Una vida completa.

Publicado en Diario Imagen el 4 de diciembre de 2019.

Existe una idea recurrente en la Historia de la Filosofía, casi como un precepto que los filósofos se han legado entre sí durante siglos: “la filosofía siempre llega tarde”. A veces formulada como un “tómate tu tiempo”, el punto central de esta idea es claro: la sabiduría, la gran búsqueda del filósofo, toma su tiempo en aparecer y no llegará antes de lo que deba. La reflexión, el conocimiento y la comprensión toman su tiempo, no nacen del impulso ni se dan en el instante, no se corresponden con la voluntad y, a veces, ni siquiera con la necesidad; se construyen con trabajo y a su propio paso, en su propia medida, ritmo y proporción.

Será por eso que la gente mayor (muchas veces polémica para nosotros los jóvenes por sus opiniones y pareceres) guarda una cierta sabiduría que no se adquiere más que con el tiempo, con el ver pasar la vida, con la experiencia, con “el trabajo de campo”. Será por eso que muchos artistas encuentran en sus obras tardías los mejores de sus resultados o los más auténticos de sus productos. Será por eso que Martin Scorsese luce tanto con El Irlandés.

Como una obra que delata una reflexión global y retrospectiva sobre una carrera cinematográfica envidiable, inigualable y que sabe lo que hace cuando entra al territorio de las historias de mafia italoestadounidense, la nueva película del director neoyorkino destaca primordialmente, en mi opinión, por dos cosas: la pregunta que explora y el equilibrio con que se desenvuelve.

Claro, al tratarse de una película de tres horas y media, parecerá eterna para algunos, sin embargo, en The Irishman, dedicar dicho metraje a su narrativa está más que justificado, hilado finamente, versátil, con ritmos adecuados y momentos claramente marcados y pautados. Está el crimen, está la intriga pero, de manera singular, está lo que no siempre aparece: la reflexión. La introspección y la pregunta por el camino recorrido, por la vida vivida, por el daño hecho, por las traiciones, las lealtades y los errores.

La película es toda una experiencia de principio a fin, con un Robert De Niro lucido y lúcido; con un Joe Pesci excepcional, parco y certero; con un Al Pacino en el tono justo, enérgico, vivaz y audaz; con un Scorsese sin complicaciones, al grano, potente y generoso. Un trabajo que pasará a la historia del cine hollywoodense como la carta de amor del director al género que mejor supo cultivar, pero que se revela amorosa no en el romanticismo, sino en su realismo, en su potencia expresiva y en la contundencia con la que nos revela lo que hay más allá de las leyendas del crimen organizado que erigen las burdas idealizaciones.

Para mí, esta película detonó dos reflexiones. Cada una con referencias diversas. Por un lado, más allá del chismorreo morboso sobre el misterio de la desaparición de Jimmy Hoffa (basado en hechos reales), lo que compete a las estructuras sociales y políticas que se entretejen de maneras insospechadas entre gobiernos y organizaciones delictivas (en su nivel superior), lo que compete a las jerarquías y formalidades que envuelven a sus agentes (en su nivel interno, esto es, ad intra de tales organizaciones) y, finalmente, lo que compete al uso de la llamada racionalidad instrumental como brazo ejecutor de estas misteriosas agendas.

En segundo lugar, como la otra reflexión, lo que compete a la noción de “una vida completa” para los filósofos clásicos, en específico para Aristóteles, y el modo en que se equipara a la pregunta que explora Scorsese acá: ¿qué pasa cuando un mafioso sobrevive hasta su vejez? ¿Cómo es la vida de alguien que, dedicándose enteramente al crimen, alcanza sus últimos días en la, poco común, posición contemplativa de la tercera edad?

Respecto a la primera reflexión el referente es el concepto filosófico de la racionalidad instrumental que tiene diversos matices pero que, en el sentido en el que quiero retomar aquí, podemos resumir como: la capacidad humana de decisión utilizada de manera estrictamente operativa. Es decir, cuando tomamos decisiones del tipo “A+B=C” sin considerar otra cosa que los resultados, conseguir lo que queremos sin importar emociones, empatías, convicciones, etcétera.

Dicho tipo de racionalidad, por ejemplo, es el que vemos en acción cuando Frank Sheeran, protagonista de la historia dirigida por Scorsese, toma en consideración diversos factores para elegir el arma con la que llevará a cabo cierto trabajo. Allí, si bien la razón como la facultad desde la que tomamos decisiones aparece en todo su esplendor, estamos ante un Frank insensible, empático sólo en tanto sirve para conseguir un fin deseado. Situación que, no es simple coincidencia, sucede en el momento donde mejor se combinan juventud y madurez para Sheeran y en el que mejor sigue y ejecuta órdenes (que es, además, una etapa de su vida que se construye como consecuencia y paralelo de su época como soldado en la Segunda Guerra Mundial, donde su habilidad se resumía en lo mismo: seguir órdenes de manera efectiva, fría y bajo el puro cálculo instrumental).

En contraste, la especie de epílogo que constituye la última parte de esta cinta ve a un Frank que vuelve sobre sus pasos, sobre esas épocas de mera operatividad en los que, pareciera, mientras más eficiente y productivo era (en términos de la mafia), actuaba de manera menos empática y humana. Enfrentándose, entonces, a las consecuencias de sus decisiones pasadas. Lo cual, me lleva a la segunda reflexión que me detona este film.

En la filosofía de Aristóteles hay un célebre pasaje en el que el pensador dice que la felicidad sólo se puede atribuir a “una vida completa”, refiriéndose con ello a que sólo hasta que una persona haya visto el último de sus días podemos hacer el balance general de si fue feliz o no. Esto porque nunca sabremos las situaciones y vicisitudes que pueden tener lugar en el pasar de los años, con lo que, básicamente, sólo hasta el final podemos “cantar victoria” (o derrota).

Así, el caso de Frank resulta ejemplar para esta noción pues, allí, en su vejez, en sus últimos días, no le queda más que contemplar lo que él mismo construyo con sus propias manos. Queda, quizá, la esperanza de que esos últimos momentos sirvan para recuperar en algo lo perdido pero, al tiempo, eso depende de qué se haya sembrado.

Es por eso que, para mí, antes que nada, esta película apunta a una reflexión íntima, personal, introspectiva y sana. A la tensión (quizás natural, profundamente humana) entre el hecho de que no podamos más que decidir aquí y ahora y el hecho de que nunca sabremos qué depara el futuro. Tensión que, cuando se es joven, como Frank, se diluye muchas veces en la instrumentación de nuestra racionalidad, en construir resultados inmediatos, concretos, que podamos ver ahora mismo pero que, vistos humanamente, nos perjudican más que beneficiarnos.

Hubo una época de mi vida en la que el peor momento del día era cuando despertaba: “Maldita sea, otro día”, pensaba, porque tenía muchas cosas que extrañar, muchos dolores, muchos arrepentimientos y muchas luchas internas que intentaba ahogar con fórmulas inmediatas, satisfacción momentánea y placer fugaz. Hoy, mi momento favorito del día es cuando despierto: “Un nuevo día, perfecto”, pienso, porque entiendo que, aunque cien obras buenas no borran una mala ni cien malas borran una buena, mientras tenga días en el contador de mi vida puedo sumar, puedo construirme como una mejor persona que la que fui ayer, puedo seguir adelante, crecer, mejorar, perdonar, perdonarme y vivir. Hoy, cuando despierto y me pregunto si soy feliz, me respondo: «eso dependerá de lo que construyas; eso lo sabrás cuando tengas una vida completa».

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