V, de Sócrates

Desde el estreno en 2005 de la adaptación fílmica de la novela gráfica de Alan Moore y David Loyd V for Vendetta, la icónica máscara de Guy Fawkes se ha convertido en un símbolo de revolución, antifascismo y anarquía. Quizá con su más destacada iteración en el  colectivo activista/hacktivista más conocido de nuestros días que abreva de un espíritu transformador que remonta sus orígenes a épocas mucho anteriores a las que se podría reconocer a primera vista.

La historia del cómic original fue adaptada a la pantalla grande por las hermanas Wachowskis (Matrix) como escritoras y con James McTeigue como director. Convirtiéndose en un gran éxito en taquillas y una cinta recibida de manera favorable en lo general por la crítica especializada. En lo técnico, la película es clara, entretenida y efectiva. Dibuja bien a sus personajes y comparte de manera suficiente el mensaje central de su fuente de origen, protegiendo, en parte, la imparcialidad con la que Moore ideó a V, su personaje emblema.

El film envejece con cierta mella pero, al tiempo, sigue resultando evocador y llamativo por la consigna que lo inspira. Mientras que resulta estimulante para nuestros días por el modo en que habla de un misterioso virus propagado para desestabilizar a las mayores sociedades del mundo. Que en nuestro contexto no debe tomarse más que como una teoría conspirativa pero que, por alguna razón, nos sigue pareciendo una idea inquietante.

Su mayor virtud, quizá, está en todo lo que existe como condición de posibilidad para esta adaptación cinematográfica que acaso sirvió como un megáfono para los conceptos que Alan Moore quiso desarrollar con el cómic original. Resalta la hechura de V, quien nos recuerda a otros personajes de la literatura y las historietas como Batman o su antecedente El Zorro, El Fantasma de la Ópera de Gastón Leroux, según  señalan algunos críticos, o a Edmond Dantès de la obra de Alexandre Dumas El Conde de Montecristo, como enfatiza la interpretación del personaje que hacen las hermanas Wachowskis.

Pero más que todo, resalta el espíritu renovador y valeroso con el que su principal actor se enfrenta a un status quo dado contra el que no sólo pretende rebelarse sino ante el que también busca cobrar venganza. Aspecto que, desde lo narrativo, alimenta una trama emocionante y el perfil de un hombre coherente que, sin identidad, se convierte en la personificación absoluta de un ideal. Sin otro nombre que V. Sin otra identidad que la máscara que representa aquello por lo que está dispuesto a morir.

La intención de Moore al crear este universo fantástico (por momentos dolorosamente verosímil y real) era proponer un enigma a los lectores de la novela gráfica original sobre la tensión entre dos puntos de vista político extremos (anarquía y fascismo) procurando “no decirle a la gente qué pensar” pero sí haciendo claros ecos de eventos históricos que han marcado el rumbo de nuestras sociedades.

El film logra mantener algo de este espíritu, aunque resulta más claramente volcado a sus tendencias particulares, al contexto estadounidense de su época y a las referencias históricas que busca puntualizar. Así, se construye sobre tópicos, convicciones e intereses específicos como el totalitarismo, la crítica a la religion, la islamofobia, el terrorismo, la homosexualidad y, en una expresión: la tensión entre la libertad y el estado.

Sin embargo, V no es el primer personaje en encarnar esta tensión. Ni en la ficción, ni en la vida real. Mucho antes que él, y como un parteaguas en la Historia de la Filosofía, existió el ateniense Sócrates. El gran maestro de Platón. El gran ironizador. El inevitable referente de todo aquél que se dedique a buscar los principios de la realidad.

Sócrates es históricamente conocido por su personalidad inquisitiva, por su fingida (o no) ignorancia y por su exhaustiva vehemencia por expurgar las verdades que, según creía, se encontraban contenidas en cada una de las personas que se topaba en la plaza pública (el ágora) de su época. Sin importar cargos, jerarquías, oficios, profesiones, conocimientos o no, para Sócrates la sabiduría se encontraba en todos; sólo había que saber encontrarla. Había que ayudar a los otros a dar a luz a la verdad. Había que aprender a dialogar, porque dialogar es filosofar y sólo filosofando se llega a la verdad.

Como es evidente, y como parte de esta misma tensión personificada por V y por el filósofo, la intención de Sócrates de poner a pensar a un pequeño pueblo griego del siglo V a.C. no se topó con el mejor de los recibimientos por parte de algunos grupos de su sociedad. En específico, por aquellos que deseaban mantenerse en sus modos de ser. En los estilos de vida conocidos y en los conceptos avalados por la tradición. En consecuencia, Sócrates moriría en su amada ciudad (a la que siguió amando a pesar de haber sido condenado por ella) sentenciado a beber cicuta “por corromper a los jóvenes y por no creer en los dioses en los que la ciudad cree sino en otras divinidades nuevas”.

Las acusaciones y la defensa de Sócrates ante el jurado que lo sentenció se encuentran recogidas en uno de los primeros textos de su alumno Platón, La Apología de Sócrates. Donde, a su manera y acorde con sus propias convicciones y las condiciones de su época, Sócrates encarna la tensión entre una idea y su consecuente forma de vida y un estado (una polis o ciudad-estado). El resultado, como se sabe, su muerte.

En la ficción que es V de Venganza, V encontrará precisamente esto, su venganza. Y al mismo tiempo encontrará su permanencia pues, al final, él no es un individuo sino la personificación de una idea. V despertará a sus iguales. V cambiará su mundo de ficción.

En la realidad que fue la vida de Sócrates, el filósofo se topará con un mundo reacio a cambiar. Atado a sus propias maneras y a su forma de vida. Temeroso de la crítica, de las preguntas, de la filosofía y casi repelente del conocimiento, la cultura y de nuevas sabidurías. Sin embargo, ante su condena de muerte, el ateniense prometerá a su ciudad (y, sin saberlo, a toda la cultura) con voz profética: “habéis hecho esto creyendo que os ibais a librar de dar cuenta de vuestro modo de vida, pero, como digo, os va a salir muy al contrario. Van a ser más los que os pidan cuentas […] Serán más intransigentes […] si pensáis que matando a la gente vais a impedir que se os reproche que no vivís rectamente, no pensáis bien. Este medio de evitarlo ni es muy eficaz, ni es honrado. El más honrado y el más sencillo no es reprimir a los demás, sino preparase para ser lo mejor posible”. Poco después, el filósofo se despedirá de la libertad diciendo: “es hora ya de marcharnos, yo a morir y vosotros a vivir. Quién de nosotros se dirige a una situación mejor es algo oculto para todos […]”.

Al final, Sócrates será el punto de partida de un nuevo modo de concebir la sabiduría. Un nuevo modo, mucho más existencial y consecuente, de vivir la filosofía y la búsqueda de la verdad. Un modo que, a diferencia de V, no está movido por ninguna sed de venganza, sino por el poder de encarnar una convicción propia, una idea, con su modo de existir; por el poder de hacer la pregunta correcta; por el poder del diálogo, de la crítica y del entendimiento.

A Sócrates no lo movía ningún ánimo vengativo. A Sócrates lo movía un impulso de sus entrañas. De su corazón. De su irrepetible existencia. A Sócrates lo movía un amor: el amor por la sabiduría. La Filosofía. Y al final, el ateniense tuvo razón: tanto en la realidad como en la ficción, vinieron más como él.

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