Vuelo compartido.

Publicado en Diario Imagen el 8 de abril de 2020.

Con contados estrenos en el mundo del cine durante este histórico momento que vive la humanidad, he tenido la oportunidad de pagarle algunas deudas a mi intriga acercándome a contenidos que no me había dado el tiempo de abordar. Así, después de encontrar el eco a una de mis curiosidades en un par de listas de sugerencias para ver durante esta época de aislamiento, decidí escribir sobre Temporada de Patos.

El caso con la película de 2004 dirigida por Fernando Eimbcke es que no pude sacármela de la cabeza después de verla. Quizá por el modo en que empata con lo que vivimos hoy en día al seguir a cuatro personas confinadas incidentalmente en un apartamento, quizá por la indudable capa de nostalgia que la cinta tiene de suyo y que ahora le añaden los años, quizá por su singular estilo fílmico o quizá, simplemente, por el modo tan afortunado en que desentona con las fórmulas que adopta el cine cuando no se preocupa tanto por su fondo como por su forma.

Además de ganar un par de premios en festivales internacionales, durante 2005 el film de Eimbcke arrasó con los Premios Ariel de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas ganando 11 reconocimientos que incluyeron Mejor Película, Mejor Ópera Prima, Mejor Director y Mejor Guion Original. En específico es reconocida por la crítica internacional por su “lacónica [y efectiva, añadiría yo] narrativa” impregnada de tensión juvenil, tensión personal, tensión introspectiva y, casi como conclusión de todas las anteriores, comedia franca.

Este trabajo ha sido ampliamente comparado con el cine temprano del cineasta estadounidense Jim Jarmusch, mismo que suele ser caracterizado por su perspectiva contemplativa sobre lo urbano, por su ojo cómico, por su ritmo tranquilo y por privilegiar la construcción narrativa de sus personajes y su atmósfera; características, todas ellas, que se cumplen en la primer película del director mexicano.

Su argumento sigue a dos adolescentes listos para pasar un día en solitario jugando videojuegos en el apartamento de la Unidad Habitacional Tlatelolco de la Ciudad de México habitado por uno de ellos; su plan pronto se verá trastocado por una imprevista visita vecinal y por una fallida artimaña para hacerse de comida sin tener que pagar por ella. Así, por mera casualidad, Ulises, Moko, Flama y Rita compartirán un día juntos en aquél lugar donde, sin planearlo, emprenderán un viaje de autodescubrimiento.

Un autodescubrimiento mediado por una hábil metáfora expresada gráficamente en un cuadro que ve a unos patos volando sobre un lago colgado en aquél departamento. Metáfora que, se ha dicho, también se expresa en los paralelos que se pueden hacer entre el título de la cinta “Temporada de patos” y dos típicas frases mexicanas: “Hacerse pato” (que refiere a la actitud de ignorar el vínculo, la responsabilidad u obligación de uno sobre algo actuando, contrariamente a lo esperado, desobligadamente o simplemente con ocio) y “Los patos le tiran a las escopetas” (que refiere a las situaciones en las que una figura de autoridad se ve atacada por quienes deberían, en caso contrario, obedecerle; invirtiendo así los papeles de la dinámica de autoridad).

Si bien ambas expresiones dan un significado al título de esta cinta que claramente se puede rastrear en, por un lado, la posición de “hacerse patos” en la que se encuentran nuestros protagonistas (tanto en lo emocional como en su posición espacial, local y temporal) y, por otro lado, en los cuestionamientos que cada uno de ellos hace a sus particulares figuras de autoridad, “tirándoles como patos a las escopetas”; ninguno de estos dos paralelos engloba tan bien el espíritu de esta película como la explicación que nos hace Ulises sobre el vuelo en V de los patos.

De acuerdo con nuestro personaje (y con el comportamiento real de estas aves), el hecho de que los patos emprendan el vuelo en parvada y en esta posición que emula una punta está al servicio del propósito común que es para estos animales el vuelo compartido. Vuelo en el que la actividad del primero sirve para impulsar al segundo y la del segundo para impulsar al tercero y así de manera sucesiva para garantizar el vuelo del grupo completo.

Pero no sólo se garantizan su vuelo sino también su descanso; mismo que logran con constantes intercambios de posición que estas aves hacen dentro de esta estructura en V para garantizar la eficacia de su movimiento grupal, tornando al vuelo compartido en un modo indirecto de garantizar el descanso compartido (aunque no simultáneo) e, incluso, como un modo de garantizar, en el triste escenario, el reposo definitivo de cada uno de ellos.

Resulta imposible pensar en esta estructura de vuelo y no compararla con la dinámica narrativa que Eimbcke usa para contarnos esta historia dándole sus momentos a cada uno de sus protagonistas e intercambiando con una admirable pericia el foco de atención para dirigirlo en distintos momentos a cada uno de ellos garantizando, al tiempo, la construcción de una atmósfera compartida; de un vuelo compartido.

Y todo ello mientras los cuatro personajes están encerrados en un departamento. Tal como hoy nosotros nos encontramos resguardados en nuestras casas y nos vemos impelidos a convivir con nuestras familias. Impelidos, quizás, a compartir espacios que no estamos acostumbrados a abrir a otras personas o que, simplemente, por la naturaleza de la interacción humana hallarán tarde o temprano sus discrepancias.

Un espacio compartido que no es sencillo llenar cuando todo parece encontrarse en alto total y cuando la incertidumbre sigue siendo la regla. Sin embargo, un espacio que podríamos usar para hacernos patos, pero no en el sentido de la tradicional expresión mexicana, sino en una metafórica literalidad.

En el sentido de procurar que nuestras acciones sean únicamente el pretexto para impulsar a quienes comparten nuestros espacios. En el sentido de garantizarles y garantizarnos los descansos necesarios que nos permitan incorporarnos provechosamente a las filas de esta experiencia que nos ve aislados pero no solos. Permitirnos emprender un nuevo viaje compartido de autodescubrimiento para emigrar hacia algo más de autocrítica, hacia mejores maneras de ser nosotros mismos. Rebelarnos contra la autoridad que ejercen sobre nosotros nuestras escopetas (nuestros prejuicios, nuestros desdenes y nuestros orgullos) y elevarnos en un solidario vuelo compartido.

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