Vive Latino 2020.

Publicado en Diario Imagen el 18 de marzo de 2020.

Cada edición del Vive Latino es hija de su contexto. Así sucedió en 2009 (mi primera visita al Festival), cuando éste fue pospuesto por la amenaza del AH1N1 en México, y así fue este pasado fin de semana en medio de la creciente amenaza en la que se ha convertido el coronavirus COVID-19.

Uno de los grandes problemas de la filosofía y de la reflexión filosófica es que entre un evento dado y sus potenciales significaciones debe existir una distancia, es decir, es imposible generar una reflexión propia in situ. La sabiduría (y el amor a ésta) llegan a su debido tiempo, la comprensión sólo puede ser mediada por la distancia espaciotemporal y, finalmente, las conclusiones y consecuencias de algo llegan propiamente sólo cuando aquello termina su proceso.

Quizá por eso es, en cierto sentido, irónico y absurdo reflexionar sobre un camino que estamos andando; sin embargo, no deja de presentarse urgente, necesario y exigido por nuestra realidad humana y, más aún, por nuestra necesidad intrínseca de conocer; de tratar de entender qué somos, por qué somos y para qué hacemos lo que hacemos.

Cada Vive Latino es hijo de sus circunstancias y el que tuvo lugar este 14 y 15 de marzo pasados no es la excepción. Un miedo presente y tangencialmente expresado se sentía en el ambiente, una energía contenida y una concentración disociada se hicieron patentes. Todos estábamos ahí, disfrutábamos cuanto podíamos pero, al tiempo, estábamos en el futuro; en la precaución por lo que venía, en la conciencia de que un virus amenaza al mundo y que una situación como aquella en la que estuvimos era (al menos teóricamente) comprometedora.

Los juicios no se hicieron esperar: “irresponsables”, “idiotas”, “mugrosos”; “¡qué bien, que se contagien!”, “¡qué mal, nos contagiarán!”. Y sus respuestas tampoco: “la vida es un riesgo”, “no te alcanzó para el boleto”, “yo creo que en realidad nada está pasando, todo es histeria colectiva”.

Y al margen, el centro de la cuestión: las personas. Las personas impelidas a trabajar, a presentarse en el escenario, a actuar como staff, como servicios de limpieza, como vendedores de alimentos, como medios de comunicación, como microempresarios o medianos empresarios que invirtieron su trabajo en la posibilidad de obtener ganancias y que, sin mucho lugar a equivocarme, lo que encontraron fueron nuevos déficits.

Un Vive Latino extraño, desangelado en sus inicios pero que encontró en un simple “siguiendo la luna no llegaré lejos” en voz de Vicentico el momento para olvidarse de sus penas y preocupaciones. No del todo, pero sí lo suficiente como para soltarse un poco, para rescatar de aquél contexto alegrías evocadoras de momentos más abiertamente joviales y despreocupados.

Una de las consecuencias polémicas de esta edición, aunque razonable y comprensible, no fue sólo su realización sino su realización mellada, carente de muchos de sus números internacionales. Consecuencia que, no obstante, provocó algo inesperadamente afortunado: el brillo de los talentos latinos. La bocanada de esperanza y aire fresco para la escena musical latinoamericana que es recordar que aquí hay talentos del más alto nivel que no le piden nada a ningún nombre extranjero.

Se transformó, pues, en uno de los Vive Latino más latinos de los últimos años. Uno que removió del subconsciente de sus asistentes esas diestras bases musicales patentadas en exponentes como Chetes, Pillanes, The Wookies, Nortec: Bostich + Fussible, Mexfutura, Cuarteto de Nos, Damas Gratis, y, los dos mejores momentos del fin de semana en mi opinión, el tributo colectivo a José José y, los reyes indudables de la edición, 31 Minutos.

