Visión de productor

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Como parte de los nuevos cánones de la ciencia ficción, el mundo de la fantasía humana enraizada en sus preguntas sobre la realidad y sus esperanzadoras y/o amenazantes posibilidades tecnológicas ha encontrado en los superhéroes y las adaptaciones de los cómics un fértil camino de exploración. Sobre todo, uno que goza de especial interés, insuperable poder económico e inigualable popularidad en la cultura contemporánea: el multiverso cinematográfico de Marvel Studios.

La genialidad de este multiverso interconectado de historias es lo que los observadores y críticos del cine contemporáneo han denominado una “visión de productor” que da homogeneidad a más de una veintena de películas a través de un mega-arco narrativo compartido y pautado por el ahora Jefe Creativo de Marvel Studios, Kevin Feige.

El ávido productor fue uno de los grandes impulsores de la llegada de las historias de Marvel Comics a la pantalla grande, aún décadas antes de lo que hoy es el titánico y acaudalado MCU y ya desde el año 2000 para franquicias de aquellos años como X-Men de Fox y el Spiderman de Tobey Maguire; convirtiéndose, a la postre, en el arquitecto de lo que hoy es una de las maquinarias más poderosas de la mercadotecnia global y una de las más valiosas adquisiciones de la agresiva expansión de The Walt Disney Company durante el siglo XXI.

Y todo ello bajo una estrategia constituida por dos puntos medulares que cambiaron el juego del cine de masas: la dirección general y prioritaria de una visión conjunta sostenida por un concepto específico de producción y la importación al cine de la lógica del crossover y las historias contadas por entregas originalmente características de los cómics.

El primero de estos puntos se ha traducido en la incorporación de grandes directores detrás de algunos de los films de Marvel Studios que, no obstante, han estado lejos de dejar plasmada una visión de autor y que, más bien, han trabajado sus adaptaciones en favor del gran concepto del MCU. Construyendo estéticas coherentes, obras colaborativas y, en una expresión, la visión de productor de Feige que ha dado identidad al Universo Marvel que conocemos.

El segundo se ha traducido en las ya normalizadas e irremovibles escenas post-créditos que se encargan de dar pistas de lo que viene para este multiverso de héroes y villanos pero que, más que cualquier cosa, se convierten en la primera promoción de la próxima entrega de Marvel, ya en cines, ya en los hogares a través de sus nuevas series exclusivas.

De este modo, por lo menos durante sus primeras tres fases y hasta su respectiva culminación en Avengers: Infinity War y Avengers: Endgame; la maquinaria se ha mantenido eficiente, cumplidora, efectiva y más que satisfactoria para las esperanzas y el apetito de millones de consumidores alrededor del mundo. Dejando, como futura tarea, la reconstrucción de las expectativas y del deseo del público para productos como WandaVision, Falcon and The Winter Soldier, Loki y el más reciente estreno en cines de Marvel: Black Widow.

Protagonizada por Scarlett Johnsson, el nuevo film del MCU se vio ampliamente pospuesto por una pandemia que, entre otras cosas, sirvió para acrecentar las teorías y anticipaciones sobre su trama y sobre la manera en la que nos introduciría a nuevos conceptos de un intrigante multiverso.

Sin embargo, a este interés se le debió sumar una atractiva pero episódica historia de la Bruja Escarlata, un entretenido pero poco sorprendente paso de estafeta hacia el nuevo Capitán América y un (aún en desarrollo) primer vistazo al concepto cósmico del multiverso y sus implicaciones para la fantasía pura que se encuentra en el corazón de las mega-historias del MCU; con lo cual, el regreso de Natasha Romanoff y la introducción de Yelena Belova llegó a salas ya con reticencias frente a los nuevos productos de Marvel Studios y su real patencia cualitativa frente a la construcción de una historia de grandes proporciones.

En cuanto a su trama, se cumplen de manera pasajera las promesas de dar explicaciones al pasado de la Viuda Negra insinuado en películas anteriores mientras que se nos presenta, de primera mano, una parte desconocida pero significativa de su vida que, en teoría, ayuda a entender mejor las dos últimas películas de los Avengers pero que, en la realidad, no aporta mucho más al personaje.

Por el contrario, se nos muestra un argumento endeble, un plot twist poco emocionante y un sustento poco coherente con el macrouniverso Marvel. Más bien, un film condescendiente con su personaje principal que parece regalarle una historia a medias en la que luce con mucho más fuerza Florence Pugh y su Yelena Belova, la nueva Viuda Negra.

En cuanto a la experiencia, la cinta transcurre con ligereza, con mucha y muy buena acción, con un humor efectivo provisto principalmente por David Harbour y su Red Guardian y con piezas inconexas y variadas que encuentran cierto centro en el interés por compartir una historia de empoderamiento femenino.

Punto medular que, sin embargo, se siente insuficientemente desarrollado, poco establecido e introducido con calzador en un argumento que parece ir a ningún lado. Ni para sí mismo, ni para enriquecer el legado de la Natasha Romanoff de Johansson, ni para lo que podríamos esperar en el futuro para el MCU.

Así, aunque temas como la familia, el reencuentro, el sacrificio personal, la sororidad y el empoderamiento femenino se tocan durante el film; ninguno parece estar plenamente presente. Ninguno parece ser prioritario. Ninguno parece estar debidamente desarrollado. Ninguno parece darle una directriz puntual a la cinta.

Lo que sí aparece, empero, es un afán de “visión de productor” que reúne a todos los films y series de Marvel Studios que se han estrenado tras Endgame bajo un argumento: el carácter engañoso de las percepciones y las apariencias (ya sea a través de la ilusión, la magia, el engaño, la manipulación o, como en Viuda Negra, el control mental).

Lo que sí aparece, porque se exhibe con mayor claridad que en cualquier momento previo para este multiverso de superhéroes, es que la maquinaria, la mercadotecnia y los intereses meramente monetarios parecen empezar a comerse el contenido sustancial del MCU. Es decir, que a la visión de productor de Feige se le impone y se le superopone con cada vez más agresividad una visión utilitaria. Una visión de ganancias. Una visión de consumo.

La acción, los efectos especiales, el valioso hecho de reconocer cada vez a más heroínas y la intención de contar una macro-historia de ciencia ficción de diseño siguen ahí, disfrutables pero cada vez menos satisfactorias. Siendo negocio, manteniéndose en números verdes pero, por lo menos hasta ahora, poco apelativas.

Parece que, rumbo a su próximo gran evento, la llamada “Fase 4” de Marvel Studios (y de todos los influjos culturales que genera consigo) lidiará temáticamente con las percepciones engañosas y el juego con las apariencias. Asunto que, irónicamente, en la realidad, ha alimentado el éxito de la división de The Walt Disney Company.

El riesgo, por hoy, para este gran armatoste de la ciencia ficción contemporánea es que su argumento de fantasía se convierta en su realidad: que, en favor de sus ventas ingentes y su arrasador éxito, cada vez se auspicie más el futuro y se diga menos en el presente.

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