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Acercarse, hoy en día, a un producto más de la ingente maquinaria mercadológica del Universo Cinematográfico de Marvel requiere siempre tener en cuenta el tipo de cine del que estamos hablando: uno complaciente, entretenido, grandilocuente y siempre preocupado por un prioritario marco amplio de relevancia –es decir, siempre preocupado en primer lugar por su multiverso− más que interesado por profundizar, en una sola entrega, en lo que un nuevo héroe tenga para ofrecernos.

Así, el turno de sumarse a este megauniverso de historias interconectadas llega para Shang-Chi, un personaje original de los cómics de Marvel que, durante los años 70s y 80s, buscó capitalizar, en el mundo de las historietas, el furor por las artes marciales en occidente y el legado de figuras como Bruce Lee en el mundo del cine y la televisión.

En sus primeros esbozos, como era propio de la época −y de no hace tantos años−, el personaje recogió muchos prejuicios raciales, apodos, términos y caracterizaciones inapropiadas más algunas licencias creativas nacidas del desconocimiento –de los primeros escritores y creadores del personaje− de los matices de la cultura del kung fu en la que se inspiraba. Con todo, el cómic tuvo una buena aceptación en el público occidental durante su primer par de décadas y se consolidó, con el tiempo, como un sólido miembro de la gran narrativa del Marvel impreso. Durante su camino, se vio envuelto en series de cómics como Heroes for Hire, Shang-Chi vs. The Marvel Universe, Secret Wars, House of M, Marvel Zombies y, por supuesto, el arco narrativo que se adapta hoy al cine bajo el título Shang-Chi y la Leyenda de los Diez Anillos.

Consecuente con el bien conocido interés de The Walt Disney Company de hacerse cada vez más presente en el más que redituable mercado chino, la nueva cinta del MCU trata con un especial, atento y satisfactorio respeto a su personaje principal; arropándolo por una mejor consciencia de la cultura en la que se inspira e, incluso, subrayando los errores cometidos en el pasado –tanto por Marvel Comics como por Marvel Studios−; extendiendo su universo con recurso a elementos de la mitología china, extendiendo el Universo Marvel con algo de su, por ahora predominante, misticismo y fundiendo ambas cualidades en un film que acompaña, divierte y suma. De esta manera, la exitosa fórmula de historias de origen de Marvel se fusiona con un tipo emblemático de la fantasía china: el wuxia.

Compuesto por los vocablos wǔ (武: “militar”, “marcial”, “armado (i.e., portando una espada)”) y xiá (俠: “caballero”, “héroe”, “justiciero”); el wuxia refiere a un género de ficción centrado en héroes de artes marciales, por lo general, viviendo en periodos antiguos de la Historia de China.

A estos personajes se les suele rodear de motivos diversos de las mitologías y las culturas chinas mientras se embarcan en una aventura por dominar algún tipo de arte marcial, o bien, mientras buscan resolver algún drama personal a través de un camino de combates que incluyen, sí o sí, alguna variante de estas disciplinas típicas de la región oriental.

Por lo general, son personajes ajenos a cualquier adscripción política específica, guiados por un código moral (siempre vinculada a su arte de combate) al que se ciñen con especial fidelidad y sin ningún interés mundano por honores, riquezas o poder sino, por el contrario, movidos por virtudes como la benevolencia, la justicia, la lealtad, la veracidad y la valentía.

De este modo, la representación que Marvel Studios hará de estos valores buscará casarse con las cualidades que suelen formar parte del carácter de sus superhéroes, siempre humanizados, objetos de dudas y preocupaciones y movidos por un fuerte sentido de lo correcto y lo incorrecto.

No por casualidad, se incluye entre su cast a figuras como Michelle Yeoh (de la galardonada El Tigre y El Dragón, precisamente del género wuxia), Yuen Wah (coreógrafo de combates de artes marciales que trabajó al lado del propio Bruce Lee) y Tony Leung (considerado uno de los más importantes actores hongkoneses de su generación).

El resultado, a primera vista, será una historia cargada de acción, de impresionantes efectos especiales, de mundos de fantasía traídos a la realidad de la pantalla de cine, de referencias al UCM, de buenos remates cómicos. De impecables secuencias de combate –evocadoras, incluso, de la hábil fluidez coreográfica y comedia física (slapstick) de Jackie Chan.

El resultado, será una historia típica de Marvel que, sin embargo, guardará como su sorpresa a descubrir un complejo mundo de kung fu y taichí –dispuestos como una analogía de yin y yang, padre y madre, entre los que Shang-Chi deberá encontrarse a sí mismo−, una inesperada dimensión de mitología oriental hecha realidad y la aparición de increíbles seres representativos de la luz y la oscuridad: La Gran Protectora y El Habitante de la Oscuridad.

El resultado, será una historia del duelo familiar tras la pérdida de un ser querido y los caminos que podemos tomar para lidiar con el dolor: el camino de la amargura, la delusión y el deseo imprudente por volver a lo que jamás se podrá recuperar, o bien, el camino de la amistad, de la asimilación de la tragedia y la capacidad de descubrirse capaz de transformar la pérdida en algo positivo.

En resumen, como un producto más de las más de 25 películas de una maquinaria mercadológica como Marvel Studios, Shang-Chi y la Leyenda de los Diez Anillos, logra transportarnos a un rincón desconocido del gran Universo de los superhéroes contemporáneos. Pero, más que todo, nos sugiere una simple reflexión: que un Universo está compuesto de mundos. Y que los mundos son, ya de suyo, complejos, intrigantes, emocionantes y, en una expresión, potenciales fuentes de sabiduría, enseñanzas y enriquecimiento cultural.

Sí, quizá en el fondo lo que mueve a la promoción de la inclusión por parte de las grandes marcas y compañías de nuestro mundo real no sea otra cosa que el dinero y un mejor y más redituable alcance. Pero eso no descalifica a nuestra necesidad de reconocer que nuestro mundo está hecho de millones de formas de vida, ecosistemas, usos, costumbres, nociones morales, religiones, tradiciones, mitología, espiritualidades y experiencias humanas que, quizá, no somos siquiera capaces de imaginar.

Porque sólo compartiendo nuestras culturas, nuestras palabras y nuestras historias podemos darnos a conocer a otros modos de ser humano; porque sólo aprendiendo de sus códigos de heroísmo, sus vocablos y su bagaje podemos hacernos conscientes de las experiencias humanas de otros. Porque sólo en la expansión de nuestra percepción podemos entender qué tendrían que ver un multimillonario estadounidense creador de armas convertido en el salvador de la humanidad y un superhéroe wuxia.

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