El primero, un soberbio despliegue orquestal que lució las voces de los principales talentos de la escena latina contemporánea y de sus ya clásicos y vigentes exponentes. Un espacio que entusiasma ver dominado por el talento femenino pero que lo mismo dio cabida al rap (con la presencia de Pato Machete y Alemán) como otro modo de dar vida al llamado “rock latino”. Un momento que evoca a aquellas épocas en las que la unidad de esta escena, hoy tan grande y significativa en términos económicos, se auguraba prístina, incontestada y poderosa; aquellas épocas que por momento quedan difuminadas, no por la variedad y la revitalizadora variación de sus estilos, sino por la impaciencia y primacía que exigen las tendencias, las nuevas ofertas y, al final, las finanzas.

El segundo, inexplicable. Incapaz de ponerse en palabras. Transgresor, conquistador, refrescante, social, alegre, inventivo, gracioso, ingenioso, crítico, fantasioso, realista, unificador, conectivo: movido por marionetas. La ocasión de ver a un señor de casi setenta años bailar y cantar con la misma alegría que el niño de nueve años que estaba a su lado. La creación de un grupo de chilenos que volcaron sus inquietudes humorísticas, musicales y sociales en un proyecto reformador, formativo y educativo.

31 Minutos que se sienten horas por la estela de optimismo y esperanza que dejan a su paso. 31 Minutos que se sienten segundos por lo rápido que pasa el tiempo en la euforia, felicidad y jovialidad que inyectan cada una de sus notas; por el modo en que convierten a una multitud en niños frente a un teatro guiñol del siglo XXI.

Y después de todo, después del placer, del momento, de la festividad nacida de un miedo que se respiraba en el aire, viene la reflexión. ¿Corrí demasiados riesgos?¿Hasta dónde puedo confiar en lo que me dicen mis autoridades respecto a mi potencial exposición a un virus?¿Me preocupo de más?¿Me preocupo de menos?¿Qué tengo por cierto? ¿En qué información puedo y debo confiar?

Y ahí, en las preguntas, aparecen dos verdades: la desinformación y la desigualdad. La desinformación de la incertidumbre (natural en una situación indefinida como la que vivimos hoy por hoy con el COVID-19 en la puerta) pero, más dolorosa y molesta aún, la desinformación de la politización. La desinformación que genera que un problema real se convierta en la pugna de convicciones políticas, de clases sociales, de egoísmos contra egoísmos y de imprudencias contra imprudencias.

Y, finalmente, la desigualdad. La desigualdad con la que el que tiene tiempo de filosofar puede escribir lo que piensa y lo que opina, lo que disfruta y le preocupa o cuestionarse si es un irresponsable o no. La desigualdad con la que el que se encarga de la limpieza, la que vende las bebidas, el del staff, la policía, el reportero, la fotógrafa, el que vende tacos en la calle, la que conduce un transporte, los paramédicos y los doctores no tienen más opción que actuar. La desigualdad con la que, con coronavirus o sin él, tienen que salir a trabajar porque no hay de otra. La desigualdad con la que, con un asistente al evento o con ochenta mil, tenían que estar en el Foro Sol porque así se los exigen sus necesidades materiales.

La desigualdad con la que, mientras nosotros tenemos tiempo de insultar, burlarnos y pelearnos a través de las redes sociales y nuestros políticos tienen tiempo de generar discursos y contradiscursos, hay gente que no puede más que seguir saliendo a las calles. Exponiéndose. Trabajando. Ganándose la vida.

Uno de los grandes problemas de la reflexión filosófica es que resulta imposible alcanzar la comprensión completa de las significaciones de un evento in situ. Sin embargo, no es imposible entender que más allá de ella está una realidad objetiva que, en su incertidumbre constitutiva, juega un papel crucial. Incertidumbre que para unos es la frustración relativa de no saber qué esperar para los mundos de la música y el cine el día de mañana pero que para otros es, sin más, rezar por no contagiarse de un virus al que están obligados a exponerse porque no hay de otra.

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