la pregunta por una realidad que es más compleja y tiene más matices que ser simplemente “bueno” o “malo”. Si usted, querido lector, cometiera un error, genuínamente error imprudente, o fuera injustamente condenado a prisión, ¿diría lo mismo?¿Admitiría que las condiciones de las prisiones sean las que son hoy en día?¿Se creería digno de una segunda oportunidad?

Se habla de opciones complementarias que aún no se articulan como sustitutas del sistema punitivo, por ejemplo, la justicia restaurativa: una teoría de la justicia de reciente auge que se centra en las necesidades de víctimas y victimarios. Una perspectiva que, con base en la empatía y en la comprensión del dolor causado, pretende afectar de manera positiva la vida de los criminales y sus víctimas; conocer sus motivos, sus circunstancias, resolver las dudas, mitigar y, en lo posible, tratar el dolor de la víctima y, más que nada, hacer consciente al victimario de la hondura y dimensión real de sus acciones acompañando así un proceso de reevaluación y arrepentimiento constructivo que permitan al individuo reconsiderar sus actos y, con esperanzas, permitirle reintegrarse de manera efectiva a la sociedad. Tal acercamiento requeriría de complejos  y tardados procesos educativos, en los que todavía nos queda mucho trecho por construir, para la sociedad, los funcionarios, los victimarios y las propias víctimas.

Si deben seguir existiendo las prisiones o no, no es sencillo de definir. No es tan simple como dar un no tajante o un sí tajante porque en la mera respuesta no se encuentra la solución al problema. La solución tiene más que ver con modos de trabajo efectivos, enfocados en las reales necesidades de quien ha delinquido para elevar sus posibilidades de reinsertarse sanamente en la sociedad. Eso, en definitiva, nos incluye a nosotros como sociedad; debemos romper con los prejuicios ante los exconvictos, pero eso sólo sucederá con base en garantías claras y notorias de sus cambios de actitud e intención de rehabilitarse y mejorar.

Quizás es como me dijo alguna vez un profesor: “ni todas tus acciones buenas borran tus acciones malas, ni todas tus malas borran las buenas”. Quizás es cosa de interiorizar un proceso de mejora personal constante y promoverlo también en otros  a partir de la simple conciencia de que mientras tengas un día más de vida, tienes una nueva oportunidad para hacer las cosas mejor que ayer.

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